"(...) De la novela negra a A la puta calle.
Nos queda por construir el relato negro del desahucio. (...) Ahora no se está creando eso, y me preocupa. Uno de los grandísimos problemas de esta crisis es que no ha tenido relato.
Nos queda por construir el relato negro del desahucio. (...) Ahora no se está creando eso, y me preocupa. Uno de los grandísimos problemas de esta crisis es que no ha tenido relato.
Pese a que nos vendieron la sociedad del tardofranquismo y
la transición como la gran panacea, había una narrativa bestial sobre
lo que sucedía a cargo del cine social (El pico, El crack...)
y del punk (La Polla, Kortatu, Cicatriz, Parálisis Permanente...).
Yo
no veo que nadie de la cultura haya creado un relato de lo que estamos
viviendo en este país. Es cierto que nacen pequeñas setas: Isaac Rosa,
me dicen a veces, o Belén Gopegui. Bueno, puede haber dos o tres, pero
hablo de un movimiento, de un relato comúnmente asumido.
¿Qué leen y qué oyen los chavales? ¿A qué se agarran para entender el desastre que están viviendo? A nada, porque la cultura no está respondiendo a eso. Estamos viviendo una novela negra, la época de la Thatcher en el Reino Unido, que tenía un relato bestial, mientras que nosotros carecemos de él.
¿Qué leen y qué oyen los chavales? ¿A qué se agarran para entender el desastre que están viviendo? A nada, porque la cultura no está respondiendo a eso. Estamos viviendo una novela negra, la época de la Thatcher en el Reino Unido, que tenía un relato bestial, mientras que nosotros carecemos de él.
Si hubiera una sola novela… Cuando se publicó ¡Indignaos!,
de Stéphane Hessel, pareció que surgía algo. Pero, aunque estaba bien,
en el fondo era un panfletillo. Lo que hace falta es una construcción
narrativa que permanezca. (...)
En A la puta calle, cuento que hay una parte de España que se ha
desplomado y que ya no tiene nada. Ni siquiera un relato, nadie los
mira. Tengo la sensación de que todos aquellos creadores de narrativa
—del cine a la literatura, pasando por la música— se quedaron en la
parte de arriba y son incapaces de mirar hacia abajo, no vaya a ser que
se caigan.
El problema es que son ricos… Mientras, paso a paso, avanza
un régimen totalitario y de ultraderecha. En España ni siquiera nos
hemos atrevido a decir que la ultraderecha está en el Gobierno.
¿Que no
existe? Se llama Jorge Fernández Díaz, hasta hace poco ministro del
Interior, pero podemos llamarlo de otra manera, ahora que ha cambiado el
Ejecutivo. ¡A la ultraderecha española la tenemos gobernando!
Algunos defienden que el PP es un dique de contención de la ultraderecha.
No, no, no. El PP es ultraderecha. No hay dique de contención, hay asimilación. (...)
Algunos defienden que el PP es un dique de contención de la ultraderecha.
No, no, no. El PP es ultraderecha. No hay dique de contención, hay asimilación. (...)
Volviendo al drama de los desahucios, un convencimiento: “No me puede tocar a mí”.
Déjame volver a la pobreza. Hay un momento en que se decide llevar a cabo una revolución de derechas. Te recuerdo que hace unos días el ministro del Interior condecoraba a vírgenes y afirmaba tener un ángel de la guarda.
Déjame volver a la pobreza. Hay un momento en que se decide llevar a cabo una revolución de derechas. Te recuerdo que hace unos días el ministro del Interior condecoraba a vírgenes y afirmaba tener un ángel de la guarda.
Eso se llama manicomio, no política. Fernández Díaz tendría que estar
encerrado en un psiquiátrico para tratar su problema de superstición
extrema. Pues esa extrema derecha, que supera naciones y Estados, decide
adoptar los modos de lo revolucionario y convertirse en progresista, de
forma que convierte a la izquierda en conservadora. Y en este momento
no hay nada más conservador que una mujer de izquierdas, porque queremos
conservar los derechos.
¿Qué significa lo de “no me puede tocar a mí”? Desde los años sesenta, cuando empezamos a ser imbéciles, creímos que teníamos razón. Pero el mundo no es de quien tiene la razón, sino el poder, y perdimos la posibilidad de tener ese poder.
¿Qué significa lo de “no me puede tocar a mí”? Desde los años sesenta, cuando empezamos a ser imbéciles, creímos que teníamos razón. Pero el mundo no es de quien tiene la razón, sino el poder, y perdimos la posibilidad de tener ese poder.
