"(...) El colapso del sistema de distribución de rentas agudiza las
desigualdades y refleja y refuerza la nueva estructura mundial de
clases. Es fundamental entender esto para construir una nueva política
progresista, capaz de combatir el populismo de derechas a ambos lados
del Atlántico.
En la cima está una plutocracia de multimillonarios que amasan vastas
fortunas y un inmenso poder político, algunos entre bastidores y otros
abiertamente, como Trump. Son los rentistas por antonomasia, que a
menudo ganan más de sus presuntas inversiones en un día que la mayoría
de la gente en toda su vida.
Ellos marcan la pauta, impulsan los
recortes fiscales para los ricos y utilizan sus medios de comunicación
para demonizar a sus rivales. Luego está una élite al servicio de los
intereses de la plutocracia, que también recibe la mayor parte de sus
millones de las rentas. Debajo de ellos está el asalariado, con
seguridad laboral, buenos sueldos y buenas prestaciones, que también
ingresa cada vez más dinero de sus rentas y beneficios y se beneficia si
los salarios bajan, por lo que no suele apoyar ningún aumento de las
prestaciones para los pobres.
Junto al asalariado está un grupo más pequeño, pero creciente, los
que yo denomino profitécnicos, que no buscan seguridad laboral, pero
ganan mucho dinero en consultorías y proyectos. Los llaman emprendedores
y los utilizan como prueba de que este es un sistema meritocrático.
Debajo está el proletariado, lo que queda de la vieja clase obrera,
para la que se crearon los Estados de bienestar, la negociación
colectiva y los partidos socialdemócratas. Tiende a escuchar a los
populistas que prometen recuperar el ayer y, en muchos casos, está
cayendo en la nueva clase de masas, el precariado.
El precariado definirá la política en la próxima década. Sus miembros
viven con empleos inestables, sin trayectoria profesional, haciendo
trabajos indignos de tal nombre, con una educación por encima del empleo
posible, salarios bajos y volátiles, deudas casi insostenibles,
conscientes de estar perdiendo los derechos de ciudadanía. Se consideran
suplicantes que piden favores y respiros al Estado. Suelen sentirse
anómicos (por desesperación), alienados (hacen cosas que no quieren y no
hacen las que querrían), angustiados e indignados.
Como cualquier clase
nueva, el precariado está dividido, entre los que denomino atavistas
(aferrados a un teórico pasado), nostálgicos (sobre todo inmigrantes,
sin un presente y psicológicamente sin hogar) y progresistas (sin un
futuro, pese a la promesa de que lo tendrían yendo a la universidad).
La derecha populista tiende la mano a los atavistas, que votan por
Trump, el Brexit, Salvini y Marine Le Pen.
Demoniza a los nostálgicos, a
los que culpa, junto con el sistema, de la situación. Los nostálgicos, por su parte, ven arrebatados sus derechos.
Y los progresistas aguardan una nueva política del paraíso
que no encuentran en los viejos partidos socialdemócratas.
Por eso,
cuando estos ganan alguna elección, es gracias a asumir principios
populistas como el recorte de la inmigración. Y, aun así, obtienen
muchos menos votos que en el pasado. Normalmente, solo ganan debido a la
corrupción y el agotamiento de la derecha, como en España. Los viejos
socialdemócratas no tienen ninguna visión, aparte del regreso a algún
pasado. Y eso no atrae el afecto de la gente.
Lo malo es que los atavistas son numerosos y se movilizan para votar.
Lo bueno es que, casi seguro, han alcanzado su máxima dimensión y están
envejeciendo. En cambio, los otros dos grupos del precariado están
creciendo y está empezando a forjarse una agenda política progresista,
en parte por la inercia de los partidos socialdemócratas.
Debemos ser conscientes de que la vieja política de izquierdas no va a
funcionar. Se necesita una nueva agenda, seguramente con nuevos
partidos y movimientos. Habrá intentos fallidos como parecen ser el
Movimiento Cinco Estrellas en Italia y Podemos en España, desgarrados
por contradicciones internas y conflictos personales.
Pero la nueva
agenda está tomando forma. La clave será ofrecer una sociedad futura
basada en los valores clásicos de la Ilustración y una base ecológica,
un nuevo sistema de distribución en el que se respeten los valores
ecológicos, la igualdad y la libertad. Por eso será fundamental que
incluya el derecho a una renta básica. Es asequible, es socialmente
justa y fomentará la libertad republicana. La izquierda debe dejar de
rehuirla."
(Guy Standing, profesor titular e investigador en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres. El País, 30/06/19)
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