3.11.16

Los que votan a Trump tienen un mayor poder adquisitivo que el resto de estadounidenses

"En marzo mi abuela Betty, una anciana de 71 años, hizo tres horas de cola para poder votar a Bernie Sanders en el caucus del Partido Demócrata en el estado de Kansas. Era la primera vez que votaba en unas primarias y aunque fue un suplicio, en ningún momento se planteó regresar a casa sin haber votado.

 Betty, una mujer blanca que no terminó sus estudios de secundaria, que tuvo a su primer hijo a los dieciséis años y vivió en la más absoluta pobreza la mayor parte de su vida, quería votar.  (...)

Durante muchos años, Betty trabajó como funcionaria de libertad condicional para el sistema judicial de Wichita, en Kansas. Su trabajo consistía en hacer un seguimiento de violadores y de asesinos. Por eso, está curada de espantos. Sin embargo, no ha dudado en afirmar que el candidato republicano Donald Trump es un sociópata “con la boca llena de mierda”.

Nadie detesta a Trump más que ella. El candidato dijo que debe castigarse a las mujeres que aborten y ha dicho cosas horribles de colectivos que ella conoce desde su infancia y con los que ha trabajado codo a codo. Su estilo pomposo e indecente ofende su sensibilidad humilde y del medio oeste americano.

La clase trabajadora, integrada por personas como Betty, se ha convertido en la obsesión de todos aquellos que cuando comentan estas elecciones presidenciales hablan de “clases”: ¿Quién está detrás de esta bestia feroz y por qué apoya a Trump?  (...)

Las cifras cuantitativas ponen en duda, o niegan de plano, la tan regurgitada teoría de que el nivel de educación o de ingresos permite predecir el apoyo a Trump, o la afirmación de que la clase trabajadora blanca lo apoya desproporcionadamente.

El mes pasado, el resultado de una encuesta elaborada por Gallup sobre una muestra de 87.000 personas dejó entrever que los partidarios de Trump no tienen más problemas económicos o derivados de la inmigración que aquellos que se oponen al candidato republicano.

Según este estudio, sus seguidores no tienen ingresos más bajos o una tasa de desempleo más alta que otros estadounidenses. La información relativa a los ingresos se pierde elementos importantes: aquellos con ingresos altos también pueden tener problemas de salud o ser propensos a empeorar económicamente.

Sin embargo, la mayoría de encuestados no se aferraban a trabajos que podrían perder. Uno de los analistas de Gallup explicó que, sorprendentemente, “parece no haber ningún tipo de relación entre sufrir la amenaza de la competencia comercial con otro país y apoyar políticas nacionalistas en Estados Unidos”.

El típico grandullón que amenaza a personas todavía más débiles que él y que amenaza a las personas de color para que huyan del pueblo, insulta a las mujeres y utiliza pistolas de aire comprimido para disparar contra gatos. Así sería Trump si hubiera nacido donde yo nací.

A principios de año, los sondeos que se llevaron a cabo antes de las primarias mostraron que aquellos que votaron a Trump tienen un mayor poder adquisitivo que el resto de estadounidenses, con unos ingresos familiares de 72.000 dólares, lo cual supera los ingresos de los que votaron a Hillary Clinton o a Bernie Sanders.

 El 44% tiene un título universitario; en comparación con la media nacional, que es del 29% para el conjunto de la población, o del 33% en el caso de la población blanca.

En enero, el politólogo Matthew MacWilliams indicó que uno de los factores que permite predecir el apoyo a Trump es una cierta tendencia al autoritarismo , mientras que los ingresos, la educación, el género, la edad o la raza no son factores determinantes.

Donald Trump, el "show" más deseado de Las Vegas Sin embargo, todos estos hechos objetivos no han servido para que los expertos y los periodistas dejen de repetir hasta la saciedad que la clase obrera blanca ha decidido apoyar a un demagogo que se distingue por su grandilocuente verborrea.

Para explicar correctamente por qué parte de la ciudadanía se siente atraída por Trump, una cobertura mediática equilibrada debería incluir más reportajes sobre el racismo y la misoginia en los barrios acomodados donde viven algunos votantes de Trump.

 O, en el supuesto de que se esté valorando la amargura de la clase trabajadora causada por la situación económica, también deberían publicarse reportajes sobre legisladores demócratas que en las últimas décadas han decidido destruir la red de bienestar, se subieron al carro de Wall Street y se olvidaron de los trabajadores estadounidenses cuando negociaron acuerdos comerciales internacionales.

Sin embargo, para los medios de comunicación nacionales, integrados, en su mayoría, por progresistas de clase alta o de clase media, eso supondría tener que mostrar los rostros de sus semejantes.

Si bien es ciert o que los rostros que los periodistas muestran en televisión –rostros enfurecidos que hacen comentarios sexistas cerca de una bandera de la Confederación– se merecen algún tipo de cobertura mediática, no son un reflejo de las comunidades que yo conozco tan bien.

