"La hoja de ruta marcada por la ortodoxia neoclásica, englobada bajo el pensamiento único del Consenso de Washington, ha generado como característica más relevante la “financiarización” de la economía en su conjunto.
Este proceso de financiarización se ha complementado con una apuesta
decidida por flexibilizar los mercados laborales, controlar y reducir
salarios.
Y todo ello ha sido aderezado con una utilización errónea y
torticera del kit de políticas económicas (monetaria y fiscal), en lo
que podemos denominar como el Gran Fraude Académico.
De
ese fraude forman parte los economistas de la oferta, los nuevos
monetaristas, y los seguidores de la otrora Síntesis Keynesiana, es
decir, la Nueva Economía Keynesiana. Frente a todos ellos la
clarividencia de la escuela Postkeynesiana.
El coctel elaborado por la ortodoxia
es una mezcla en diferentes dosis de moderación salarial,
financiarización de la economía, maximización del valor de la acción,
repudio a la política fiscal, y uso y abuso de la política monetaria. La
combinación ha dado lugar a una poción venenosa cuyos efectos los venimos arrastrando en las últimas décadas. El veneno inoculado ha provocado daños importantes, algunos irreparables, otros reversibles.
La lista es larga: incremento y persistencia del desempleo, ausencia de
inversiones productivas, crecimiento económico mediocre acompañado de
una mayor volatilidad –inestabilidad financiera-, descenso del peso de
los salarios en la renta, incremento de la pobreza, aumento de la
desigualdad, mayor peso de los rentistas y lobistas.
Como telón de fondo, el asalto a las instituciones democráticas de las élites extractivas, que hacen y deshacen gobiernos a su antojo, la mayoría sumisos a su causa. Es el Totalitarismo Invertido de Sheldon Wolin,
entendido como el momento político en el que el poder corporativo se
despoja finalmente de su identificación como fenómeno puramente
económico y se transforma en una coparticipación globalizadora con el
Estado.
El sistema financiero ha evolucionado desde aquel en el que los bancos
comerciales estaban estrechamente regulados y supervisados, a otro donde
los mercados financieros dominan el sistema. (...)
Durante este período el sistema financiero creció rápidamente en relación al sector no financiero,
pasando, en el caso de los Estados Unidos, de representar un 10 por
ciento del valor añadido y una participación del 10 por ciento en los
beneficios empresariales, a significar el 20 por ciento del valor
añadido y el 40 por ciento de las ganancias de las empresas
estadounidenses.
En gran medida, esto se debió a las financiarización de la mayoría de las economías occidentales,
donde el sistema financiero en lugar de financiar el capital
productivo, se financió asimismo para apostar en el gran casino
(burbujas bursátiles, inmobiliarias, de deuda, en materias primas, en
bonos corporativos…). Al mismo tiempo, la inversión en capital
productivo de la economía sufrió y sufre de manera perceptible.
Si
aplicamos una definición amplia de capital productivo que incluya los
avances tecnológicos, el aumento de la productividad del trabajo, la
infraestructura pública y privada, las innovaciones y el avance del
conocimiento humano, la tasa de expansión del mismo se ha ralentizado.
El último cuarto de siglo ha sido testigo, en definitiva, de la mayor explosión de innovación financiera que el mundo jamás había visto antes. La fragilidad financiera “a lo Hyman Minsky”
creció hasta que la economía finalmente colapsó en la actual crisis
sistémica.
Hemos visto cómo gran parte de la innovación financiera se
dirigió fuera de la esfera de la producción, a instrumentos financieros
complejos relacionados con hipotecas titulizadas, a mercados de futuros y
una amplia gama de otros derivados financieros. Lo que la ortodoxia
neoclásica no entendió, ni entiende a fecha de hoy, es que ¡los banqueros no son meros éforos del capitalismo, sino que son su principal fuente de inestabilidad!
Pero la imagen actual no es simplemente la de unas finanzas fuera de control. Bajo el paradigma de la maximización del valor de la acción, se ha “financiarizado” la economía real.
Las grandes corporaciones hace tiempo que dejaron de adoptar un enfoque
de largo plazo. Tienen una visión cortoplacista. No se fomenta la
inversión a largo plazo, solo la especulativa.
Los líderes empresariales
han respondido con acciones que pueden ofrecer resultados inmediatos a
los accionistas, tales como recompras de acciones o aumentos de
dividendos, mientras que no han invertido suficientemente en innovación,
mano de obra especializada o gastos de capital necesarios para sostener
el crecimiento a largo plazo.
Como sostiene Hyman Minsky, "el capitalismo es
inherentemente defectuoso, siendo propenso a auges, crisis y
depresiones", y esta inestabilidad "se debe a las características que el
sistema financiero debe poseer si se quiere ser coherente con un
capitalismo en toda regla".
Por eso van a ser necesarias toda una serie de reformas financieras, así como un conjunto de políticas públicas, destinadas todas ellas a promover el desarrollo del capital productivo en la economía, prestando especial atención a la financiación de los procesos de innovación.
Para ello habrá que integrar las ideas de Hyman Minsky sobre el sistema financiero, con los puntos de vista de Joseph Schumpeter sobre la financiación de la innovación. Y olvidémonos del Gran Fraude Académico." (Juan Laborda, Vox Populi, 09/03/16)
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