"(...) “Mi abuela y mi abuelo eran muy humildes, vivían de lo que les daba la
tierra en una casa de campo. Trabajaron mucho y se fueron a la ciudad,
donde se construyeron una casita con su pozo, su aljibe –porque no había
agua corriente– y su limonero. Yo solía pensar la suerte que teníamos
sus nietos: habíamos pasado en dos generaciones de criar cabras a
estudiar una licenciatura, máxime siendo mujeres. Pero ahora veo que no
tenemos opción a nada: hemos tenido una formación maravillosa, pero no podemos tener una casa o formar una familia. Mis abuelos, pese a su escasez, sí”. (...)
No sienten la necesidad de denunciar públicamente cómo les está
afectando la crisis de la vivienda en alquiler porque llevan la última
década, su primera etapa como personas adultas, siendo testigos de la demolición:
tasas de desempleo que alcanzaron el 26,9% en 2013, el espanto de los
desahucios, la exclusión de las clases bajas y el empobrecimiento y
achicamiento de la clase media.
No quieren poner el foco sobre sus
rostros y nombres porque tienen trabajo, más o menos precarios, casas familiares a las que volver cuando no queda otra alternativa, habitaciones en pisos compartidos en
los que retrotraerse a una adolescencia de las que no les permiten
despedirse en su treintena y barrios alejados de sus redes de afecto y
centros de trabajo en los que, quizás, encontrar un piso asequible y
resetear su vida cotidiana.
Pero la bola emocional cada vez se hace más
grande porque, como sostiene la Organización Mundial de la Salud en sus informes, cuando no se garantiza el derecho a una vivienda digna y estable, se está violando “el derecho a la salud física,
psicológica y el bienestar social-relacional de las personas”. Tienen
entre 23 y 45 años, la pulpa de la vida adulta, y ni siquiera pueden
permitirse un lugar donde vivir de manera estable y digna desde el que
construir un proyecto vital propio.
“Estudié arquitectura y a mis 38 años no puedo ni construirme ni
alquilar una. No quiero un chalet, sino un hogar”. Laura no ha parado de
trabajar desde que se graduó hace nueve años, pero aún no tiene un
contrato indefinido. Y las inmobiliarias ahora subcontratan aseguradoras que puntúan
el historial de los candidatos interesados en una vivienda como si
fuese una puja por un cuadro en Christie’s. Los –bien– asalariados con
un contrato indefinido son sus Picasso. Para el resto, fin de la
subasta. (...)
Aunque sufría los ruidos y la suciedad que suele llevar aparejado que
en tu edificio la mitad de las viviendas estén destinadas al turismo,
pagaban menos de 500 euros y estaba cerca del centro, un supuesto chollo
en el contexto actual. Cuando llevaba en él dos años y le quedaba uno
para que se extinguiese el contrato, sus propietarios les comunicaron
que no se lo renovarían porque lo iban a vender.
Ese ha sido el calendario que ha determinado la vida de decenas de
miles de personas en los últimos años: 24, 26, 28 meses de relativa
tranquilidad antes de que se cumpliese el plazo de tres años de contrato
y, como lo define Laura, volver a la “caza diaria en Idealista”. Una reforma legislativa aprobada este año les da una tregua al ampliarlo a cinco años. (...)
Miguel es un músico de 34 años que también da clases de música. Hace
dos años alquiló una habitación en un piso compartido en Madrid con
otras tres personas por 290 euros mensuales.
“Estaba relativamente bien
de precio porque estaba hecho una mierda y mis compañeros lo arreglaron.
La administradora tenía casi todas las casas del edificio, quince, y el
resto de los inquilinos se fueron marchando porque no soportaban la
convivencia con los pisos turísticos”. En febrero, les comunicaron que
subían el alquiler a 1.700 euros, 900 más que cuando sus amigos lo alquilaron
seis años atrás. Una sutil forma de no renovar el contrato. Dos de sus
compañeros tuvieron que volver a casa de sus padres, otro encontró una
habitación por 300 euros y a Miguel le alquiló una habitación a precio
de amigo uno que se acababa de comprar una casa.
