"¿Quién dirige la Unión Europea? En vísperas de la elección general en Alemania, es una pregunta muy oportuna.
Una respuesta típica es “los estados miembros de la UE” (los 28,
todos ellos). Otra es: “la Comisión Europea”. Pero Paul Lever,
exembajador británico en Alemania, ofrece una respuesta más pertinente:
acaba de publicar un libro titulado Berlin Rules, donde escribe: “La Alemania moderna demostró que es posible conseguir con política lo que antes demandaba guerra”. (...)
Institucionalmente, la UE se ha convertido en Alemania en mayor escala.
La Comisión, el Parlamento Europeo, el Consejo Europeo y el Tribunal
Europeo de Justicia reproducen la estructura descentralizada de
Alemania. (...)
Alemania se asegura de que las principales posiciones en los órganos
de la UE sean ocupadas por alemanes. La UE dirige por medio de sus
instituciones, pero las instituciones las dirige el gobierno alemán.
Pese a esto, las palabras “hegemonía” o incluso “liderazgo” son tabú
en Alemania, reticencia que se origina en la determinación de los
alemanes de no hacer nada que recuerde el oscuro pasado del país. Pero
negar el liderazgo al tiempo que se lo ejerce impide discutir las
responsabilidades de Alemania, algo que conlleva costos (especialmente
económicos) para los otros estados miembros de la UE.
Alemania creó un sistema de reglas que refuerza su ventaja
competitiva. El uso de la moneda común impide devaluaciones dentro de la
eurozona. Al mismo tiempo, garantiza que el euro valga menos de lo que
debería valer una moneda puramente alemana. (...)
El reciente Tratado sobre la Unión Fiscal de la UE (sucesor del Pacto
de Estabilidad y Crecimiento) establece compromisos legalmente
vinculantes con el equilibrio fiscal y la limitación de las deudas
nacionales, sostenidos mediante mecanismos de supervisión y sanciones.
Esto impide financiar el estímulo al crecimiento con déficit. Y la
insistencia alemana en que los costos extrasalariales sean equivalentes
en toda la UE apunta menos a mejorar la competitividad de Alemania que a
reducir la de los otros países.
De modo que la UE, especialmente los diecinueve miembros de la
eurozona, funciona como una enorme base para Alemania, desde la cual
puede lanzarse al asalto de los mercados extranjeros. Y es una base
sólida. Alemania exporta a la UE 30% más de lo que importa de ella, y
mantiene uno de los superávits de cuenta corriente más grandes del
mundo.
Es una hegemonía benigna en vez de brutal, pero encierra una
contradicción enorme. Las cuentas nacionales deben estar en equilibrio,
de modo que un superávit en una parte de Europa implica un déficit en
otra.
La eurozona se creó sin un mecanismo de transferencia fiscal que
permita socorrer a miembros de la familia en dificultades; el Banco
Central Europeo tiene prohibido actuar como prestamista de última
instancia del sistema bancario; y la propuesta de la Comisión de crear
eurobonos (emisiones de bonos nacionales con garantía colectiva)
naufragó porque Alemania objetó que afrontaría la mayor parte del
pasivo.
Alemania aceptó proveer financiación de emergencia a países de la
eurozona con problemas de deuda, como Grecia, con la condición de que
“pongan la casa en orden”, lo que implica que deben recortar el gasto
social, vender activos públicos y aplicar otras medidas para aumentar su
competitividad (los alemanes no ven razones para reducir su propia
competitividad superlativa).
¿Cómo lograr un ajuste más simétrico entre los acreedores y los
deudores europeos? Excluido un mecanismo de transferencia fiscal, una
posibilidad es adaptar a la eurozona la propuesta de una “cámara
compensadora internacional” que formuló John Maynard Keynes en 1941.
Los
bancos centrales de los estados miembros mantendrían sus saldos
residuales en euros en cuentas dentro de un Banco Compensador Europeo.
Para alentar a acreedores y deudores por igual a tener sus cuentas
equilibradas, se les haría pagar intereses crecientes por los
desequilibrios persistentes.
Una cámara compensadora europea sería un avance menos visible sobre
los intereses nacionales alemanes que una unión fiscal de
transferencias. Pero lo esencial es que para que la eurozona funcione,
es necesario que los fuertes estén dispuestos a mostrar solidaridad
hacia los débiles. Sin algún mecanismo que lo haga posible, la UE irá
trastabillando de crisis en crisis, y es probable que pierda algunos
miembros por el camino."
(Robert Skidelsky, Professor Emeritus of Political Economy at Warwick University and a fellow of the British Academy in history and economics, Project Syndicate, en Revista de prensa, 20/07/17)
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