9.2.17

La izquierda española tiene que asumir que el euro, tal y como lo conocemos, es una moneda insostenible... la UE está minando tanto los niveles de democracia y paz como el bienestar alcanzados en las últimas décadas en el continente. Esta es la realidad, mal que pese

"(...) A partir de mediados de julio, muchos intelectuales radicales y progresistas —pensemos, entre otros, en Paul Krugman, Wolfgang Münchau y Oskar Lafontaine, pero también en Francisco Louçã, Ignacio Ramonet, Owen Jones y Perry Anderson— han pedido a la izquierda continental un replanteamiento general sobre su aceptación de la moneda única y su fe en el proyecto europeísta.

Y, lo que es más importante, dentro de los mismos partidos de la izquierda se ha activado una discusión en torno a esta cuestión: Syriza se ha fracturado internamente y su ala izquierda, partidaria de la ruptura con la UE, ha fundado “Unidad Popular”, un partido que concurrirá por su cuenta a las elecciones generales griegas de septiembre; en Portugal, el Bloco de Esquerda se ha sumado al Partido Comunista en rechazar más sacrificios en nombre de la moneda única; en Italia, el problema del euro está bien presente en los debates sobre cómo volver a activar a la alicaída izquierda transalpina; y hasta en Alemania empiezan a surgir voces dentro de Die Linke que piden a sus dirigentes poner en tela de juicio el europeísmo históricamente profesado por la organización [5].

 En definitiva, la crisis griega ha abierto en la izquierda europea un debate que será tan intenso como irreversible.

Más vale decirlo claramente: la izquierda española tiene que asumir que el euro, tal y como lo conocemos, es una moneda insostenible. Y ello tanto por motivos macroeconómicos como políticos. Los motivos macroeconómicos son fáciles de describir y, en el fondo, ya fueron explicados en 1971 por el economista Nicholas Kaldor: que una zona monetaria no óptima —es decir, cuando un grupo de Estados que deciden compartir moneda no presentan unas perfectas flexibilidad de precios y salarios y movilidad de los factores de producción—, no era viable sin una unión político-fiscal europea que garantizara fuertes transferencias de dinero de los países más ricos hacia los más débiles y sin un Banco Central Europeo que, además de ocuparse de la estabilidad de los precios, actuara de prestamista de última instancia para cada uno de los Estados miembros [6].

Es más, Kaldor fue profético cuando afirmó que pivotar un proceso de unificación europea en torno a la moneda causaría graves tensiones socioeconómicas entre los Estados del continente. A partir de entonces, decenas de economistas han venido denunciando la disfuncionalidad técnica de la unión monetaria europea (UME) y las características ordoliberales que ésta iba adquiriendo tras la aprobación del Tratado de Maastricht (1992) y del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (1997): independencia del Banco Central Europeo de los poderes públicos; parámetros insostenibles y ultraliberales sobre inflación, déficit y deuda pública; imposibilidad para los Estados de intervenir seriamente en la economía, etc. (...)

Pero aún más graves son los problemas políticos: la creación de la moneda única, fuertemente deseada por François Mitterrand y la clase dirigente francesa en los años 1989-1991 para sustraer el marco (y, por ende, para redimensionar) a la nueva Alemania reunificada [7], ha servido, paradójicamente, para aposentar una nueva hegemonía teutónica en el continente.

Y ello gracias a la fijación del tipo de cambio, que solucionó el crónico problema de la apreciación del marco a causa de la fuerza exportadora de la economía alemana, y de una política de dumping social llevada a cabo por el gobierno de Gerhard Schröder (la famosa “Agenda 2010”), que se basaba en una presión sobre los salarios a causa de la cual —y a diferencia de lo que ocurría en los países del sur— los costes unitarios laborales se movieron a un ritmo casi idéntico al de la productividad; lo cual, sumado a una inflación que se mantenía más baja que la del resto de la UME por una demanda agregada anémica, impulsó de forma extraordinaria la competitividad alemana.

En suma, el gobierno de Schröder realizó una auténtica devaluación interna, al tiempo que la llegada de capitales del norte, la mayoría de los cuales procedían de Alemania, carcomía las economías del sur, endeudándolas (para comprar los productos alemanes ahora ya más convenientes) y mermando su competitividad. 

La historia de la crisis económica actual, que comenzó con la fallida de Lehman Brothers pero que en Europa se ha manifestado con mayor brutalidad por las dinámicas consustanciales a la UME, no ha sido otra que la paulatina transformación de lo que era una crisis de deuda privada y exterior en una crisis de deuda pública mediante el saneamiento de los bancos privados europeos con dinero de los contribuyentes.

El caso de los primeros dos rescates de Grecia es paradigmático: a través del Fondo Europeo de Rescate, antes, y del Mecanismo Europeo de Estabilidad, después, los ciudadanos europeos han pagado rescates que, lejos de mejorar las condiciones de vida de los griegos, sólo han servido —como hoy reconoce hasta el FMI— para que el Estado griego devolviera sus deudas a los bancos franceses y alemanes. Como ha afirmado un agudo analista, la Eurozona se ha convertido en un “paraíso para los acreedores” [8].

