"(...) Una característica de la Eurozona es la separación entre política
monetaria y fiscal. La política monetaria se encomienda al BCE mientras
que la política fiscal permanece en los Estados nacionales.
Esta
disociación y la ausencia de una hacienda pública europea consistente se
encuentran en el origen de la mayoría de las contradicciones y
problemas del euro. En la Unión Europea no existe una unión fiscal y
presupuestaria que pueda compensar los desequilibrios y desigualdades
que produce la moneda única. (...)
Desde 2015, el BCE adoptó la llamada expansión cuantitativa, conocida por sus siglas en ingles QE, quantitative easing,
que consiste básicamente en que el BCE compra títulos (en particular
deuda pública) en el mercado a las entidades financieras, regando de
esta manera con dinero la economía. (...)
La política monetaria es de lo poco que ha funcionado en la UM y ha
sacado a la Eurozona de la encrucijada y de la trampa sin aparente
salida en la que se encontraba. Pero ello no es óbice para reconocer que
se han generado también efectos negativos. Ha incrementado la
desigualdad. (...)
la política monetaria tiene unos claros límites si no va acompañada
de la política fiscal. Ambas se complementan. Una política fiscal
expansiva tiene el peligro de fracasar si no se financia mediante la
emisión de dinero. De lo contrario, sus efectos pueden verse malogrados
porque la emisión de deuda drenaría fondos del sector privado,
produciendo en este un efecto contractivo, a no ser que la iniciativa
privada esté debilitada y el sector privado no se muestre dispuesto a
invertir.
A su vez, una política monetaria en ausencia de una política fiscal
presenta claras limitaciones para expandir la economía. Hace ya muchos
años que Keynes lo puso de manifiesto: “es posible llevar el caballo al
abrevadero, pero no se le puede obligar a beber”. Se puede inundar de
dinero a la banca, pero de nada sirve si no existe demanda de crédito.
Es lo que se ha denominado “trampa de liquidez”. En este caso únicamente
la actuación del sector público puede incentivar la demanda.
Todo indica que la política monetaria ha dado ya todo lo que podía dar
de sí. Los tipos de interés están a niveles sorprendentemente bajos, en
algunos casos negativos. Los bancos no saben qué hacer con la liquidez
y, a pesar de ello, la tasa de inflación no remonta, y no se acerca ni
de lejos al 2% que tiene establecido como objetivo el BCE.
Sería
preciso, tal como ha insinuado Draghi, que la política fiscal tomase el
relevo, pero ello parece vedado en la UM, porque en determinados países
la situación financiera no deja margen para instrumentarla, y aquellos
que tienen capacidad, como Alemania, y Holanda se niegan a ponerla en
práctica.
Todas estas circunstancias crean una situación crítica de cara a la
recesión que parece anunciarse. De ahí que ciertos autores y políticos
se pregunten si la nueva QE que se proyecta no debería tener unas
características distintas de la antigua; si no tendría que
instrumentarse vertiendo directamente el dinero sobre los particulares
en lugar de sobre los bancos.
Las ventajas serían evidentes.
Incrementaría la igualdad, ya que los recursos irían orientados a los
ciudadanos más necesitados y, por la misma razón, el impacto sobre la
actividad económica sería más inmediato, teniendo en cuenta que los
receptores de los recursos tendrían una propensión al consumo mucho más
elevada.
La propuesta es menos novedosa de lo que parece. Se trata de aunar la
política monetaria y la política fiscal. Consistiría en realidad en
instrumentar a nivel europeo una serie de programas de gasto público,
tanto de infraestructuras como de prestaciones sociales a los más
perjudicados por la crisis, financiados con la creación de dinero y no
con impuestos.
Ciertamente, esta inyección de efectivo tendría una
dificultad evidente para la vuelta atrás en el momento en que el BCE
decidiese drenar liquidez del sistema, pero en la actualidad esta
institución cuenta con tal nivel de activos en su balance, proveniente
de la primera expansión cuantitativa, que le bastaría y sobraría para
instrumentar, si fuera necesaria, una política restrictiva.
La idea es sugerente, pero un tanto alambicada y desde luego ingenua.
Alambicada, porque, ante la carencia en la Unión de un verdadero
presupuesto y de tributos con suficiencia recaudatoria que pudiesen
servir para instrumentar una política fiscal expansiva, se propone la
acción del BCE financiando toda una serie de gastos públicos mediante la
expansión monetaria.
Ingenua, porque supone que los que se niegan a
toda expansión fiscal en el ámbito nacional y se oponen radicalmente a
todo incremento del presupuesto comunitario o a cualquier procedimiento
con vistas a mutualizar el riesgo iban a permitir la monetización de un
volumen sustancial de gasto público y, además, en el plano supranacional
y europeo." (Juan Francisco Martín Seco, República, 26/09/19)
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