"(...) La elección mayoritaria de un personaje explícitamente opuesto a la
democracia en un país tan decisivo como Brasil marca un giro fundamental
en América Latina. En una región del mundo en donde por décadas se
luchó por la democracia con sangre, sudor y lágrimas.
Y en donde ahora
corren vientos de odio que amenazan con llevar al poder por votación
popular, o ya los llevaron, a quienes niegan esa democracia. Algo habrán
hecho los demócratas para generar ese rechazo. Pero podría ser
demasiado tarde para rectificar.
Porque en la raíz de la radicalidad
antidemocrática hay algo más que rechazo: hay odio. Odio a los
que gobernaban o gobiernan aún. Y odio a los conciudadanos que tienen
posiciones distintas. Porque en la medida en que no se confía en las
instituciones, ya no hay respeto para la convivencia ni tolerancia para
el disentimiento.
Se rompe el tejido social y la relación es directa,
con el líder, apoyado en la fuerza bruta de los aparatos militares y
policiales erigidos de nuevo en guardianes de la patria, esta vez por
aclamación popular, sin necesidad de golpe. Ya han empezado asesinatos y
asaltos a gays, a mujeres, a militantes de izquierda, todo bajo
tolerancia policial y militar. (...)
Y no es sólo Brasil. Surgen en el ámbito
mundial líderes que se encumbran predicando el odio, seguidos por masas
enfervorizadas que vacían sus frustraciones contra el otro.
Frecuentemente contra la otra, porque a menudo el odio empieza en el
hogar. Un escalofriante ejemplo es lo que está ocurriendo en el país mas
poderoso del mundo: Estados Unidos.
Temeroso de las elecciones
legislativas del 6 de noviembre, Trump ya amenazó hace tiempo con que si
ganan los demócratas puede haber violencia. Sin precisar el origen,
aunque luego insinuó que provendría de los demócratas si ganaban poder.
En las arengas de campaña de estos días acusa a los demócratas de
haberse convertido en una turba violenta ( mob en inglés). Pobres
demócratas, ellos tan modositos.
La campaña de las mujeres contra la
confirmación para el Tribunal Supremo del probable acosador sexual
Kavanaugh desencadenó la furia de Trump y sus seguidores más fanáticos.
Miren por donde, pocos días después, o sea, esta semana, empiezan a
llegarles paquetes bomba a Obama, a los Clinton, al filántropo George
Soros, al exfiscal general Eric Holder, a la congresista demócrata
Maxine Waters y a la CNN, objeto número uno del odio de Trump.
El
escándalo, sin embargo, es que el presidente, aunque obviamente
condenara los explosivos envíos, pidiera moderación “a ambos lados” como
si bombas y manifestaciones fuesen lo mismo. Ni siquiera llamó para
expresar su solidaridad, acusando a los medios de ser los culpables de
instigar odio. Mensaje repercutido por las radios de extrema derecha
entre las huestes racistas envalentonadas.
Ese mismo odio se extiende en Europa,
contra los refugiados, contra los musulmanes, contra los inmigrantes,
contra el extranjero en general, contra las oenegés y contra aquellos
que intentan moderar y dialogar.
Odio estimulado por líderes como
Salvini, el hombre fuerte de Italia, o los presidentes de Austria,
Hungría y Polonia, por los neonazis de Alternativa por Alemania, o sus
compadres de Holanda y Suecia. O por Le Pen, que no ceja en su empeño.
Todos ellos jaleados por Steve Bannon, el apóstol del trumpismo ahora
aposentado en Bruselas. (...)" (Manuel Castells, La Vanguardia, 27/10/18)
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