"La explicación inmediata de los disturbios en distintos países en las
últimas semanas (Chile, Ecuador, Francia, incluso Líbano) es en
principio sencilla.
Las revueltas chilenas fueron causadas por el
anuncio de Piñera de subir los precios del transporte público
para cuadrar las cuentas, así como por la subida del agua y la luz.
Otros disturbios tuvieron un detonante similar: en Líbano fue el
impuesto a las llamadas de whatsapp y en Ecuador la subida de los carburantes. “Precios del primer mundo, salarios del tercero” era la frase más repetida.
No es una realidad que ocurra únicamente en Hispanoamérica. En Francia sucedió algo similar,
ya que, con la justificación de iniciar la transición ecológica, se
decidió gravar a quienes empleaban combustibles más contaminantes, es
decir, a clases materialmente fragilizadas que respondieron con revueltas simbolizadas por chalecos amarillos.
El precio de la subsistencia
La
explicación segunda de estos disturbios también es evidente, pero se
suele tener mucho menos en cuenta. Hay lugares peores, como
Latinoamérica, una zona geográfica que soporta altos porcentajes de
pobreza, y otros mejores, como Europa y Norteamérica, pero lo cierto es
que alcanzar los recursos necesarios para una subsistencia digna es cada vez más difícil en todas partes.
Las poblaciones soportan una triple presión:
los precios de los bienes esenciales, como vivienda, luz, agua, gas o
transporte se han incrementado; todo aquello que no sean bienes o
servicios low cost, ya sea en ropa, alimentación, educación o sanidad,
es mucho más caro; y en tercer lugar, los salarios no suben lo
suficiente y los autónomos, así como los pequeños empresarios, están
viviendo tiempos difíciles. En resumen, hay menos recursos disponibles
para buena parte de la población al tiempo que los gastos aumentan.
En ese escenario, subir los precios supone aumentar la presión, a
veces hasta un punto insostenible. Estas revueltas, desde los chalecos
amarillos a Chile, son el fruto de ese estar atrapados entre dos fuerzas
coactivas sin válvula de escape. Desde esta perspectiva, quizá lo ocurrido en Latinoamérica sea un aviso para Occidente, o quizá la anticipación de lo que vendrá. Sin embargo, no parece que nadie al mando haya tomado nota, y hay hechos recientes que lo demuestran.
Los errores cometidos
El
primero de ellos es perturbador, porque refleja un modo de acción usual
y perverso, ya que analiza problemas reales y los toma en
consideración, pero para promover soluciones que no hacen más que
agravarlos. Tomemos el ejemplo del cambio climático. Tras las revueltas de los chalecos amarillos, nacidas de una propuesta equivocada, el FMI hizo público un informe
con una receta para arreglar el problema, elevar el coste de las
emisiones, que abogaba por que se cobrase más a quien más contaminase.
El problema de esta perspectiva es fácil de entender, porque lo hemos vivido con los impuestos:
cuando un Estado pretende gravar a quienes más tienen, estos aprovechan
mecanismos legales existentes para huir de ese país y colocar sus
capitales en otros con menores exigencias. Con la contaminación es lo mismo:
es fácil que las grandes empresas elijan países donde esos impuestos no
existan a la hora de ubicar sus fábricas, por ejemplo.
De modo que, al
final del camino, sólo quedan aquellos que no pueden huir del territorio,
las clases medias y las bajas, que son quienes deben soportar el coste
porque poseen vehículos diésel o tienen pequeñas empresas. Al promover,
como pasó en Francia, que estratos sociales ya deteriorados paguen la
factura, el descontento se multiplica. Y no sólo por lo material, sino
por un elemento de justicia, ya que son ellos quienes pagan la falta de
solidaridad de las clases altas. (...)" (Esteban Hernández, El Confidencial, 27/10/19)
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