20.12.16

Cuando la situación se embalsa en una grave situación socioeconómica (precariedad, bajos salarios, desempleo, marginación, etc.) y los más afectados no ven salida, las opciones se reducen a la demagogia populista o a las soluciones socialistas

"(...) Cuando la situación se embalsa en una grave situación socioeconómica (precariedad, flexibilidad laboral, bajos salarios, desprotección social, desempleo, marginación, etc.) y los más afectados y con menos recursos de superación no ven salida, las opciones se reducen a la demagogia populista o a las soluciones socialistas.  (...)

Para toda persona progresista y de izquierdas, quizás el hecho más sorprendente es que los trabajadores afectados por la crisis sean, en gran medida, los que están aupando el fenómeno populista, dando la espalda a los partidos de izquierdas tradicionales que, hasta hace poco, representaban el instrumento principal de progreso y mejora de sus condiciones de vida. 

La perplejidad tiene su lógica, por cuanto los socialdemócratas, con el apoyo o la presión de la izquierda radical, han contribuido hasta ahora al desarrollo tranquilo del capitalismo en los países avanzados, al tiempo que desarrollaban una política social de protección y bienestar que, en contrapartida, creaba la necesaria paz social para el crecimiento económico.

 Educación, sanidad, subsidios de desempleo, ayudas y promoción social, protección jurídica, negociación colectiva, igualdad de oportunidades... la sociedad parecía encaminarse a un nivel cada vez mayor de bienestar. 

El paulatino aumento de la calidad de vida en los países de capitalismo desarrollado se daba por descontado. Nuestros hijos vivirían mejor que nosotros, como nosotros hemos vivido mejor que nuestros padres. Y así sería en el futuro.

Pero vino la gran crisis y recesión de 2008 y mando parar. Habíamos olvidado que el sistema capitalista tiene sus ondas o ciclos periódicos de crecimiento y recesión, que necesariamente desembocan en crisis debido a la naturaleza de un sistema productivo basado en la libre competencia, el libre mercado, y la libertad empresarial de acaparar el mayor beneficio posible.

 Un sistema de indudable eficacia económica, pero que necesita evolucionar mediante destrucciones creativas (Schumpter) de mayor o menor intensidad, con las consecuentes avalanchas destructivas de efectos catastróficos sobre los trabajadores. Y vuelta a empezar. (...)

Y siempre que han surgido con cierto nivel de virulencia que ponía en peligro la forma capitalista de producción, distribución, y acaparamiento de la riqueza, el populismo ha hecho acto de presencia, desviando la conflictividad social hacia un enemigo externo al sistema, causa y origen de todos los males, como ocurrió con los fascismos del primer tercio del siglo XX.

 Su caldo de cultivo es siempre el mismo: desconcierto y angustia ante una forma de vida que se derrumba, miedo a la desaparición de las viejas seguridades, pavor ante la incertidumbre presente y la falta de futuro.

 Por eso apoyan a quien les promete revertir una situación de la que no son culpables, mientras una minoría corrupta se beneficia de ella. Parafraseando a Marx, el populismo se convierte en el opio del pueblo.   (...)

Sin embargo, la actual crisis sistémica tiene unas características peculiares que dotan al fenómeno populista de una trascendencia histórica nueva, aunque esperemos que no con unas consecuencias bélicas tan dramáticas, lo que está por ver. 

En primer lugar, no se trata de una crisis convencional del capitalismo industrial, sino que surge en la fase del capitalismo financiero global, una disfunción catastrófica en los mercados de obtención de beneficio propios de la financiarización de la economía.   (...)

Y ocurre cuando la Revolución Digital, la Sociedad de la Información, el Internet de las cosas, y la permanente y directa Comunicación en Red, están trasformando las viejas formas de producir y generar riqueza, creando nuevos productos de consumo, y articulando distintas formas de obtener beneficio. 

Se trata de un nuevo periodo histórico del que estamos viviendo solo sus primeras manifestaciones, preludio de la que puede ser la gran trasformación socioeconómica de nuestro tiempo: el nuevo socialismo científico sostenible. Solo hace falta la voluntad política y la mayoría social. O lo que es lo mismo, que el agente político lo proponga y el sujeto social lo realice. Ese es el verdadero desafío para la izquierda.  (...)

El socialismo para la izquierda –vieja y nueva–, ya no es tan siquiera una aspiración utópica, prisionera en el falso dilema (salvo la izquierda populista): o sovietismo, esta vez sin burocracia; o socialdemocracia, esta vez sin claudicación. 

Sin embargo, la naturaleza sistémica de la crisis, su amplitud y profundidad, y el coste social de las medidas para controlar sus efectos más dramáticos y potencialmente peligrosos para el sistema, evidencian que la salida solo puede ser una superación. Y el propio capitalismo desarrollado ha creado los mecanismos y los medios para lograrlo.  (...)

El cuestionamiento del sistema surge cuando los asalariados comprenden y asumen que se puede transformar el sistema productivo para hacerlo mas eficiente económicamente y más justo socialmente.  (...)

Parece, por el contrario, que lo más probable y factible será un proceso gradualista en el marco del Estado Social y democrático de Derecho, mediante la conquista del poder político basado en una amplia mayoría social. 

Por supuesto, su viabilidad solo podrá comprobarse intentándolo. Lo que exige una visión estratégica del gradualismo, que adquiere así un carácter revolucionario. Es decir, se trata de aplicar una política que aumente y construya áreas de socialización en el sistema (Estado del Bienestar, Banca publica, nacionalización de las industrias básicas vinculadas a las comunicaciones, la energía, la salud, etc.); una política que impulse el desarrollo e implementación de la democracia económica en el ámbito de la producción (autogestión y cogestión); una política que propicie, defienda y consolide nuevas formas de organización democrática participativa, deliberativa y directa surgidas en la lucha reivindicativa.

 Todo ello teniendo en cuenta la necesaria coordinación internacional que oponga a la globalización capitalista no un imposible y reaccionario repliegue nacionalista, como proponen los populismos, sino una globalización socialista basada en el comercio justo, la defensa de los derechos de los trabajadores, cooperativa y solidaria con en el desarrollo de los pueblos, y responsable medioambientalmente. 

Pero en el camino de conquistar el poder político y aplicar este gradualismo revolucionario, es necesario avanzar posiciones en el entramado institucional que permitan mejorar ya la vida de los trabajadores y ejemplaricen la posibilidad de un nuevo modelo de sociedad, tal como señala acertadamente Juan Torres en su artículo Los retos de las izquierdas. Es el verdadero sentido de la llamada guerra de posiciones.  (...)"              (Carlos Tuya, CTXT, 16/11/16)

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