"Un terremoto político de fuerza 9 en la escala de Richter sacudió
ayer Andalucía, y sus efectos afectarán a toda la política española
durante el próximo año electoral y también en los años venideros. El 2 de diciembre queda marcado como el día en que el Partido Socialista perdió en Andalucía el poder sobre el que se ha sostenido durante cuatro décadas; y también como el día en que la extrema derecha extraconstitucional, desaparecida desde la transición, se instaló en nuestra vida pública con fuerza inusitada.
Aparentemente, hoy nos parecemos más a Europa. Se acabó la “excepción española”, que nos hizo creernos vacunados e inmunes al virus nacionalpopulista (al menos, en su versión de ultraderecha). Y se confirmó que, también aquí, las dos familias tradicionales, la conservadora y la socialdemócrata, están históricamente amortizadas y enfilan el camino de su extinción histórica.
Pero ahí se acaba el parecido. Porque el vuelco que ayer dio Andalucía
–anticipando el que vendrá en el resto de España-, tiene una etiología
sustancialmente diferente a lo que está pasando en el resto de Europa.
Aquí el factor desencadenante no es la reacción acobardada de los
perdedores de la gobalización, ni la resistencia ante la inmigración o
la desconfianza hacia la Unión Europea.
Puede que todo eso esté también
en el trasfondo, pero el foco principal apunta a las dos cuestiones que más han sacudido a nuestra sociedad en los últimos años: la corrupción de los gobernantes y la crisis territorial, que tiene su expresión más emocionalmente venenosa en la sublevación del nacionalismo catalán contra el Estado constitucional.
Erramos quienes creímos que el microclima político andaluz pesaría más
en estas elecciones que la cuestión de España. Además, hemos
infravalorado la potencia colosal de la onda expansiva del conflicto
catalán en todos los rincones de la sociedad española y en todos los
espacios de su vida pública. (...)
Nada de todo eso se explica por razones andaluzas. El desgaste del
Gobierno de Susana Díaz habría justificado un descenso de cuatro o cinco
puntos, como auguraban las encuestas, pero de ninguna forma el
cataclismo que sufrió el PSOE. Y desde luego, ni la crecida de
Ciudadanos se debe a Juan Marín ni la explosión de Vox tiene que ver con
la política de Andalucía. Ayer se votó mucho más sobre España que sobre
Andalucía, y quienes lo vieron venir fueron los ganadores de la noche. (...)
España sufrió un trauma brutal cuando su subsistencia fue desafiada
desde dentro del propio Estado. Aquellas miles de banderas en los
balcones fueron mucho más que la reacción folklórica de unos cuantos
fachas. (...)
Ciudadanos presentaba al peor candidato del elenco y Vox apenas existía
hace cinco meses. Pero unos desde el extremo centro y otros desde la
extrema derecha, emitieron en la onda que, desde hace mucho tiempo,
martillea la conciencia colectiva de los andaluces: los privilegios de
Cataluña y la desleal traición de sus instituciones al resto de España,
con la tolerancia de nuestros gobernantes. Quienes pusieron el dedo
sobre esa llaga, jugaron a caballo ganador. (...)
La principal conclusión de esta votación es que la política española está infectada hasta el tuétano por el problema de Cataluña.
Una infección que seguirá supurando y contaminará todas las elecciones
que se celebren mientras la herida siga abierta. Andalucía ha sido el
aperitivo, pero nada ni nadie escapará a su efecto tóxico.
No es
sólo lo de Cataluña. Por debajo hay un sordo debate de fondo sobre la
organización territorial de España. Casi un 40% de los españoles dice
preferir un Estado sin autonomías o que se reduzca la autonomía de las
comunidades. Entre ellos, el 62% de los votantes del PP, el 58% de los
de Ciudadanos, el 30% de los socialistas… y el 20% de los de Podemos. Y
por supuesto, el 90% de los de Vox. No es fácil reconocer esta realidad para quienes creemos en un Estado descentralizado; pero empeñarse en ignorarla conduce a que cosas como lo de ayer nos pillen en pelotas. (...)" (Ignacio Varela, El confidencial, 03/12/18)
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