“El problema no es que vivir en La Latina esté imposible, sino que
cuando nos pusimos a buscar en Carabanchel, Vallecas, Numancia, no había
una habitación por menos de 350 euros”. Es el efecto piedra en el
estanque de los pisos turísticos: las personas expulsadas del centro de
las ciudades van moviéndose a la periferia hasta recalar en las
poblaciones vecinas, que se encarecen a su vez, expulsando a sus
inquilinos más pobres.
En el caso de Miguel, mudarse a la periferia supone también perder
buena parte de sus ingresos: su alumnado y su relación con los locales
en los que suele tocar. “Es inevitable compararse con amigos a los que
sus padres les han podido ayudar a comprarse un piso, o a los que les ha
ido mejor. Tienes cierta sensación de fracaso, culpabilidad por no
haber cumplido con las expectativas familiares, una
generación que tuvo que trabajar mucho pero que lo tuvo más fácil
profesionalmente”. Miguel resume así un sentimiento generalizado entre
las personas entrevistadas. Saber que no es tu culpa no te libra de
sentirla.
Lo sabe bien Elena López, psicóloga y psicoterapeuta familiar. Aunque
puntualiza que el impacto en términos de salud de la falta de vivienda
depende de más factores –como las características personales, el apoyo
social y familiar o la presencia de otras problemáticas–, sostiene que
“depender económicamente o convivir con la familia de origen no solo
genera emociones de frustración y desánimo, sino que impide regular, en
muchas ocasiones, los límites y normas que deseas establecer en tu
propio proyecto personal y familiar.
A menudo todo ello desemboca en conflictos, preocupaciones, tristeza,
pérdida de sueño, indefensión… «No solo en la persona adulta que busca
emanciparse, sino en la familia que ve imposibilitado este deseo en sus
hijos e hijas. Todo ello, en última instancia, podría desembocar en trastornos de ansiedad o del estado de ánimo,
como depresión”, añade. De hecho, una de las razones por las que muchas
de las personas entrevistadas tardaron mucho tiempo en pedir ayudas a
sus familias fue para evitar preocuparles.
Un sobreendeudamiento que enferma
Eduardo Gutiérrez es trabajador social y subdirector de Provivienda,
una asociación dedicaba a acompañar a las personas en situaciones
complejas en la búsqueda de casa. En los últimos años, cada vez son más
las que llegan a sus oficinas teniendo un trabajo, pero desbordadas por
subidas del alquiler de una media de 200 euros, pero también de hasta
400 y 500 euros. “Su primera reacción es buscar otro piso, pero cuando
descubren que el encarecimiento es generalizado, terminan aceptando
muchas veces las nuevas condiciones.
Un sobreendeudamiento que les fuerza a destinar el 35% o 40% de sus ingresos a la vivienda,
lo que puede desembocar en una incorrecta alimentación, la
imposibilidad de mantener la vivienda a una temperatura adecuada o de
hacer frente a un imprevisto, por ejemplo”. España es el tercer país de
la Unión Europea que destina un mayor porcentaje de su renta neta al
alquiler, un 40%.
Estas precarización generalizada, que empieza en lo laboral y termina
empapando todas las facetas de la vida, en experiencia de Gutiérrez, y
como recoge su entidad en el informe Cuando la casa nos enferma (2018),
les provoca una degradación de la imagen que tienen de sí mismos:
“Cuando tienen que volver a casas de sus padres o pedirles sus nóminas o
que les avalen, sienten que no tienen control sobre sus vidas. Es una
sensación de adolescencia perpetua”.
Esa es exactamente la expresión que emplea Laura para describir su
situación actual: “Con la llegada del verano, dejan de alquilar muchos
pisos en Málaga para destinarlos a los turistas. Lo mejor que encontré
fue un piso de 37 metros cuadrados por 550 euros, así que metí mis cosas
en un trastero y me volví con mis padres. Es como si volviese a la
adolescencia. Como para pensar en tener hijos. A nivel emocional, todo esto afecta muchísimo”. (...)
En la actualidad, tiene un contrato temporal a través de una ETT, por
lo que pagar 450 euros más gastos por una casa le resulta impensable.
Eso en una ciudad con un 25% de paro, pero que igualmente se ha visto
arrastrada por el disparatado encarecimiento de la vivienda en su
capital. Así que ahora vive con su padre y su hermana. “Por una parte,
tengo suerte de tener a donde volver pero, por otra, parece que se me ha
olvidado todo lo que he aprendido durante la última década: vuelves a ser la hija de, la hermana de…
Pierdes tu identidad adulta. Te adaptas a normas ajenas porque ya no es
tu casa, olvidas quién eres y eso afecta a tu autoestima”, resume.
