"Determinar con precisión la naturaleza, magnitud y cronología de una
futura crisis escapa de las posibilidades del análisis económico. Pero
una pregunta pertinente que sí podemos contestar es: ¿en qué condiciones
se encuentra la economía española para encajar una probable crisis? (...)
Para empezar, tengamos en cuenta que el crecimiento de los últimos años,
además de modesto, se debió en gran medida a la confluencia de factores
que no dependen de la gestión económica interna. Bajada del precio del
petróleo, tipos de interés reducidos o las condiciones que desalientan
destinos turísticos que tradicionalmente compiten con España, formarían
parte de esos “vientos de cola”. Pensemos ahora, por un lado, que dichos
estímulos comienzan a agotarse o ven ya muy reducidas su capacidad
estimulante; y por otro, que aparecen nuevos factores externos
amenazantes.
Las hostilidades entre Estados Unidos y China, o el Brexit,
por citar los más importantes, permiten prever complicaciones futuras
en el ámbito del comercio internacional. El hecho de que nuestros
principales destinos de exportación (Alemania, Italia, Francia o Reino
Unido) estén aproximándose al estancamiento económico o incluso a la
recesión, es otro indicador en la misma preocupante dirección.
De hecho, desde 2016 se aprecia un progresivo debilitamiento del
crecimiento español, ralentización que se hace aún más notoria desde
mediados de 2018. A partir de entonces, la demanda interna que
dinamizaba el crecimiento previo va perdiendo fuerza, lo que es
parcialmente compensado con una mejora en el desempeño de la demanda
externa.
Pero el mejor resultado externo no supone en realidad motivo de
grandes alegrías, ya que se explica sobre todo por la caída de las
importaciones, resultado de esa debilidad de la demanda interna
mencionada. De recesión inminente a aterrizaje suave, las
interpretaciones oscilan respecto a la gravedad, pero el cambio de
tendencia parece claro. (...)
Lo cierto es que la llamada recuperación no ha colaborado en superar la
precariedad de nuestra estructura productiva, porque el crecimiento ha
sido más intenso precisamente en ramas que no emplean trabajo
cualificado ni aportan altas productividades. (...)
Además, los (insuficientes) nuevos empleos son de peor calidad: los
creados desde 2014 son en mayor proporción temporales y, en promedio,
más cortos que los (ya de por sí precarios) empleos generados en el
anterior ciclo expansivo. Tengamos además en cuenta que el proceso de
devaluación salarial no se revirtió, sólo se suavizó, con la llegada del
crecimiento económico (...)
Volver a enfrentarnos a un cambio de ciclo, aunque no sea tan abrupto
como el anterior, con un mercado laboral tan marcado por el desempleo y
la precariedad tiene consecuencias sociales pero también económicas. (...)
Precisamente sobre ese 10% de hogares con menos renta alertaba
recientemente el Banco de España: hogares cuyos miembros adultos siguen
en desempleo o que ocupan los empleos peor remunerados, apenas han
reducido sus deudas desde 2008 y dedican más del 50% de su renta a pagar
la hipoteca. Pero la precariedad financiera no es exclusiva de las
familias con menos ingresos. La tasa de ahorro del total de las familias
fue en 2018 el 4,9% del PIB, un mínimo histórico desde que en los años
sesenta el Banco de España inició la serie estadística.
Batíamos así el
récord anterior (5,8%), precisamente de 2008. La situación financiera de
las familias es por tanto muy frágil: ingresos que no se han
recuperado, empleos que son igual o más precarios, un consumo que crece
más que la renta dependiendo crecientemente del crédito y deudas todavía
importantes; todo ello agravado según desciende el nivel de renta del
hogar.
En definitiva, podemos decir que se está levantando viento, y si
arrecia, España volverá a hacerle frente con una precaria casita de
paja. Ante un futuro incierto pero preocupante la única certeza es
nuestra gran vulnerabilidad; particularmente la de aquellos grupos
sociales que fueron más golpeados en la crisis anterior. Los mecanismos
de protección social, que haciendo honor a su nombre tendrían que
protegerlos, ya se mostraron insuficientes entonces y ahora suman el
lastre de una década de austeridad.
Cabría lamentarse, con razón, de que
estos años no se hayan aprovechado para avanzar en la superación de
nuestras grandes vulnerabilidades. La experiencia traumática de la
crisis de 2008 hubiera debido servir para extraer algunas enseñanzas.
Pero aún más lamentable resultaría si finalmente dejamos pasar la
oportunidad de que lo que viene sea al menos gestionado por un gobierno
comprometido con los más vulnerables." (Bibiana Medialdea, eldiario.es, 27/09/19)
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