"Las esperanzas abiertas en Grecia se truncaron el pasado verano,
desanimando y confundiendo a propios y extraños. Conviene mirar con
serenidad a lo que sucedió en términos objetivamente estructurales. Así
como a las decisiones que los actores adoptaron en esas condiciones. (...)
Sin embargo, hubo varias carencias. En primer lugar, habían previsto una
negociación en la que el Eurogrupo “estaría más preocupada de evitar un
seísmo para la eurozona” y que, gracias a un marco razonable de
negociación, sería posible adecuar la política griega a una relación
aliviada con la UE.
En segundo lugar, se jugó permanentemente con la
responsabilidad que tenía que adoptar el club de acreedores
–principalmente instituciones europeas públicas y gobiernos nacionales-
que “no se atreverían a proseguir en el erro”. En tercer lugar, el
primer ministro y su segundo ministro de finanzas no contemplaron
ninguna posible réplica a un contexto de intransigencia de los
acreedores.
Únicamente, en el seno del Comité de la Verdad de la Deuda
Pública, promovido por Zoe Konstantopoulou y coordinado por Eric
Toussaint, se estudiaron no sólo el origen y carácter de la deuda, sino
las reflexiones apropiadas para responder el probable autoritarismo
financiero de la Troika. Si bien sus conclusiones no fueron
contempladas. (...)
Un factor decisivo fue la soledad del
gobierno que tuvo que enfrentarse a la decisión que tuvo que tomar:
contaba con el beneplácito del pueblo griego en su referéndum para no
acatar, pero no tenía ningún gobierno amigo de su parte, las ayudas rusa
y china sólo servían para un periodo corto, y la desesperación les hizo
abrazar la financiación de 80.000 millones de euros del Mecanismo
Europeo de Estabilidad, y todas sus draconianas condicionalidades.
La consigna de “ningún sacrificio por el
euro” se tornó en “cualquier cosa por el euro”. No se sabía que hacer
fuera de ese marco. (...)
Lo que experimentamos en esta tragedia era también que las élites
europeas estaban realizando una metamorfosis para consolidar las
políticas e instituciones que servían a sus intereses, lo que daba luz a
una estrategia austeritaria irreversible en la que negociación no tenía
sentido.
En todo el periodo de negociación se estaba fraguando un
proyecto de refundación de la UE, plasmado en lo que ha venido en
llamarse Informe de los 5 presidentes. Este se aprobó en el mismo
verano. (...)
Las élites europeas han puesto su “plan” para Europa, la única alternativa que decían posible.
Pero sí la había. (...) Eso suponía tener ideado un proyecto para, dado el caso, establecer un
marco de control de movimiento de capitales, antes de la fuerte fuga que
se produjo. Preparar una nueva autoridad monetaria y sistema bancario
público; interviniendo la banca para tratar de rescatar los activos
cubiertos con solvencia.
Una emisión de una moneda interior –en
principio ligada al euro, y posiblemente electrónica, pero susceptible
de devaluar, y de uso para pagos a empleados públicos y prestaciones o
para exigir el pago de impuestos en ese tipo de moneda- para impedir el
cortocircuito financiero que pudiera ocasionarse.
Suponía también contemplar las
conclusiones del Comité de la Verdad que formulaban y evidenciaban las
bases económicas y jurídicas para adoptar una suerte de impago selectivo
(aunque se enfatizó en el informe que toda la deuda era ilegal,
ilegítima, insostenible y odiosa).
El contraste con el Tercer Memorándum
planteaba un dilema espantoso. O sufrir tres años de recortes severos y
privatizaciones y varias décadas de sometimiento y hundimiento, a cambio
de financiación para la subsistencia de los bancos; o establecer una
política propia, de autogobierno que implicaba desobedecer y que, podría
generar, pero no necesariamente de inmediato (lo que podría haber dado
algo de tiempo para prepararse y esperar cambios de gobierno favorables
en otros países), una interrupción de los programas europeos y un
cortocircuito del BCE en la provisión de euros.
Ese segundo escenario,
sin preparación –de la población, de las instituciones, de los
instrumentos para enfrentarse a él- habría sido catastrófico. Tsipras
asumió que no estaba preparado ni preparó lo que por su parte le
correspondía.
Pero con preparación, con un plan B, podría haberse
enfrentado, posiblemente con grandes dificultades al comienzo
–empobrecimiento relativo importante, etc…-. Ese escenario podría haber
conducido a Grecia a varias posibles situaciones: convertirse en un país
de la UE sin el euro, como cualquier otro del Este-, o configurarse
como una nueva Cuba en el continente.
Pero habría abierto el camino para
otros gobiernos del cambio. El petróleo ya no está tan caro, al menos
por ahora. Se contaría con recursos adicionales (se dejaría de pagar
parte de la deuda y una reforma fiscal y la lucha contra el fraude lo
haría posible), y con una tasa sobre el turismo y otros bienes y
servicios de exportación, podrían acapararse euros para las
transacciones exteriores.
Grecia no podría conseguir un gran desarrollo
sola, pero habría realizado el primer paso necesario para que otros se
sumasen y articulasen. Grecia decidió no tomar ese paso, sufrirán el
desgarro de que un gobierno de izquierda ha de aplicar el programa de
austeridad más severo de Europa.
Pero sigue habiendo alternativa, otros
habrán de atreverse y, esperamos que sí, si las fuerzas de izquierda en
Grecia todavía gobiernan, esperamos contar con ellas." (Daniel Albarracín, Economái crítica y crítica de la economía)
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