"(...) la demanda social de políticas populistas responde al fuerte
sentimiento de abandono, hostigamiento y agravio que experimentan muchas
personas por parte de los gobiernos y las élites.
Sentimiento de
abandono ante los efectos que la crisis tuvo sobre el paro, la caída de
ingresos y el deterioro de las condiciones de vida de los sectores
sociales más débiles de la sociedad; de forma particular, de los jóvenes
y los niños que viven en hogares sin ingresos. Sentimiento de
hostigamiento por el ensañamiento de las políticas de recortes de gastos
sociales y de devaluación de los salarios sobre esos mismos sectores.
Y
sentimiento de agravio ante la evidencia de como se ha ayudado con
recursos públicos a los bancos y a los banqueros y, por el contrario,
como se ha dejado en la cuneta del desempleo y del desahucio a los
desfavorecidos.
El abandono consciente de los perdedores de la crisis y la
justificación de la desigualdad de renta y riqueza fue considerado ya
por Adam Smith como potencialmente destructivo para el propio
capitalismo
Ese abandono, hostigamiento y agravio tiene mucho que ver con lo que,
en términos de Adam Smith, el padre de la Economía clásica, podríamos
llamar la corrupción de los sentimientos morales de la sociedad. Como
señaló el historiador Tony Judt en su testamento intelectual (Algo va
mal), “nos hemos vuelto insensibles a los costes humanos de las
políticas sociales en apariencia racionales, especialmente cuando se nos
dice que contribuirán a la prosperidad general y, de esta forma,
implícitamente, a nuestros intereses individuales.
Al hablar de corrupción de los sentimientos morales me estoy
refiriendo, entre otras cosas, a la forma en cómo se han llevado a la
práctica políticas económicas basadas en ideas que no tenían fundamento
sólido en el conocimiento económico existente ni en la experiencia
histórica.
En estos años hemos visto como desde instancias políticas
europeas y de organizaciones de intereses económicos y financieros se ha
reclamado, cuando no impuesto, a los gobiernos “políticas duras de
ajuste”, conociendo su falta de fundamento y sus efectos dramáticos
sobre los más débiles.
Y también me refiero al hecho de como desde
mismas instancias se ha considerado el aumento de la desigualdad y la
pobreza una consecuencia inevitable de la lógica de las fuerzas del
mercado y del cambio técnico, cuando en realidad eran una opción
política.
Este abandono consciente de los perdedores de la crisis y la
consecuente justificación de la desigualdad de renta y riqueza fue
considerado ya por Adam Smith no sólo como moralmente reprobable sino
también como potencialmente destructivo para el propio capitalismo.
En
palabras del propio Smith, sacadas de su Teoría de los sentimientos
morales, “esta disposición a admirar, y casi a idolatrar a los ricos y
poderosos, y a despreciar, o como mínimo, ignorar a las personas pobres y
de condición humilde (…) es la principal y más extendida causa de
corrupción de los sentimientos morales”.
Esta corrupción de los sentimientos quiebra el “principio moral de la
simpatía” que Adam Smith consideraba básico para el buen funcionamiento
de la economía de mercado y la existencia de una sociedad decente. Hoy
podríamos traducir ese principio moral por el de la cohesión social y el
de igualdad de oportunidades. A nadie le debería extrañar que cuando se
quiebran esos dos principios, como ahora ha ocurrido, aparezcan toda
clase de populismos." (Antón Costas, El País, 03/04/16)
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