"¿Qué tienen que ver los suicidios y las muertes por sobredosis en Estados Unidos con el fenómeno Donald Trump? (...)
En un estudio publicado en otoño de 2015,
el último Nobel de Economía, Angus Deaton, y la economista Anne Case
revelaron los efectos de la epidemia de heroína y el consumo del alcohol
en un segmento de población determinado: los blancos sin estudios
universitarios, el grupo más golpeado por el aumento de la mortalidad.
La respuesta más larga a la pregunta del principio: mucho. El
malestar de los blancos sin estudios superiores —malestar con las élites
políticas, con las desigualdades económicas, con los cambios acelerados
en las costumbres y la composición étnica del país, con sus propias
vidas— es un dato central en la campaña para suceder a Barack Obama en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre. (...)
Políticos como Trump han capitalizado la insatisfacción de la clase
trabajadora blanca, según Case. “Está claro que muchos blancos
americanos en este grupo demográfico sienten que están en crisis”, ha
escrito Case en la publicación Quartz, “y que los candidatos,
en el intento de hacerse con lo que será un bloque de votantes
sustancial en 2016, están modelando sus programas electorales pensando
en un público que se siente cada vez más invisible”. (...)
Tampoco es seguro que el desánimo sea el único sentimiento de los
estadounidenses hoy. Es posible, como dice William Frey, el demógrafo
que mejor ha auscultado las transformaciones de EE UU en los años de
Obama, que exista una mayoría silenciosa que no comparte la angustia y
el pesimismo de los ciudadanos y políticos que más se escuchan en
campaña.
“Quizá haya otro grupo de personas que ahora no estemos oyendo, quizá sean más moderados”, dice Frey.
(...) el enfado del electorado con el establishment —llámese Wall Street, Washington, medios de comunicación o aparatchiks de los partidos: instituciones impotentes para gestionar un mundo dislocado— y la indignación con el statu quo:
una recuperación económica que, en las cifras, es excepcional (tasas de
paro cercanas al pleno empleo, crecimiento sostenido, déficit bajo
control), pero que las clases trabajadoras no han notado.
Los salarios se han estancado, las deslocalizaciones industriales han
dejado ciudades semivacías en el Medio Oeste y la generación de los millenials,
los nacidos después de 1980, afronta la perspectiva de ser la primera,
desde la II Guerra Mundial, que vivirá peor que sus padres. Por primera
vez desde principios de los años setenta, los hogares de ingresos medios ya no son mayoritarios en EE UU,
según un estudio del Pew Research Center.
El número de estadounidenses
en hogares de altos y bajos ingresos supera ya al de ingresos medios,
signo de una sociedad más desigual en la que la clase media —el gran
motor de la cohesión social: el territorio donde la american way of life (el estilo de vida americano) podía desplegarse en plenitud— se encoge y pierde su centralidad en la vida estadounidense.
Un sondeo reciente de la revista Esquire y la cadena NBC
revela que la mitad de los estadounidenses están más enojados que el año
pasado y que los blancos son el grupo étnico más enfadado, más que los
negros y los hispanos.
Los menos enojados, según el sondeo, son los hogares que ingresan más
de 150.000 dólares anuales y los que ingresan menos de 15.000 dólares.
Los optimistas son los más ricos y los más pobres. Los estadounidenses
más irritados, los pesimistas, son los que ingresan entre 50.000 y
74.900 dólares. En palabras de Esquire, se trata de la clase
media de la clase media.
Estos estadounidenses creen, como explica el
sondeo, que EE UU ya no es la potencia mundial que fue y que sus propias
vidas no han sido como esperaban: el sueño americano —su sueño
americano— ha muerto.
Hace unos días, en un mitin en Iowa, Hillary Clinton contó una
conversación con su marido, el expresidente Bill Clinton, sobre el
aumento de la mortalidad entre los blancos. Bill le dijo: “La gente
siente que el sueño americano se les está escapando y están muriendo de
tristeza”. (...)
En los años de Obama el descontento ha tenido múltiples expresiones: desde el movimiento populista de derechas Tea Party hasta el movimiento progresista Occupy Wall Street,
los indignados estadounidenses, o el más reciente Black Lives Matter
(las vidas negras importan), grupo que clama contra los abusos
policiales y judiciales a la minoría afroamericana.
Pero, como ha
escrito David Frum, colaborador de Bush y una de las voces destacadas de
la derecha moderada, nadie está tan descontento, nadie está tan
indignado como el americano de clase media, de raza blanca y de origen
europeo (...)
Personas, se podría añadir citando el estudio de Deaton y Case, que
mueren por suicidios, drogas, alcoholismo, que afrontan el riesgo de la
extinción metafórica —como etnia dominante— y real.
Con la indignación se mezcla la nostalgia. Nostalgia de la
prosperidad y patriotismo sin complejos de los años de Reagan, en los
ochenta; o de los idealizados años cincuenta, en vísperas de las
convulsiones de los años sesenta.
Al final, en EE UU todo remite a la raza. El trauma nacional. El
pecado original. Y esto ocurre en 2016, al final del mandato de Obama,
el primer presidente afroamericano cuya victoria en 2008 debía cerrar
las heridas de más de dos siglos de esclavismo, segregación y
discriminación. No se han cerrado. (...)
El demógrafo Frey, autor del libro Diversity explosion (la explosión de la diversidad), ve en EE UU una división generacional que también es racial. De un lado, la generación del baby boom,
los hijos de la explosión demográfica de la posguerra que empiezan a
jubilarse, una generación predominantemente blanca. Del otro, las
generaciones más jóvenes, más diversas y mestizas.
“En la generación
joven, la de los menores de 18 años, las minorías, si se suman hispanos,
negros y asiáticos, casi son más de la mitad. Pero también los jóvenes
blancos son más tolerantes y aceptan mejor los cambios que los blancos
mayores. Vemos un aumento de matrimonios interraciales, sobre todo entre
jóvenes blancos e hispanos, blancos y asiáticos, blancos y negros.
Es
algo que no hemos visto antes”, dice. “Las personas que están en la
cincuentena o la sesentena crecieron en un país en el que no había mucha
inmigración, no había muchos asiáticos o hispanos en Estados Unidos, la
población negra estaba allí, pero en gran parte segregada, lejos de los
blancos en los primeros años. Así que para ellos es más difícil aceptar
estos cambios”. (...)" (Marc Bassets, El País, 24/01/16)
No hay comentarios:
Publicar un comentario