"Angela y Barry son un matrimonio norteamericano,
relativamente joven, que reside en una pequeña ciudad del Estado de
Indiana. Ella trabaja en una ONG y él en un hospital perteneciente a una
fundación.
No son religiosos, menos aún creacionistas, pero participan
en diferentes iniciativas sociales y están muy comprometidos con su
comunidad. Acogen en su casa a jóvenes de diversas procedencias y
tipologías; nacionales y extranjeros; blancos, negros, hispanos,
asiáticos. En una ocasión, recibieron una llamada de madrugada para
alojar urgentemente a un joven desamparado y, aun teniendo la habitación
ocupada, no lo dudaron: "sí, por supuesto", respondieron.
Inmediatamente, Barry se dirigió en su vieja camioneta hacia el
ayuntamiento para recoger al muchacho mientras Angela despejaba la
buhardilla de trastos para acondicionarla y asearla como nueva
habitación. A la mañana siguiente, antes de acudir al trabajo, ambos
fueron a comprar una cama y un colchón nuevos que pagaron de su
bolsillo.
Tanto Angela como Barry son trabajadores, honrados,
solidarios, altruistas, comprometidos. Y gozan del merecido
reconocimiento y aprecio de sus vecinos. En España, muchos los
etiquetarían como “progresistas”, pero para sus amigos y conocidos son
sencillamente buenas personas. Sin embargo, el pasado martes 8 de
noviembre, Angela y Barry formaron parte de los 58 millones de
norteamericanos que dejaron atónitos a los analistas de medio mundo:
votaron a Donald Trump.
Y lo hicieron en
perjuicio de una candidata demócrata que, se supone, encarnaba los
valores que ellos defienden por la vía de los hechos. Esta decisión,
según el impávido juicio de bastantes ciudadanos biempensantes, les ha
convertido de la noche al día en seres inmorales.
Es
evidente que esta pareja no se ajusta al perfil que analistas,
opinadores y medios de información, de forma casi monolítica,
confeccionaron a la medida de los que apoyaban al candidato republicano.
A juzgar por su actitud ante la vida, sus principios y, especialmente,
sus actos –hechos son amores y no buenas razones–, no son seres
despreciables, egoístas, insensibles, ignorantes.
Menos aún les
corresponden otras descalificaciones más gruesas, que en estos días
vomitan de forma inmisericorde, no patanes, sino gente instruida, bien
formada, personas que se supone reflexivas, analíticas, inteligentes.
¿Cómo es posible que Angela y Barry dejaran en la estacada a la
preparada y presuntamente bienintencionada Hillary para votar al
deplorable Donald? (...)
Es verdad que Trump es un personaje provocador, arrogante, histriónico,
propenso a proferir majaderías, con un aspecto que puede resultar
bastante repelente. Pero, precisamente por esto, se hace más necesaria
una explicación convincente de su inesperado triunfo, una interpretación
algo más profunda que calificar de ignorantes e inmorales a sus
votantes.
No es argumento serio afirmar sencillamente que "son estúpidos
todos aquellos... que no votan a los míos". Trump no solo ha arrasado
en la rural “América profunda”; también ha superado a su rival en
Pensilvania, Michigan u Ohio. Es evidente que detrás de su victoria hay
muchos Barrys y Angelas, bastantes más de lo que a muchos les gustaría. (...)
Barack Obama no ha sido un mal presidente,
tampoco bueno, más bien del montón. Sin embargo, generó desde el
principio expectativas exageradas. Lanzó un Yes We Can
para resolver numerosos asuntos que, a todas luces, la política nunca
podría solucionar, dando lugar, con el tiempo, a una profunda
frustración. (...)
Trump supo ver la fractura, comprendió rápidamente que podía alcanzar la Casa Blanca presentándose como el outsiderterrible
que, al igual que el ciudadano corriente, detesta a esa burocracia de
Washington que ha gobernado el país durante las últimas décadas. (...)
El fenómeno Trump debe enmarcarse dentro del proceso de frustración y
desconfianza ante la clase política que se observa en buena parte de
Occidente. Pero es también consecuencia de décadas de imposición de la
corrección política, esa ideología gelatinosa,
censora, intrusiva, que desahucia a todo aquel que cuestiona su
ortodoxia.
Una verdadera religión laica que propugna que la identidad de
un individuo está determinada por su adscripción a un determinado
colectivo y, por tanto, sostiene que la discriminación puede ser
positiva, que cada grupo debe ser tratado de forma diferente.
Como era
de esperar, la imposición de la corrección política ha provocado en
muchas sociedades una cierta reactancia, esto es, una reacción emocional
que se opone a estas reglas censoras que el individuo percibe como
absurdas y arbitrarias por prohibir conductas e ideas que considera
lícitas.(...)
Mucha gente percibe que la clase política se pliega a la voluntad de
grupos bien organizados, concediendo privilegios y ventajas. Y se
extiende la sensación de que la sociedad estamental, aristocrática, que
fue erradicada por la revolución americana, amenaza con instalarse de
nuevo.
la corrección política, con su censura, sus códigos sobre lo que se
puede decir y lo que no, sobre los términos obligados y prohibidos,
provoca hartazgo e indignación al quebrantar esa tradición de libre
pensamiento que alumbraron los padres fundadores. (...)
En lo que se respecta a Angela y Barry, ellos sienten que han hecho lo
correcto: castigar las mentiras de los últimos 30 años y conjurar el
peligro de las dinastías. Después de todo, y aunque a los europeos no
nos entre en la cabeza, ellos confían más en sí mismos y en su comunidad
que en cualquier inquilino de la Casa Blanca. Y así quieren que siga
siendo." (
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