De su círculo de amigas, solo tres son totalmente independientes. “Se
ha normalizado que con más de 30 años vivamos con nuestros padres,
cuando no lo es, pero la estructura social no nos permite avanzar”.
Gutiérrez explica que este retroceso en el ciclo vital tiene un impacto negativo para nuestra sociedad en términos de tasas de natalidad, de sostenibilidad de las pensiones…
Y que es resultado también del recorte en políticas habitacionales: un
75% en los últimos ocho años, lo que ha llevado a España a tener el parque de vivienda pública más bajo de la UE, solo por detrás de Grecia. Frente al 48% en régimen de alquiler en Alemania o del 35% en Francia y Reino Unido, en España solo hay un 22%. (...)
“los que estamos pagando más por el alquiler de un estudio que amigos
por la hipoteca de una casa, nos sentimos idiotas, que fue lo que le
pasó a la generación anterior a la nuestra. La diferencia es que
nosotros tenemos muy reciente el drama de los desahucios”,
sostiene Daniel, un periodista que desde hace un par de años vive
pendiente de la construcción de un ascensor en su edificio del barrio
madrileño de Malasaña.
De iniciarse finalmente la obra, su casero –”que no es una mala
persona, pero lógicamente quiere sacarle el mayor rendimiento a su
vivienda”, subraya– le subirá el alquiler a 800 euros, 130 más de lo que
paga ahora por su apartamento de 60 metros. “Y aun así, estaría por
debajo del precio de mercado”, admite. (...)
La solución, en su opinión, es recuperar los contratos de alquiler de diez años y regular los precios,
como se hace en ciudades como Berlín o Nueva York, “algo que aquí suena
a bolivariano. ¿Por qué es tan sacrosanto esto del libre precio del
mercado?”, pregunta. (...)
Sara Pérez es licenciada en Bellas Artes, tiene 23 años y desde que llegó a Barcelona hace cuatro ha tenido que cambiar de piso seis veces.
En el primero, el casero subió el alquiler en 400 euros, la misma
cantidad que terminó pagando por una habitación en el siguiente por la
desesperación de encontrar un espacio en en el que sentirse cómoda. Tras
un periplo por viviendas que siempre terminaban encareciéndose, por fin
ha encontrado uno a un precio “razonable, compartido con tres personas:
1.100 euros, sin amueblar, con cañerías averiadas y en un estado
bastante chapucero. Pero es el mejor en el que he estado con
diferencia”, sostiene. “Y no sabes las condiciones que te piden, como
que tengas unos ingresos del triple de lo que te piden por el alquiler: ¿quién tiene un salario de 3.500 euros?”.
“El bloqueo al acceso a la vivienda es uno de los síntomas más inequívocos de la ruptura del pacto social”,
sostiene Diego Garrocho, profesor de Ética y Filosofía Política en la
Universidad Autónoma de Madrid. Y sus consecuencias, advierte, son
impredecibles: “Una sociedad desesperanzada es insostenible:
si nuestros jóvenes sienten desafección y desconfianza por el pacto
social muy probablemente se sientan urgidos a depositar sus esperanzas y
su fe en otras estrategias, en otros símbolos y en otros relatos en los
que algunas conquistas como la democracia, los Derechos Humanos o
ciertas conquistas del Estado de Bienestar puedan verse cuestionadas.
No sólo por justicia sino por estricta estrategia social, la emergencia
habitacional es una bomba de relojería”.
Miguel, el músico madrileño, no sabe aún dónde terminará viviendo. “Siento que no tengo un lugar.
Cambiar de vivienda cada dos años, no tener un trabajo estable, no
tener nada, ha destruido mi arraigo. Mis padres tienen unos 70 años, si
les pasa algo perderé ese colchón. Los países del sur de Europa no han
reventado porque están las familias asumiendo todos los marrones. Y
luego está el miedo a acabar en la calle: cuando veo a un tío en esa
situación y me inquieta la idea de que puede pasarme a mí. Cada vez
más”. (...)" (Patricia Simón, La Marea, 30/09/19)
No hay comentarios:
Publicar un comentario