 El hecho de que los medios de comunicación hayan ignorado comunidades como la mía ha creado una falta de comprensión tan grave que con un primer vistazo a un blanco con problemas económicos parece servir para describir a la totalidad. (...)

la mayoría de los blancos con dificultades económicas no son hombres conservadores y protestantes de los Apalaches. A veces parece ser el único elemento del imaginario colectivo: un tipo escondido en una chabola situada en una montaña remota, como un fantasma polvoriento, como si la pobreza de los blancos no estuviera delante de nuestras narices, pasando nuestras tarjetas de crédito en una tienda de rebajas en Denver o pidiendo limosna en una calle de Los Ángeles.

Los estereotipos simplones suelen penetrar allí donde el periodismo no consigue llegar. La última vez que la clase a la que pertenezco por nacimiento recibió una atención mediática de estas proporciones fue 20 años atrás. No salió en los informativos sino en una serie de televisión, Roseanne . El guión de esta serie resulta más riguroso y certero que las reflexiones de los comentaristas de las cadenas de televisión de Nueva York.

Las imágenes de personas blancas de clase trabajadora y progresistas, entre las que se incluyen mujeres como Betty, no son mostradas por unos medios de comunicación obsesionados por las audiencias y que cubren estas elecciones como si se tratara de una carrera de caballos. (...)

En estas primarias, el número de habitantes de Kansas que participó en el caucus demócrata superó el de aquellos que votaron en el caucus de Donald Trump. Se trata de una información relevante y lo cierto es que ningún periódico nacional la ha mencionado, tal vez porque no pudo entender que en esa zona que observa desde la lejanía viven millones de estadounidenses más progresistas que los que se pueden encontrar en los bastiones de Clinton.

En lugar de dar este tipo de información, los medios han presentado a los blancos de clase trabajadora como un todo y han creado un imaginario caduco y traicionero que resulta muy conveniente para el capitalismo. Según este mensaje, los pobres son unos idiotas peligrosos.

Donald Trump, el evangelista de los enojados La superioridad moral que siente la clase adinerada de Estados Unidos ha dado alas a esta leyenda urbana relativa a los blancos de clase trabajadora y que los presenta como los culpables del auge de Donald Trump y que presupone que aquellos que lo apoyan por los peores motivos representan al conjunto de partidarios.

Esta noción se repite en todos los análisis sobre estas elecciones, como también la creencia de que los blancos pobres no solo tienen problemas económicos sino también de personalidad. (...)

“ Los blancos de clase baja están instalados en una subcultura tóxica y egoísta cuyas consecuencias son la miseria y el consumo de heroína”, afirma. “Los discursos de Donald Trump hacen que se sientan bien. Como la oxicodona”.

Para confirmar que muchos periodistas no comprenden a este colectivo y que no se trata de un fenómeno limitado a los conservadores más provocadores, solo hace falta leer una serie de reportajes publicada por el The Washington Post que analiza por qué la tasa de mortalidad de las mujeres blancas que viven en zonas rurales se ha disparado. Se centra en sus hábitos como fumadoras y describe con todo detalle “sus caras demacradas” y el proceso de embalsamamiento de sus cuerpos. Es difícil imaginar un reportaje que analizara a mujeres blancas de clase alta tras su fallecimiento. (...)

Al mismo tiempo, es cierto que en estas comunidades se dan actitudes racistas y nacionalistas, como también se dan entre los demócratas y las personas con una situación más privilegiada.  (...)

Cuando hablamos, Zaitchik mencionó al presentador de la cadena HBO Bill Maher, “cuyas opiniones sobre los que votan a Trump se fundamentan en la eugenesia, ya que considera que tiene defectos congénitos. Sería imposible hablar de otro grupo de personas en estos términos y no ser despedido”.  (...)

“El problema es que muchos intentan presentar a los blancos pobres como los únicos racistas del país”, le explicó Isenberg a Gladstone: “Como si fueran más racistas que el resto”.

La raíz de este problema reside en la creencia de que la clase alta tiene una moral más elevada. Como escribió la periodista Lorraine Berry en un artículo publicado el mes pasado, se ha consolidado la noción de que solo los ignorantes son racistas.

 Según este discurso, el racismo desaparece con la educación. Soy la primera persona de mi familia con un título universitario y les puedo asegurar que ningún miembro de mi familia necesitó pasar por una universidad para aprender qué es tener un mínimo de decencia humana. (...)

Virginia (EEUU) retirará la bandera confederada de las matrículas de vehículos Con ello no quiero minimizar la importancia del racismo en los estratos más bajos de la sociedad pero sí recordar que estos comportamientos horribles también están presentes en las clases más altas de distinta forma y con mucha más fuerza.

