"Batacazos de las bolsas internacionales, guerras comerciales,
indicadores de confianza empresarial desplomándose, noticias continuas
de un próximo Brexit sin acuerdo y organismos internacionales anunciando
recesión.
Según el último barómetro publicado por el Centro de
Investigaciones Sociológicas (CIS), uno de cada tres españoles
preguntados por el tema, considera que la situación económica del país
será peor de aquí a un año, porcentaje este similar al que había en
2008. (...)
Pero ¿por qué pasa esto? y, lo más importante, ¿se puede evitar todavía?
De hecho, si somos rigurosos, no creo que podamos decir que estamos ante “una nueva crisis” porque seguimos en la anterior.
La fase de crecimiento que hemos vivido en los últimos seis años tiene
que ver más con circunstancias puntuales que con pilares sólidos que
permitiesen afirmar que el capitalismo había encontrado una autopista
vacía para transitar por ella a gran velocidad.
Pero caracterizarlo así
forma parte del ritual de quienes más poder detentan. Y para eso, las crisis deben venir con su relato debajo del brazo. (...)
Los detonantes tienen su importancia y no es mi intención
minimizarlos, pero situaciones como las guerras comerciales o el Brexit
“duro” no son más que expresiones de una recesión que lleva tiempo entre
nosotros.
Que unos países impongan aranceles a otros para proteger sus
productos no es otra cosa que la consecuencia de la necesidad de
recuperar ganancias para las empresas nacionales e intentar conservar
empleos que la dinámica de liberalización comercial tiende a llevarse a
otros lugares.
Ahora bien, sabemos que competir en vez de cooperar y el
“sálvese quien pueda” en el sistema capitalista, tiene siempre
consecuencias letales para la clase trabajadora. La mayoría social es la
que siempre pierde en las guerras, también en las comerciales. Y la
historia nos ha enseñado que las segundas suelen ser antesala de las
primeras.
Cuando las personas piensan que las cosas van a ir mal, actúan en
consecuencia. Las ganancias salariales obtenidas en el último año, no
han ido a mejorar el consumo sino a ahorrar por lo que pueda pasar. Y,
en cualquier caso, la mayoría de la gente en este país tiene
preocupaciones mayores que las de poder ahorrar porque se tiene que
ocupar en llegar a fin de mes. La precarización de trabajadoras y
trabajadores se ha acentuado y no ha sido algo casual.
Las dos
reformas laborales, la del PSOE que facilitó y abarató el despido por
causas objetivas y la del PP que remató la faena reduciendo las
indemnizaciones y dinamitando la negociación colectiva, han tenido como
resultado que 2018 acabase con un 27% de trabajadores temporales, lo que supone una de las tasas más altas de toda Europa.
Con esa inestabilidad y dificultad de hacer previsiones mínimamente
serias para hacer proyectos de vidas dignas, ¿cómo se puede pensar que
la gente pueda invertir en una vivienda o dedicar dinero a bienes de
consumo con suficiente intensidad para que la economía del país “vaya
bien”?
Y es que la desigualdad y la pobreza laboral han sido los
ingredientes que han adornado los “espectaculares” números de la
recuperación. La propia OCDE indica que el 15% de trabajadores vive bajo
el umbral de la pobreza. Y eso es el fruto de lo que se ha venido en
llamar “devaluación salarial” y que ha funcionado solo parcialmente. Las
crisis no son otra cosa que los parones del sistema porque los
poseedores del capital no tienen incentivos para invertir al disminuir
su expectativa de ganancia.
Históricamente se han resuelto con
más explotación a trabajadores y trabajadoras. Un pedazo más de la tarta
en el reparto permitía que se pudiera impulsar de nuevo la inversión y
el ciclo de acumulación. Se empezaba a crear de nuevo empleo y… hasta la
siguiente.
En esta recesión ha habido algunos factores más porque, además de
las reformas laborales que han abaratado los salarios directos, se ha
actuado de manera letal contra los indirectos. Algunos os preguntaréis
qué es eso de los salarios indirectos. Es fácil. Son las políticas
públicas que suponen una retribución indirecta para la gente y que han
sufrido fuertes recortes durante estos años. No ha sido solo eso lo que
se ha usado para crear las condiciones que permitan una nueva fase
expansiva del sistema, porque también se han socavado los salarios
diferidos. Hablamos de las pensiones que no son otra cosa que derechos
adquiridos por la gente y que también han sido blanco de PSOE y PP para aclarar el panorama a los inversores. (...)
La debilidad que supone asentar la recuperación de un shock
devastador, en competir con salarios bajos y en darse codazos en los
mercados internacionales para compensar exportando la fragilidad social
interna, tiene las patas muy cortas. Y no ha bastado. En cuanto
han surgido nubarrones en el escenario internacional, nos pillamos una
pulmonía. Y esta nos coge en una situación de especial debilidad.
¿Qué se podría hacer?
A corto plazo muchas cosas y eso teniendo en cuenta que el
capitalismo no es reformable y que su miopía a la hora de abordar la
crisis ecológica y la explotación de la clase trabajadora, le impide
avanzar en soluciones reales y de calado.
Pero mientras transitamos hacia una sociedad que lo supere,
se podría empezar por detener la hemorragia utilizando las políticas
monetarias para garantizar empleo digno y de calidad a la gente y
blindar las políticas públicas de vivienda, educación, sanidad,
dependencia, cuidados y medioambiente.
Imaginaos lo que habría
podido hacerse con 4,4 billones de euros en Europa, que es el dinero que
ha creado el Banco Central Europeo, si hubieran sido destinados a
rescatar a las víctimas de la crisis en vez de a los responsables que se
lucraron con la misma.
Saquemos del mercado los derechos porque son demasiado importantes como para dejarlos al albur de leyes de oferta y demanda.
La tierra cultivable, los mares, la vivienda, la sanidad, la educación o
los cuidados no pueden depender la rentabilidad económica ni pueden
depender de que alguien se pueda lucrar con ellos.
Hay que garantizar pan, empleo, techo y servicios públicos a
toda la gente y eso pasa por poner la economía al servicio de la
sociedad y no al revés, como de hecho sucede ahora. En definitiva, se
trata de hacer que paguen las crisis gentes que siempre fueron capaces
de mirarlas por encima del hombro. Y la verdad es que eso son
palabras mayores porque supone enfrentarse con personas que mandan mucho
sin necesidad de presentarse a las elecciones. Pero toca enfrentarse al
reto sin caer en el pánico y desde la seguridad de que todo esto es
posible y solo hace falta voluntad política. (...)" (Carlos sánchez Mato, Cuarto Poder, 06/10/19)
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