"(...) Cuando la situación se embalsa en una grave situación socioeconómica
(precariedad, flexibilidad laboral, bajos salarios, desprotección
social, desempleo, marginación, etc.) y los más afectados y con menos
recursos de superación no ven salida, las opciones se reducen a la
demagogia populista o a las soluciones socialistas. (...)
Para toda persona progresista y de izquierdas, quizás el hecho más
sorprendente es que los trabajadores afectados por la crisis sean, en
gran medida, los que están aupando el fenómeno populista, dando la
espalda a los partidos de izquierdas tradicionales que, hasta hace poco,
representaban el instrumento principal de progreso y mejora de sus
condiciones de vida.
La perplejidad tiene su lógica, por cuanto los
socialdemócratas, con el apoyo o la presión de la izquierda radical, han
contribuido hasta ahora al desarrollo tranquilo del capitalismo en los
países avanzados, al tiempo que desarrollaban una política social de
protección y bienestar que, en contrapartida, creaba la necesaria paz
social para el crecimiento económico.
Educación, sanidad, subsidios de
desempleo, ayudas y promoción social, protección jurídica, negociación
colectiva, igualdad de oportunidades... la sociedad parecía encaminarse a
un nivel cada vez mayor de bienestar.
El paulatino aumento de la
calidad de vida en los países de capitalismo desarrollado se daba por
descontado. Nuestros hijos vivirían mejor que nosotros, como nosotros
hemos vivido mejor que nuestros padres. Y así sería en el futuro.
Pero vino la gran crisis y recesión de 2008 y mando parar. Habíamos olvidado que el sistema capitalista tiene sus ondas o ciclos periódicos de crecimiento y recesión, que necesariamente desembocan en crisis debido a la naturaleza de un sistema productivo basado en la libre competencia, el libre mercado, y la libertad empresarial de acaparar el mayor beneficio posible.
Pero vino la gran crisis y recesión de 2008 y mando parar. Habíamos olvidado que el sistema capitalista tiene sus ondas o ciclos periódicos de crecimiento y recesión, que necesariamente desembocan en crisis debido a la naturaleza de un sistema productivo basado en la libre competencia, el libre mercado, y la libertad empresarial de acaparar el mayor beneficio posible.
Un sistema de indudable eficacia económica, pero que
necesita evolucionar mediante destrucciones creativas (Schumpter) de
mayor o menor intensidad, con las consecuentes avalanchas destructivas
de efectos catastróficos sobre los trabajadores. Y vuelta a empezar. (...)
Y siempre que han surgido con cierto nivel de virulencia que ponía en
peligro la forma capitalista de producción, distribución, y
acaparamiento de la riqueza, el populismo ha hecho acto de presencia,
desviando la conflictividad social hacia un enemigo externo al sistema,
causa y origen de todos los males, como ocurrió con los fascismos del
primer tercio del siglo XX.
Su caldo de cultivo es siempre el mismo:
desconcierto y angustia ante una forma de vida que se derrumba, miedo a
la desaparición de las viejas seguridades, pavor ante la incertidumbre
presente y la falta de futuro.
Por eso apoyan a quien les promete
revertir una situación de la que no son culpables, mientras una minoría
corrupta se beneficia de ella. Parafraseando a Marx, el populismo se
convierte en el opio del pueblo. (...)
Sin embargo, la actual crisis sistémica tiene unas características
peculiares que dotan al fenómeno populista de una trascendencia
histórica nueva, aunque esperemos que no con unas consecuencias bélicas
tan dramáticas, lo que está por ver.
En primer lugar, no se trata de una
crisis convencional del capitalismo industrial, sino que surge en la
fase del capitalismo financiero global, una disfunción catastrófica en
los mercados de obtención de beneficio propios de la financiarización de
la economía. (...)
Y ocurre cuando la Revolución Digital, la Sociedad de la Información, el
Internet de las cosas, y la permanente y directa Comunicación en Red,
están trasformando las viejas formas de producir y generar riqueza,
creando nuevos productos de consumo, y articulando distintas formas de
obtener beneficio.
Se trata de un nuevo periodo histórico del que
estamos viviendo solo sus primeras manifestaciones, preludio de la que
puede ser la gran trasformación socioeconómica de nuestro tiempo: el
nuevo socialismo científico sostenible. Solo hace falta la voluntad
política y la mayoría social. O lo que es lo mismo, que el agente
político lo proponga y el sujeto social lo realice. Ese es el verdadero
desafío para la izquierda. (...)
El socialismo para la izquierda –vieja y nueva–, ya no es tan siquiera
una aspiración utópica, prisionera en el falso dilema (salvo la
izquierda populista): o sovietismo, esta vez sin burocracia; o
socialdemocracia, esta vez sin claudicación.
Sin embargo, la naturaleza
sistémica de la crisis, su amplitud y profundidad, y el coste social de
las medidas para controlar sus efectos más dramáticos y potencialmente
peligrosos para el sistema, evidencian que la salida solo puede ser una
superación. Y el propio capitalismo desarrollado ha creado los
mecanismos y los medios para lograrlo. (...)
El cuestionamiento del sistema surge cuando los asalariados comprenden y
asumen que se puede transformar el sistema productivo para hacerlo mas
eficiente económicamente y más justo socialmente. (...)
Parece, por el contrario, que lo más probable y factible será un proceso
gradualista en el marco del Estado Social y democrático de Derecho,
mediante la conquista del poder político basado en una amplia mayoría
social.
Por supuesto, su viabilidad solo podrá comprobarse intentándolo.
Lo que exige una visión estratégica del gradualismo, que adquiere así
un carácter revolucionario. Es decir, se trata de aplicar una política
que aumente y construya áreas de socialización en el sistema (Estado del
Bienestar, Banca publica, nacionalización de las industrias básicas
vinculadas a las comunicaciones, la energía, la salud, etc.); una
política que impulse el desarrollo e implementación de la democracia
económica en el ámbito de la producción (autogestión y cogestión); una
política que propicie, defienda y consolide nuevas formas de
organización democrática participativa, deliberativa y directa surgidas
en la lucha reivindicativa.
Todo ello teniendo en cuenta la
necesaria coordinación internacional que oponga a la globalización
capitalista no un imposible y reaccionario repliegue nacionalista, como
proponen los populismos, sino una globalización socialista basada en el
comercio justo, la defensa de los derechos de los trabajadores,
cooperativa y solidaria con en el desarrollo de los pueblos, y
responsable medioambientalmente.
Pero en el camino de conquistar el poder político y aplicar este gradualismo revolucionario, es necesario avanzar posiciones en el entramado institucional que permitan mejorar ya la vida de los trabajadores y ejemplaricen la posibilidad de un nuevo modelo de sociedad, tal como señala acertadamente Juan Torres en su artículo Los retos de las izquierdas. Es el verdadero sentido de la llamada guerra de posiciones. (...)" (Carlos Tuya, CTXT, 16/11/16)
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