"Diego Fusaro es uno de los intelectuales más polémicos de Italia,
ya que ocupa una posición ideológica que aúna posiciones conservadoras y
de izquierda. Es marxista, y sus referentes son Gramsci, Pasolini y Costanzo Preve,
al mismo tiempo que antiglobalista y soberanista, y eso le ha llevado a
sostener posiciones con las que muchos salvinistas no están en
desacuerdo. (...)
El de Fusaro es un pensamiento heterodoxo, que está destinado a recibir críticas de un lado y de otro, y en no pocas ocasiones ha sido tildado de rojo y de fascista,
como también se ha hecho con quienes le han entrevistado, a quienes
acusan de blanqueamiento. Pero aquí asumimos gustosos ese riesgo, porque
las ideas del filósofo de moda en la política italiana también merecen
ser conocidas.
PREGUNTA. Acaba de publicar 'La notte del mondo'. Explíqueme, por
favor, por qué estamos en una noche oscura, en qué punto se cruzan Marx y
Heidegger.
(...) estamos efectivamente en la noche del mundo, donde ni siquiera vemos el
enorme problema en el que nos encontramos. En el libro empleo las
categorías de dos autores muy diferentes, como Marx y Heidegger, para
tratar de poner de manifiesto cuáles son las contradicciones de nuestro
presente en el que todo el mundo calcula y nadie piensa. En el que la
razón económica y técnica, técnico-científica, se ha impuesto como la
única razón válida, y pretende reemplazar a todas las demás.
P. Insiste en que el eje político no debe ser izquierda y derecha,
sino los de arriba y los de abajo. Y que ideológicamente hay que ser
conservadores en cuanto a los valores (arraigamiento, lealtad, familia,
eticidad, patria) y de izquierdas (emancipación, socialismo democrático,
dignidad del trabajo). ¿Es esa la forma de ser marxista hoy?
R. Sí, creo que la geografía de la política actual ha cambiado
profundamente. Hoy hay una especie de totalitarismo liberal que nos
permite ser liberales de derecha, liberales de izquierda, liberales de
centro, siempre y cuando seamos liberales, siempre, y, por lo tanto,
izquierda y derecha se convierten en dos formas diferentes de ser
liberales o, precisamente, en liberalismo político y económico, en
práctica libertaria en las costumbres y, por supuesto, en atlantista en
la esfera geopolítica.
Creo que hoy debemos replantearnos una
recategorización de la realidad política según la dicotomía alto/bajo o
la categoría élite/pueblo, que a veces se utiliza como sinónimo. Esto
implica que si la élite, el Señor globalista, es precisamente cosmopolita, a favor de la apertura ilimitada de la libre circulación,
el siervo, en cambio, debe luchar por la soberanía nacional-popular
como base de la democracia de los derechos sociales. Hoy es preciso
restablecer el vínculo entre el Estado nacional y la revolución
socialista. Este es el punto fundamental. (...)
P. Insiste en que hay combatir el globalismo, pero tampoco hay que apoyar el nacionalismo. ¿Cuál es la opción?
R.
Creo que hoy debemos ir más allá del globalismo y del nacionalismo. Al
fin y al cabo, el globalismo no es más que el nacionalismo
estadounidense que se ha hecho mundo y, por lo tanto, es una forma de
nacionalismo llevado a su máximo desarrollo.
Creo que es necesario hacer valer, contra estos dos opuestos, un modelo de internacionalismo
entre Estados soberanos solidarios, basados en la democracia, el
socialismo y los derechos de las clases más débiles y, en consecuencia,
una especie de soberanía internacionalista, democrática y socialista,
alejada tanto del cosmopolitismo que destruye a las naciones, como del
nacionalismo que es un egoísmo pensado a nivel de la propia nación
individual.
P. El Estado es el primado de lo político sobre lo económico. ¿Por eso el mundo global quiere acabar con los Estados?
R.
Los Estados nacionales soberanos, en la modernidad, no han sido solo
los lugares del imperialismo, del nacionalismo y de las guerras, como
repite el orden del discurso dominante, que quiere destruir a los
Estados para imponer el primado del capital globalista, donde los
Estados se convierten únicamente en los mayordomos del capital. Esta es
la visión liberal del Estado. En realidad, los Estados nacionales
soberanos también han sido los lugares de las democracias y de las
conquistas salariales de las clases débiles.