Pensamos
que estábamos en lo cierto, que si leías El País —fueras pobre o
rico— y estabas de acuerdo con sus contenidos —en un sentido muy
simbólico: si eras progresista, europeo, de izquierdas, o sea, la señora
que se tumba en el sillón de Forges mientras su marido ve el fútbol—,
no te podía pasar nada de todo eso.
En fin, destruimos el marxismo, la
posibilidad de la conciencia de clase y, por tanto, la posibilidad de
agrupación y de lucha. Y, en España, lo destruyeron el PSOE y el grupo
Prisa, como conductor del relato.
Usted fue una desahuciada atípica.
No. Fui atípica porque lo conté, no porque me sucediera. La mayoría de mis amigos periodistas, a sus cincuenta años y con hijos, vuelve a vivir en casa de sus padres, pero ninguno lo ha contado. Desde 2008, en España han despedido a miles de periodistas y nadie ha salido a la calle a protestar porque somos una profesión obediente, gregaria y triste. Y al quedarse sin nada, es imposible que pudiesen pagar el piso y la comida.
No. Fui atípica porque lo conté, no porque me sucediera. La mayoría de mis amigos periodistas, a sus cincuenta años y con hijos, vuelve a vivir en casa de sus padres, pero ninguno lo ha contado. Desde 2008, en España han despedido a miles de periodistas y nadie ha salido a la calle a protestar porque somos una profesión obediente, gregaria y triste. Y al quedarse sin nada, es imposible que pudiesen pagar el piso y la comida.
Yo, en cambio, lo conté. No fui una excepción, sino que el resto se
calló. Fui una desahuciada atípica sólo porque lo dije en voz alta. Me
parecía una idiotez seguir acatando la idea de que los desahuciados eran
gente del barrio más cochambroso de Carabanchel Bajo o de Villaverde, o
un peruano que se había quedado sin casa.
No es verdad, y hemos
comprado ese mensaje, como tantas otras mentiras de los medios y de la
comunicación política. Aunque no me preocupa que mientan los políticos,
sino la prensa.
¿Cabe la autocrítica en su caso? ¿En su día, antes de ir al paro, no vivió a tope?
No. Entre una cosa y otra, llegué a cobrar entre 5.000 y 6.000 euros al mes, y pagaba una hipoteca de casi 1.200 euros. Aunque luego todo se volvió más precario —un ejemplo: llevo treinta años trabajando en periodismo y cotizados, sólo siete—, no viví por encima de mis posibilidades. Además, era más barato comprar un piso que alquilarlo.
¿Cabe la autocrítica en su caso? ¿En su día, antes de ir al paro, no vivió a tope?
No. Entre una cosa y otra, llegué a cobrar entre 5.000 y 6.000 euros al mes, y pagaba una hipoteca de casi 1.200 euros. Aunque luego todo se volvió más precario —un ejemplo: llevo treinta años trabajando en periodismo y cotizados, sólo siete—, no viví por encima de mis posibilidades. Además, era más barato comprar un piso que alquilarlo.
Fue una construcción falsa, que tiene que ver con la voluntad de
empobrecimiento de la población. No es inocente: ¿por qué la empobreces?
Para poder callarla. De ahí que después se implantase la ley mordaza,
que restringe la libertad y sanciona a quienes protestan con multas.
José Luis Arrese, ministro de la Vivienda con Franco, dijo en 1959: "No queremos una España de proletarios, sino de propietarios".
Claro. Si tienes una patata, te vuelves conservador, porque es tuya y no quieres compartirla. He crecido mucho, porque fui muy tonta. Yo era rica, pero es que yo nací rica. Nunca pude pensar que podría ser pobre, y se lo aconsejo a cualquiera.
José Luis Arrese, ministro de la Vivienda con Franco, dijo en 1959: "No queremos una España de proletarios, sino de propietarios".
Claro. Si tienes una patata, te vuelves conservador, porque es tuya y no quieres compartirla. He crecido mucho, porque fui muy tonta. Yo era rica, pero es que yo nací rica. Nunca pude pensar que podría ser pobre, y se lo aconsejo a cualquiera.
Fue despedida del diario ADN en su octavo mes de embarazo. Luego, el desahucio. Ingredientes suficientes para practicar el periodismo gonzo.
