"(...) Es prematuro brindar una explicación acabada de lo ocurrido. Habría que
contar con información más pormenorizada que por el momento no está
disponible. Pero no deja de ser sorprendente que el anhelo de la paz,
que era algo que cualquiera que haya visitado Colombia podía percibir a
flor de piel en la gran mayoría de su población, no se haya traducido en
votos para ratificar esa voluntad pacifista y refundacional de un país
sumido en un interminable baño de sangre.
En lugar de ello la ciudadanía
reaccionó con irresponsable indiferencia ante la convocatoria para
respaldar los acuerdos trabajosamente conseguidos en La Habana. ¿Por
qué? Algunas hipótesis deberían apuntar, en primer lugar, a la baja
credibilidad que tienen en Colombia las instituciones políticas,
corroídas desde largo tiempo por la tradición oligárquica, la
penetración del narcotráfico y el papel del paramilitarismo.
Este
déficit de credibilidad se expresa en una retracción del electorado,
tanto más importante cuanto más alejadas se encontraran de las zonas
calientes del conflicto armado las regiones en las cuales el NO triunfó
con holgura. En cambio, aquellos departamentos que fueron teatro de
operaciones de los enfrentamientos se manifestaron mayoritariamente a
favor del SI.
Para decirlo en otros términos: allí donde los horrores de
la guerra eran experimentados sin mediaciones y en carne propia
–principalmente las regiones agrarias y campesinas- la opción por el SI
triunfó de manera aplastante.
Tal es el caso del Cauca, con el 68 %
votando por el SI; el Chocó, con 80 % por el SI; Putumayo, 66 % por el
SI; Vaupes, 78 % por el SI. En cambio, en los distritos urbanos en donde
la guerra era apenas una noticia que divulgaban los medios, satanizando
de manera implacable a la insurgencia, quienes acudieron a las urnas lo
hicieron para manifestar su rechazo a los acuerdos de paz. (...)
El confiado optimismo que primaba en los círculos gubernamentales (y
también en algunos sectores cercanos a las FARC-EP) unido a la
imprudebte confianza puesta en los pronósticos de las encuestas -que,
una vez más, fracasaron escandalosamente- hizo que se subestimara la
gravitación de los enemigos de la paz y la eficacia de la campaña basada
en el visceral rechazo a los acuerdos promovida por el uribismo.
El
papel desempeñado por la derecha vinculada al paramilitarismo y los
medios de comunicación, mismos que reprodujeron sin cesar las
acusaciones de “traición” dirigidas al presidente Santos, galvanizaron
un núcleo duro opuesto a la ratificación de los acuerdos que pese a ser
minoritario en el conjunto de la población logró prevalecer porque sus
adherentes acudieron masivamente a las urnas, mientras que sólo una
parte de los que sí la querían se atrevieron a desafiar las inclemencias
del tiempo y fueron a votar.
Persuasiva resultó ser pues la “campaña de
terror” orquestada por la derecha, que en sus ominosas caricaturas
presentaba al comandante Timoshenko ya investido con la banda
presidencial y presto a imponer la dictadura de los “terroristas” sobre
una población indefensa y sumida en la ignorancia, misma que encontró en
el voto por el NO el antídoto necesario para conjurar tan pavorosa
amenaza.
En suma: es imposible abstraerse de la sensación de
frustración que provoca este resultado. Como se dijo una y mil veces, la
paz en Colombia es la paz en América Latina. Tremenda responsabilidad
le cabe a las FARC-EP ante este deplorable resultado electoral.
La
sensatez demostrada por la guerrilla en las arduas negociaciones de La
Habana deberá ahora pasar por una nueva prueba de fuego. Y es de esperar
que la tentación de retomar la lucha armada ante el desaire electoral
sea neutralizada por una actitud reflexiva y responsable que,
desgraciadamente, no tuvo la ciudadanía colombiana
Las declaraciones
del comandante Timoshenko ratificando que ahora las armas de la
insurgencia son las palabras permiten albergar una semilla de esperanza.
Lo mismo las manifestaciones de la dirigencia del ELN y la alocución
del presidente Santos poco después de conocidos los resultados del
plebiscito.
Ojalá que así sea y que esta guerra de más de medio siglo,
que a lo largo de estos años tuvo un costo equivalente a casi la mitad
del PBI actual de Colombia; que despojó de sus tierras y desplazó de sus
hogares a casi siete millones de campesinos; que produjo 265.000
muertes oficialmente registradas; que victimizó por la vía indirecta a
dos millones y medio de menores de edad; que esa pesadilla, en suma, que
ha enlutado a la entrañable Colombia pueda hundirse definitivamente en
el pasado para abrir esas grandes alamedas evocadas por el heroico
presidente Salvador Allende por donde habrán de pasar los hombres y las
mujeres de Colombia para construir una sociedad mejor .
Ayer se perdió
una inmejorable oportunidad para avanzar por el camino de la paz. Habrá
otras, sin duda alguna." (Atilio A. Boron , Rebelión, 03/10/16)
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