Y es por esta razón que hoy
el capital quiere destruirlos, ciertamente no para evitar las guerras o
el imperialismo que, de hecho, prosperan más que nunca en el marco
posnacional. Hoy el Estado puede representar el único vector de una revolución opositora contra el capital mundialista, tal y como demuestran perfectamente los acontecimientos de los países bolivarianos, como Bolivia, Venezuela o
Ecuador que, a pesar de sus límites estructurales, están creando formas
de populismo soberanista, socialista, patriótico, anti-globalista e
identitario.
P. Por ideas como estas, a usted se le ha llamado fascista. Sus
posturas políticas asustan más a la izquierda que a la derecha. ¿Por
qué? (...)
R. Por supuesto, hoy en
día la categoría de 'fascismo' se usa de manera completamente
deshistorizada y descontextualizada, para demonizar simplemente al
interlocutor. Hoy quien reafirma la necesidad de controlar políticamente
la economía y, por lo tanto, reintroducir la soberanía contra la
apertura cosmopolita, es vilipendiado y tachado inmediatamente de
'fascista', 'rojipardo' y 'estalinista'.
La categoría de fascismo está,
pues, completamente deshistorizada, solo sirve para ocultar el verdadero
rostro de lo que Pasolini ya había identificado como el verdadero
fascismo de hoy: el de la sociedad de mercado, el totalitarismo de los
mercados y de las bolsas de valores especulativas. Este es el verdadero
rostro del poder hoy en día, y muchos tontos que se hacen llamar 'de
izquierda' luchan contra el fascismo, que ya no existe, para aceptar
plenamente el totalitarismo del mercado.
Estos últimos son los que
luchan en Francia contra Le Pen para aceptar de buena gana a Macron. Luchan contra un fascismo que ya no existe para poder aceptar la nueva porra invisible de la economía de mercado.
Y, por supuesto, la clase intelectual, el circo mediático y el clero intelectual desempeñan un papel fundamental en este proceso;
la tarea de la clase intelectual, académica y periodística es
garantizar que los dominados acepten el dominio de la clase dominante en
lugar de rebelarse. De modo que, como en la caverna de Platón, amen sus
propias cadenas y luchen contra cualquier libertador. (...)
P. Afirma que hay
que recuperar a Gramsci y apartarlo de las izquierdas
liberal-libertarias que hoy dominan y que son quienes más lo han
utilizado últimamente y que encarnan bien lo que Gramsci combatió.
¿Definiría también, por ir al caso español, a Pablo Iglesias o Íñigo Errejón, y a Podemos en general, como un fenómeno cultural de glorificación del capitalismo globalizado?
R.
Sí, en lo esencial, Gramsci es todo lo opuesto de lo que está haciendo
la izquierda en Italia y en gran parte de Europa, las izquierdas ya no
son rojas sino fucsias, ya no son la hoz y el martillo, sino el arco
iris. Luchan por el capital y no por el trabajo, luchan por el
cosmopolitismo liberal y no por el internacionalismo de las clases
trabajadoras.
El caso específico de Podemos en España me parece bastante
interesante, porque comenzó como fuerza soberanista y socialista, más
allá de la derecha y la izquierda, pero me parece que últimamente está
entrando cada vez más en el frente único del partido único del capital, y
es realmente una lástima porque el partido Podemos originariamente
parecía ser un partido de ruptura.
P. ¿Qué papel debe jugar el intelectual en este escenario?
R. En mi opinión, el intelectual de hoy debe restablecer lo que Gramsci
llamaba la "conexión sentimental con el pueblo-nación", es decir, debe
volver a conectar el pueblo a la política, a la intelectualidad misma,
para que el pueblo salga de la pasividad y se transforme en subjetividad
activa, como ya está sucediendo, en la medida en que el pueblo está
rebelándose contra la élite cosmopolita.
Lo hace votando por el Brexit,
lo hace votando por Trump,
lo hace votando en Italia contra el referéndum constitucional, lo hace
votando en Grecia por el referéndum contra la austeridad de la Unión
Europea. Pero el pueblo, dice Gramsci, debe ser 'interpretado', necesita
de una filología viva, el pueblo es un texto que debe ser interpretado y
no dirigido de manera unívoca.
Hay que escuchar sus necesidades, sus
exigencias, lo que la izquierda hoy no está haciendo; la izquierda es
demofóbica, es decir, odia al pueblo, odia al pueblo porque el pueblo se
le escapa de las manos, ya no se siente representado por una izquierda
amiga del capital y de los amos, en lugar de los trabajadores y del
pueblo. (...)
(Entrevista a Diego fusaro, Esteban Hernández , El Confidencial, 29/06/19)
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