"(...) Diez años después del inicio de esta deflagración económica, comparable a
la de 1929, y al amparo de una estrategia de salida de crisis
“austericida”, el terreno social es más favorable que nunca al
desarrollo de movimientos nacionales de ultraderecha, que se oponen al
proceso de integración europeo en nombre de identidades étnicas,
políticas, culturales y confesionales, apelando, como bandera, a la
defensa de la nación asediada a través de la exclusión xenófoba. El
crisol de expansión de un nuevo fascismo europeo resulta obvio.
En Europa occidental, el rechazo identitario —latente desde principios
de los años 1980 con la creación del mercado único— se ha agudizado
severamente, dando cabida a movimientos de extrema derecha en casi todos
los países.
Y, al fragor de la ola conservadora mundial, incluso los
partidos de la derecha tradicional, con el afán de evitar neutralizar su
liderazgo, se someten poco a poco a la retórica nacionalista y al uso
demagógico de la figura del inmigrante, el nuevo chivo expiatorio.
El resurgir de los partidos de extrema derecha nos
retrotrae indefectiblemente al fascismo de los años treinta, adaptado a
la actualidad política y económica. Es éste un neofascismo integral,
cuya estructura ideológica no ha variado en la esencia, desplazando solo
la figura del enemigo: del judío y el comunista al inmigrante y desde
la crisis de los refugiados en 2015, el musulmán. Es imperativo, pues,
entender el contenido de esta ideología neofascista.
Sostiene una concepción pura de la nación (biológica,
cultural o histórica), un rechazo visceral al mestizaje, y manifiesta
un temor patológico frente a la evolución de los usos culturales (de ahí
su homofobia y antifeminismo).
En el terreno político, considera el
“pueblo” una entidad orgánica, homogénea y opuesta a la división en
clases sociales; deslegitima la representación política (“todos los
políticos están podridos”), mientras obedece ciegamente a líderes
demagógicos omnipotentes.
En general, sus programas políticos hacen
confluir, para atraer a las capas más pobres, vertientes del Estado
social autoritario con una suerte de “corporativismo” pequeño-burgués,
abanderando así su oposición frente a las “élites plutocráticas y
cosmopolíticas”.
En las ultimas elecciones presidenciales de Francia, el
programa de Marine Le Pen era formalmente mucho más de izquierda que el
de Emanuel Macron. Proponía medidas sociales favorables (obviamente
irrealizables) a las capas asalariadas, siempre que sean francesas de
“origen”. Todos estos movimientos abogan ahora por reducir los derechos
de seguro social, de sanidad y incluso de paro, a los inmigrantes,
quienes por otra parte pagan por los mismos.
Hay una estrecha relación
entre esta visión de apartheid entre nacionales y extranjeros
inmigrantes en su concepción de la nación, y la separación que quieren
establecer entre las naciones europeas.
Sin perjuicio de sus diferencias culturales,
nacionales y políticas, estas características se encuentran mutatis
mutandis en todos los movimientos neofascistas actuales. Y cabe hacer
derivar su nacimiento y apogeo de una profunda desestructuración del
tejido económico, social y cultural europeo.
Piénsese que la
desagregación de las viejas estructuras económicas, en el contexto del
mercado europeo unificado, ha dejado de lado y precarizado a grupos
sociales que se han visto brutalmente excluidos o a los que se les ha
sustraído la posibilidad de conquistar posiciones estables: experimentan
no solo el bloqueo de la “movilidad social ascendente” sino la
descualificación de estatuto social en la sociedad.
Capas medias bajas,
clases obreras, sectores importantes de la intelectualidad (el caso
italiano es emblemático), padecen, a la vez, un proceso de desafiliación
social y una crisis de confianza en el proyecto europeo.
La fuerza de la retórica de extrema derecha consiste
en establecer una relación directa entre los efectos disgregadores de la
política de austeridad, el mismo proceso de construcción europea y la
presencia de los extranjeros.
Carga contra las élites supranacionales
europeas y los inmigrantes como proletariado nuevo de reemplazo, siempre
sujeto a discreción. La extrema derecha en los países del Este, que no
quiere renunciar a los recursos económico-financieros europeos, pretende
defender otra idea de Europa, blanca y cristiana.
Este doble carácter, aparentemente contradictorio:
anti/pro-europeo, configura la nueva identidad del fascismo en las dos
Europas. Anti, pues rechaza con virulencia todo reparto de soberanía
para profundizar la integración inter-europea y finalmente dotar las
instituciones de potencia política; pro europeo, porque sueña construir
una Europa en la que la etnia, la raza, la religión, fueran criterios de
discriminación entre los ciudadanos y en el resto del mundo. En el
parlamento europeo, la alianza entre los movimientos neofascistas reposa
sobre este último vínculo. (...)" (Sami Nair, El País, 29/10/18)
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