4.3.16

Miedo generalizado a un frenazo global... o al despeñadero de la deflación

"(...) Mientras crecen las voces que vaticinan una nueva recesión, son también muchos los analistas que descartan un derrumbe catastrófico adicional y se inclinan por la hipótesis del “estancamiento secular” o “nueva mediocridad”: una prolongada agonía de falta de pulso económico, crecimientos pusilánimes, inflación baja, tipos de interés nimios, falta de inversión y desconexión entre la ocupación y el nivel general de precios.

Un año decisivo. Ayer, en Shanghái, los ministros de Finanzas y gobernadores de los bancos centrales del G-20 diagnosticaron un escenario de “vulnerabilidad” pero no -o no por ahora- de recesión. 

Este año puede ser determinante para que la economía se decante por una u otra hipótesis. Hace doce días, John England, vicepresidente de la auditora Deloitte, dijo: “2016 será el año en el que todo se decidirá”.

Quienes descartan un nuevo retroceso global se aferran a la constatación de que el PIB mundial y el de las principales economías (con la excepción de Rusia y Brasil, en decrecimiento, y de Japón, que se tambalea al borde de la recesión), siguen en tasas positivas de crecimiento (incluida China) por más que se trate de ritmos bajos para los parámetros habituales, y pese a los evidentes síntomas de ralentización generalizados en todo el planeta.

El argumento, siendo cierto, omite un dato crucial: el pusilánime crecimiento global, y en el que ya no se atisban locomotoras claras tras el debilitamiento del PIB de EEUU en el cuarto trimestre y la desaceleración de China y otros emergentes, se produce en un contexto de intervención y salvamento sin precedente de la economía por parte del sector público, con los grandes bancos centrales lanzados a una ofensiva monetaria de tipos de interés casi en el 0%, tasas negativas a la banca (vigente en la eurozona, Japón, Suiza, Suecia y Dinamarca, mientras la Reserva Federal, de EEUU, dijo este mes que no descarta esta opción si fuese necesaria) y la inyección gigantesca de siete billones de dólares con los distintos programas aplicados desde 2008 para expansionar la base monetaria.

Pese a esta ofensiva sin parangón, con el petróleo actuando como un estímulo para el crecimiento de las economías importadoras (cayó a 26 dólares por barril en enero) y tras casi un decenio de políticas anticrisis, saneamientos bancarios, reformas y planes de estímulo, 2016 se estrenó con turbulencias en los mercados, síntomas globales de enfriamiento y dudas sobre la sostenibilidad de la recuperación. 

Visto así, la incertidumbre actual deja escaso margen para la tranquilidad. Y más cuando el sector financiero ha vuelto al centro de la preocupación.

La deuda pública de las grandes economías no dejó de crecer: se estima en 36 billones de dólares, frente a los 20 billones a comienzos de la crisis. El paro sigue muy alto: 197 millones de personas en el mundo, 27 millones más que en 2008, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

 La reducción del desempleo -donde se produce- se logra con la ayuda del descenso de la tasa de participación (expulsión del mercado laboral de parte de la mano de obra desocupada, con la consiguiente caída de la población activa) y mediante el deterioro de las condiciones salariales y laborales. La desigualdad y la brecha de riqueza se amplían y contribuyen a aminorar el avance del PIB.

Curva de tipos. Las inyecciones monetarias gigantescas no se han traducido en aumentos de la liquidez en los mercados porque la oferta no siempre encuentra una demanda equiparable. La renta fija ofrece rentabilidades casi inexistentes y la deuda pública se vende en algunos tramos con rendimientos negativos, en un claro contrasentido con el alza del riesgo que entraña la expansión de débitos de los estados. (...)

El FMI admitió el miércoles que hay riesgo de que la recuperación global “descarrile” y días antes apuntó a un “agudo deterioro de las perspectivas”; la Reserva Federal de EEUU (Fed) expresó el día 17 su “preocupación por el aumento de la incertidumbre”, y la CE dijo el 4 de febrero que “el PIB crecerá envuelto en riesgos”.

Agotamiento de medidas. La fabricación de dinero por los bancos centrales, que permitió relajar la crisis soberana, doblegar las primas de riesgo, “comprar” tiempo e impulsar el PIB en momentos fatídicos, podría estar agotando su recorrido e incluso podría haber cruzado el umbral a partir del cual los efectos secundarios adversos superan a su inmediata finalidad estimulante y expansiva. 

Los bancos emisores no logran derrotar a las fuerzas desinflacionarias ni a las que debilitan el crecimiento. Y, en parte, contribuyen a ellas como efecto de segunda ronda no buscado.   (...)

Ahora, la crisis internacional y además la desaceleración y el cambio de patrón chinos dejaron al descubierto una inmensa sobrecapacidad fabril y minera mundial que, sumada al altísimo endeudamiento privado, llevaron a la caída de la inversión mundial por el exceso de capacidad instalada, el derrumbe de los precios y la necesidad de desapalancamiento de empresas, familias y estados por el excesivo peso de la deuda. 

Esta insuficiencia inversora es una de las causas de la desinflación y de la debilidad del PIB que se quiere combatir inyectando más dinero cuando en realidad la expansión monetaria podría estar contribuyendo a lo contrario. (...)

Pero en ausencia de otros asideros a los que agarrarse, es posible que el BCE y la Fed decidan a mediados de marzo dar más oportunidades al estímulo monetario como hizo Japón en enero."               (J. CuartasLa Opinión A Coruña , en Attac España,  03/03/16)

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