7.11.18

¿Qué ha pasado para que los combativos trabajadores de los años cincuenta, sesenta y setenta se hayan convertido en corderitos mansos que se dedican a sacar brillo al matadero donde después serán sacrificados? ¿Qué, para que la burguesía progresista se haya tornado conservadora, acomodaticia, temerosa y fraccionaria? Un intento de explicación...

"(...) ¿Qué ha pasado para que los combativos trabajadores de los años cincuenta, sesenta y setenta se hayan convertido en corderitos mansos que se dedican a sacar brillo al matadero donde después serán sacrificados? ¿Qué, para que la burguesía progresista se haya tornado conservadora, acomodaticia, temerosa y fraccionaria? No sé si seré capaz de explicarlo, pero vamos a intentarlo.

Desde principios de los ochenta, cuando en la mayoría de Europa se habían conseguido niveles de bienestar considerables, comenzó un periodo de aburguesamiento acrítico creciente - el aumento del nivel de vida no fue acompañado por un crecimiento similar del nivel de cultura- que coincidió con la derechización progresiva de los partidos que hasta entonces habían representado a las clases trabajadoras. 

Como dice Naomi Klein, fue durante esa década que se impuso en toda Europa, y en todo el mundo, la idea de que la única política económica factible era la ultraliberal que habían diseñado y experimentado en Chile Milton Friedman y sus discípulos con la previa intervención armada de Estados Unidos. 

La izquierda admitió que no había alternativa, que el monetarismo y las políticas de austeridad, que la eliminación de la progresividad fiscal, que las privatizaciones de los servicios públicos, que el achicamiento del Estado hasta reducirlo a un mero policía al servicio de los intereses de las clases pudientes, formaban también parte de su programa de gobierno, de su manera de manejar la cosas del común.

 Esa política terrible, comenzó a tener resultados funestos a partir de la crisis de los noventa, pero catastróficos después de la crisis de 2008, cuando millones de personas vieron que no tenían ningún medio para acceder al mundo laboral, cuando millones de personas cualificadas comprobaron que tampoco la cualificación les daba pasaporte para ese mundo, cuando los habitantes de los países más explotados y pobres de África y Asia vieron por la televisión y por internet que por estos lares la gente vivía -eso creían y creen, qué pena- infinitamente mejor y se decidieron a dejar el valle de lágrimas aunque fuese a bordo de una barca neumática cargada con cien de los suyos.

La aceptación por parte de los partidos de izquierda con posibilidad de gobernar de políticas y hábitos que no le eran propios por mor del pragmatismo, de la política de lo posible, la consideración del ejercicio de la política como un triunfo, un premio personal, y no como una dedicación al interés general, fue creando una desafección creciente en una ciudadanía que había conseguido ya muchos derechos y que empezó a ver que nadie los defendía con la contundencia necesaria, que lo que llamaban reformas no eran tales sino contrarreformas encaminadas a disolver esos derechos en favor de los más pudientes. 

Las sucesivas crisis económicas contribuyeron a dejar a capas de la población cada vez mayores fuera del sistema, viviendo de sus migajas, sobreviviendo de mala manera, y, por primera vez en mucho tiempo, temiendo al futuro, al propio y al de sus descendientes. 

Si las políticas desarrolladas por un partido democristiano incidían muy negativamente sobre la mayoría de la población, las implementadas por los partidos socialdemócratas no servían para paliar los daños hechos por aquellas, antes al contrario, en muchos casos, las profundizaban aunque para disimular ampliasen tímidamente las coberturas sociales.  (...)

Siguiendo a Marx, escribía Gramsci que además de esos factores, para que triunfase el fascismo era imprescindible que se hubiese llegado a una “crisis de hegemonía”, es decir a la pérdida de confianza de los gobernados en la burguesía que detenta el poder, hecho que llevaría a muchos gobernados a creer en las soluciones personales, en el hombre providencial, en el bruto, en el macho alfa que, paradójicamente, terminará siendo su verdugo. 

Si a eso añadimos el temor cateto y patético de muchas pueblos a perder sus señas de identidad, de ser agredidos en sus esencias inmaculadas, de estar en vísperas de una invasión como aquellas que protagonizaron los bárbaros, más la corrupción creciente en muchos países, tenemos el campo sembrado para el fascismo, que es la máxima expresión del capitalismo.

No nos engañemos, el fascismo no está por venir, ya ha llegado. En la mayoría de los países de Europa amenaza con tomar los gobiernos -el poder económico nunca lo perdió-, en Italia manda un fascista, en España tenemos dos partidos de extrema derecha y uno residual que responde al nombre de Vox, en Reino Unido al líder del Brexit, en los países del Este fascistas en Polonia, Ucrania, Hungría y las Repúblicas Bálticas, en Estados Unidos a Trump, en Argentina a Macri, en Rusia a Putin, y en Brasil a esa bestia llamada Bolsonaro. 

Estamos en estado de máxima alerta, en las vísperas de tiempos horribles. Sólo cabe enseñar los dientes, y si es preciso, morder. Si esas bestias ven que enfrente no hay nadie, arrasarán con todo, y no será dentro de treinta años, lo veremos en nada."                 (Pedro Luis Angosto, Nueva Tribuna, 30/10/18)

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