El periodismo gonzo provoca o interviene en la acción y lo narra, pero en mi caso no fue necesario. Yo no necesitaba construir, es simplemente periodismo testimonial. Decidí contarlo en primera persona, porque es una impostura hacerlo de otra manera.
El periodismo gonzo provoca o interviene en la acción y lo narra, pero en mi caso no fue necesario. Yo no necesitaba construir, es simplemente periodismo testimonial. Decidí contarlo en primera persona, porque es una impostura hacerlo de otra manera.
La teoría periodística que
estipula que no se puede usar la primera persona es una idiotez del
tamaño de Mariano Rajoy. Al contrario, considero que es muy sano
hacerlo. El gran problema de los medios de comunicación son la mentira y
el periodismo de declaraciones: no narrar lo que sucede, sino lo que
dicen que sucede. Eso es servirle de altavoz a la mentira política. Sin
embargo, la pobreza es el centro de toda la política que vamos a vivir, y
que será aterradora.
¿Volveremos a tener el mismo poder adquisitivo?
A largo plazo, no. Los sindicatos y los derechos de los trabajadores han sido destruidos; el marxismo se lo ha apropiado el capitalismo financiero para eliminar la idea de la lucha de clases; nos imponen verdades inapelables que equiparan justicia social a terrorismo, lucha social a terrorismo, inmigración y dolor a terrorismo…
¿Volveremos a tener el mismo poder adquisitivo?
A largo plazo, no. Los sindicatos y los derechos de los trabajadores han sido destruidos; el marxismo se lo ha apropiado el capitalismo financiero para eliminar la idea de la lucha de clases; nos imponen verdades inapelables que equiparan justicia social a terrorismo, lucha social a terrorismo, inmigración y dolor a terrorismo…
Desaparecida la
religión, crean un nuevo pecado, y eso tarda muchísimo en eliminarse.
Hace no mucho tiempo, nadie se cuestionaba la jornada de ocho horas, el
contrato fijo, las vacaciones, ni que un sueldo te iba a dar para una
casa y para comer.
Entonces, ¿qué? Nuestro pacto social se basa en que yo trabajo para la sociedad a cambio de que ésta me permita vivir bajo techo y dar de comer a mis hijos. A cambio, no cruzo el semáforo en rojo, no mato, no robo, no violo a tu hija, no te arranco los dientes para comprarme una camisa…
Entonces, ¿qué? Nuestro pacto social se basa en que yo trabajo para la sociedad a cambio de que ésta me permita vivir bajo techo y dar de comer a mis hijos. A cambio, no cruzo el semáforo en rojo, no mato, no robo, no violo a tu hija, no te arranco los dientes para comprarme una camisa…
Pero si el trabajo ya no te permite vivir
bajo techo ni dar de comer a tu familia, ¿por qué debería no robar?
Durante una época, he robado habitualmente, porque para mí es más
importante que mis hijos coman que respetar la norma de una sociedad que
no me ampara.
¿Es lo mismo robar en una cadena de supermercados que en un pequeño comercio?
No tengo ni idea, yo he robado donde he podido. Lo primero que robé fue un tubo de pasta de dientes en un supermercado, porque hacía tiempo que les explicaba a mis hijos que la higiene era importantísima y que había que cepillarse los dientes.
¿Es lo mismo robar en una cadena de supermercados que en un pequeño comercio?
No tengo ni idea, yo he robado donde he podido. Lo primero que robé fue un tubo de pasta de dientes en un supermercado, porque hacía tiempo que les explicaba a mis hijos que la higiene era importantísima y que había que cepillarse los dientes.
Cuando se quedó en paro y llamó a sus contactos para pedir trabajo, ¿la gente respondió?
Nadie. Ni uno solo. Pero tampoco responden los amigos. Siendo gente culta, consideran que, dirigiéndose a ti en un momento de extrema necesidad, te humillan y te sitúan ante el espejo de lo que eres, por lo que prefieren evitártelo. No dudo que haya una buena voluntad en ello, pero al final no responde nadie. (...)" (Entrevista a Cristina Fallarás, Henrique Mariño, Público, 11/11/16)
Nadie. Ni uno solo. Pero tampoco responden los amigos. Siendo gente culta, consideran que, dirigiéndose a ti en un momento de extrema necesidad, te humillan y te sitúan ante el espejo de lo que eres, por lo que prefieren evitártelo. No dudo que haya una buena voluntad en ello, pero al final no responde nadie. (...)" (Entrevista a Cristina Fallarás, Henrique Mariño, Público, 11/11/16)
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