"No cabe duda de que la sociedad actual odia a los jóvenes. Y cuanto
más los odia, más parece que los elogia y halaga. El "juvenilismo"
compulsivo es, desde este punto de vista, uno de los mayores enemigos de
la juventud (...)
Los jóvenes de hoy se ven generalmente obligados a caer en el nuevo
cuarto estado, flexible y migrante, destinados a hacerse a la mar para
hacer una fortuna en el extranjero en las ocupaciones a menudo más
humildes. Y mientras, la casta gerontocrática elogia la "globalización",
los jóvenes entienden por sí mismos lo que eso realmente es: ir a lavar
los platos en Sídney o convertirse en vendedores en Nueva York.
Alejados de las garantías sociales y de los reconocimientos de la vida
cotidiana, los jóvenes toman la noche, la eligen para su reino y
experimentan con formas de vitalismo de fin de semana para sobrevivir a
la condición subordinada, mezquina y despreciable a la que la sociedad
les condena.
Esta dinámica dialéctica de alabar a la
juventud y, de manera convergente, de reducir a los jóvenes a material
humano sobre el cual cargar con los costes, económicos y sociales, pero
también existenciales, de la nueva y precaria forma de capital, se
explica por el hecho de que la nueva estructura de producción se
presenta como propia de una juventud, naturalista.
Si las épocas
anteriores se basaban en la madurez y en la figura del padre como auctoritas,
con todo lo negativo que hay en los términos de autoritarismo y
machismo, capaz de proteger el núcleo familiar y de conjugar ley y deseo
en la educación de los hijos, la fase absoluta se basa en la figura del
joven sin autoridad paterna y en la inmadurez como figura espiritual.
Por
esta razón, el capitalismo flexible y precario es, por su propia
naturaleza, "juvenilista". Exalta al joven, porque él, sin derechos y
sin madurez, sin estabilidad y biológicamente precario y en ciernes, es
su sujeto privilegiado de referencia (...) la nueva estructura de producción y consumo coarta todo el "parque
humano" para vivir como los jóvenes: es decir, en formas temporales y no
resueltas, precarias y nunca maduras, transitorias y siempre a la
espera de una liquidación siempre diferida.
Por otro lado,
si hoy en día se nos considera "de otra manera jóvenes" hasta los
cincuenta años de edad, esto sucede porque somos idealmente precarios
hasta el final de nuestra vida laboral tanto en la vida social como
emocional, incapaces de estabilizar nuestras vidas en las formas
tradicionales de ética burguesa ahora superadas por la nueva forma de
producción post-burguesa y post-proletaria. No ocultemos la verdad: esta
sociedad odia a los jóvenes." (Diego Fusaro , fanpage.it, en Rebelión, 27/06/19)
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