Y, añadimos nosotros, en un infierno para los deudores, o sea para unos países periféricos que se han visto obligados a equilibrar sus cuentas públicas y exteriores mediante medidas draconianas de austeridad y devaluación salarial; una política que, además de fracasar a la hora de reactivar el mercado laboral, tiene el grave inconveniente de profundizar la especialización en actividades y productos de menor productividad y valor añadido que requieren bajos niveles de cualificación de la fuerza de trabajo [9].

Dicho con otras palabras: el sistema del euro profundiza la actual división europea del trabajo, desplazando, en el caso de los países del sur, recursos importantes que deberían destinarse a un cambio del modelo productivo hacia sectores como el turismo y la construcción.

El drama reside en que, dado el rechazo tajante de los países acreedores a hablar de transferencias fiscales entre Estados y de una hacienda pública europea, la única solución “europea” a la crisis de la moneda única, esto es, una solución dirigida a transformar el euro en una divisa sostenible para todos los países de la UME, pasaría por un cambio radical en la política económica alemana.

Más en concreto, por un subida consistente de los salarios de sus trabajadores —y por lo tanto, de un aumento de la demanda agregada y de la inflación— y por la eliminación de su monstruoso superávit comercial (8% del PIB). Ello favorecería el aumento de las importaciones alemanas y la reactivación de las economías del Sur de Europa.

Sería menester, pues, que Berlín tuviera una actitud cooperativa que, sin embargo, ni está ni se le espera tanto por motivos históricos (el ordoliberalismo es una cultura profundamente arraigada en la cultura política alemana) como políticos (la arquitectura de la Eurozona blinda la hegemonía alemana sobre Europa) y sociales (el marcado envejecimiento de la sociedad alemana sólo puede paliarse a través de continuas absorciones de mano de obra cualificada procedente del extranjero. Y un sur de Europa en permanente deflación y con sistemas universitarios de buen nivel es un excelente depósito de trabajadores cualificados para Alemania).

Así las cosas, el deber de las izquierdas de los países del Sur de Europa es reconocer la irreformabilidad de la UME y la necesidad de aplicar políticas que defiendan los puestos de trabajo y ofrezcan una esperanza vital a los parados de sus países.  

(...) además de la desposesión de soberanía popular de la que están siendo víctimas los pueblos europeos, del aumento de la desigualdad social y del desmantelamiento progresivo de las redes de protección social construidas después de 1945, asistimos al renacer de pulsiones nacionalistas en cada uno de los países de la UE y al fortalecimiento de numerosos partidos de extrema derecha. Liso y llano: la UE, y más aún la UME, están minando tanto los niveles de democracia y paz como el bienestar alcanzados en las últimas décadas en el continente. Esta es la realidad, mal que pese. (...)

Probablemente tiene razón el economista Dani Rodrik cuando afirma que la UE es una ilustración perfecta del célebre trilema que presentó en su libro La paradoja de la globalización. A saber: que no se puede tener a la vez globalización económica, democracia política y soberanía nacional (que, en el caso de la izquierda, sería mejor llamar “soberanía popular”).

Debemos elegir dos de entre estos tres conceptos. Y, para Rodrik, el trilema es aplicable a escala europea en tanto que las dificultades económicas y políticas que atraviesa Europa tienen su origen en el hecho de que la integración monetaria y financiera ha ido muchísimo más allá de la integración política.

 Por lo tanto, para salvar la democracia en Europa se necesitaría o más integración política o menos integración económica [12]. Tertium non datur. Y de momento nadie, empezando por los países acreedores, ha dado muestras de apostar seriamente por la primera opción. (...)"            (Redacción de Mientras tanto, en Salir del euro)

 Alternativa a la salida del euro:  europeseta electrónica de circulación interna

Existe una descripción con mucho humor, de economía-ficción, sobre los beneficiosos efectos que se producirían si en Italia, el gobierno impusiera una moneda digital (allá por el 2020), para salir de la quiebra económica y política a la que la permanencia en el euro habría llevado al país. El objetivo se conseguiría rápidamente.

Los únicos perjudicados, los especuladores de la deuda. Ver: J. D. Alt: Europa, 2020: una ucronía iluminadora’. http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5467  )


Los artículos de Juan José R. Calaza (Juan José Santamaría y Juan Güell) muestran con gran claridad las ventajas de una europeseta electrónica de circulación interna: 
 

Para entender la europeseta electrónica. Qué es y, sobre todo, qué no es. Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2012/12/02/entender-europeseta-electronica/720458.html


Para salir de la crisis sin salir del euro: España debe emitir europesetas (electrónicas). Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2011/11/27/salir-crisis-salir-euro-espana-debe-emitir-europesetas-electronicas/601154.html  

Las europesetas electrónicas, complementarias al euro, estimularán el crédito sin efectos colaterales perversos. Enlace:  http://www.rebelion.org/noticia.php?id=165815

Juan Torres insiste en que es necesario emitir una moneda complementaria al euro. Sus artículos:



Más información en: 'Si Grecia, España, o Andalucía emitiesen una moneda digital, respaldada por la energía solar instalada en sus tejados, alcanzarían la soberanía financiera. La de dar créditos a familias y empresas':    http://comentariosdebombero.blogspot.com.es/2014/06/si-una-autonomia-o-una-gran-ciudad.html