Los periodistas y los comentaristas también deberían señalar con el dedo a otro tipo de blancos: conservadores sociales que donan dinero a la campaña de Trump pero que son demasiado civilizados como para ir a un mitin y chillar para expresar sus opiniones.

Según el discurso de la campaña de Trump y la información disponible, lo votarán personas a las que les va bastante bien pero que se consideran víctimas del sistema.

Los medios no parecen entender que gran parte de la clase trabajadora blanca preferiría cerrar filas con cualquier otro sentimiento que no sea el de victimismo. En la actualidad, fichan cuando entran y salen de su trabajo, guardan los cupones de descuentos de los supermercados, educan a sus hijos en el respeto e intentan esquivar la cobertura mediática.  (...)

Sin duda, una de estas descripciones desalentadoras, la caricatura del votante blanco que destila odio y que lleva vaqueros grasientos, responde a una realidad. En mi pueblo conocí a uno o dos; el típico grandullón que amenaza a personas todavía más débiles que él y que amenaza a las personas de color para que huyan del pueblo, insulta a las mujeres y utiliza pistolas de aire comprimido para disparar contra gatos. Así sería Trump si hubiera nacido donde yo nací.

La fascinación de los medios de comunicación hacia el votante de Trump alimenta la teoría, tan de moda, de que detrás de su apoyo se esconde la intolerancia. Es cierto que los problemas económicos de la clase trabajadora blanca son un punto más para Trump, como también lo es la falta de dinero de las personas de color, que al mismo tiempo son el blanco de ataque de sus comentarios racistas y xenófobos y que por este motivo le han dado la espalda.

 Sin embargo, uno creería que a los progresistas blancos que pertenecen a la élite y que a lo largo de esta campaña han transmitido una imagen de grandeza ética les costaría más pensar en términos globales sobre relaciones comerciales e inmigración si hubieran tenido que cerrar su fábrica o su comunidad hubiera sido diezmada.  (...)

Un artículo publicado recientemente en la edición impresa del The New York Times describía a un hombre de Kentucky así: “Mitch Hedges cultiva ganado y suelda herramientas que se utilizan en las minas de carbón. Cree que va a perder su trabajo en seis meses pero no apoya a Trump, al que considera un idiota”.

Celebré que, por una vez, se hablara de un hombre blanco de clase obrera que no vota a Trump. Me hizo reír la expresión “cultivar ganado” ya que uno puede cultivar la cosecha o criar animales. Para una periodista que durante su juventud hizo ambas cosas, es difícil tomarse en serio este reportaje de The New York Times.

La principal razón por la cual los medios de comunicación más importantes no parecen comprender las cuestiones de clase es precisamente que no hay diversidad socioeconómica en las redacciones. (...)

El clasismo de los presentadores de la televisión por cable es simplemente un reflejo del clasismo del sector más privilegiado de Estados Unidos. Lo vemos en todas partes, desde los tuits que presentan a los votantes de Trump como palurdos sin remedio hasta en el hecho de que el Partido Demócrata que no se tomó la molestia de crear una plataforma centrada en las medidas de reducción de la pobreza hasta un mes antes de las elecciones presidenciales. (...)

La distancia económica que separa al periodista de los protagonistas de sus reportajes nunca ha sido tan peligrosa como en la actualidad, marcada por una histórica disparidad entre ricos y pobres. A menudo los reportajes se centran en el mercado de valores y no en las personas que nunca tuvieron acciones.

Durante décadas, los medios de comunicación de Estados Unidos han sido deliberadamente obtusos cuando han tenido que informar de las quejas de los ciudadanos de a pie. Este ha sido un factor que sin duda ha ayudado a crear el espacio de resentimiento que Trump ahora ocupa. Nos debería hacer reflexionar el hecho de que destacados comentaristas progresistas consideren que el término “populismo” tiene connotaciones negativas.

Estamos ante un periodismo que integra la plutocracia que debería criticar, que no ha sabido cumplir con su deber de guardián de la verdad y que ha perdido el respeto hacia todas aquellas personas que no dudan en llamar las cosas por su nombre. (...)

Tal vez quieras generalizar y crear un estereotipo para presentar a un grupo de personas y especular sobre sus ideas políticas o creerte superior a ellos, por ejemplo, los que hacían un tercer turno en una fábrica de Boeing mientras otros viajaban a México de vacaciones, los que limpiaban el suelo de un McDonalds mientras otros debatían en las redes sociales en torno al salario mínimo, los que tuvieron que vaciar sus casilleros cuando se cerró la fábrica de cerveza Pabst mientras otros bebían cervezas artesanales en bares de moda, los que regresaron de Oriente Medio dentro de un ataúd mientras otros escribían columnas de opinión sobre política exterior. Si este es el caso, deberías aceptar el hecho de que tal vez te pareces más a Trump de lo que te gustaría."              (Sarah Smarsh , El Diario, en Rebelión, 27/10/16)

No hay comentarios: