"(...) Cuando las diferentes medidas se desarrollen, aflorarán contradicciones
que tendrán un precio político y su motor será un sentimiento claramente ligado a la posición social.
En general, suelen considerarse como decisivos los factores ligados a
la ideología, al territorio o a la edad, por lo que las clases han
quedado relegadas a un segundo plano como fenómeno explicativo, pero las
tensiones entre ellas serán cruciales, también en su vertiente
cultural.
Para entender bien este sentimiento, así como sus derivas políticas, ha
de constatarse primero cómo funciona. Su punto de partida es la
responsabilización individual de los problemas estructurales o, dicho de
otro modo, la culpabilización de la gente común.
Esto fue típico del
mundo neoliberal: en una economía que tendía a la deslocalización y a la
externalización, así como a la fragilización laboral, se subrayaba regularmente que si a la gente le iba mal, era por su nulo deseo de adaptación,
por la pobre capacidad de sacrificio y por una abulia adquirida tras
décadas en que los problemas los arreglaba el Estado. Por eso no había
trabajo o se pagaba menos: eran personas que no producían valor. (...)
En los últimos años, este marco mental se volvió frecuente también en
el entorno progresista. Un ejemplo muy significativo es el del cambio
climático: tras años y años subrayando los peligros a los que nos aboca,
se concluyó que los causantes últimos son esas personas que comen
carne, tienen un coche diésel, no reciclan, viajan en vuelos baratos y
no aíslan bien sus viviendas.
Lógicamente, esas son también las personas que más deben pagar para costear la transición ecológica.
Es un asunto moral, ya que si se niegan a cambiar sus hábitos, deberán
sufrir una mayor carga: si no quieren ser responsables por las buenas,
lo serán por las malas.
Qué quiere decir esto en realidad lo explica Mariana Mazzucato en su conclusión
sobre Davos: una reunión de “multimillonarios que dicen a los
millonarios cómo debe vivir la clase media”. En otras palabras, la gente
que hace dinero con las industrias contaminantes, pero también con las
renovables, y que pronuncia discursos rimbombantes sobre el cambio climático al mismo tiempo que viaja en 'jets' privados,
exhorta a las clases medias y las populares de Occidente a que cambien
de hábitos, sean más responsables y pongan el dinero para pagar la
factura.
En esa tesitura, las clases medias y medias altas urbanas
recogen el mensaje y apuestan por una vida más ecológica, moderna y
sostenible, ya que tienen los recursos para ello, y tildan a quienes se resisten, en general clases medias bajas y clases populares,
de obsoletos, atrasados y reaccionarios. Convierten así un problema
estructural en un discurso moral, lo que permite que el reparto del
poder y de los recursos siga fluyendo hacia arriba.
Un segundo ejemplo aparece con la subida del salario mínimo
interprofesional, que ha encontrado gran resistencia entre las pymes. En
un escenario en el que la pequeña empresa tiene dificultades de
subsistencia, el aumento de los salarios y de las cotizaciones es
percibido como una piedra más en su camino, máxime cuando la acción política, en lugar de ampliar las posibilidades de mercado de estas empresas, las reduce.
El final de todo esto lo señala Rufián, que afirmaba este jueves en Twitter que “quienes dicen que cobrar un SMI de 950 euros
es excesivo son quienes dicen que cobrar uno de 6.000 euros es clase
media”. Es significativo que critique por insolidarios a quienes ganan
6.000 euros al mes mientras que apoya un Gobierno que no va a afrontar
una reforma impositiva para que el 1% más rico (ni tampoco el 10%) pague
impuestos. Es decir, si con el cambio climático las clases medias se
enfrentan a las populares mientras los millonarios salen indemnes, en este caso se enfrenta a las populares con las medias altas, y los verdaderamente ricos salen indemnes.
De modo que, por un lado y por otro, se construye un sentimiento de injusticia, de ser los penalizados, los que acaban pagando la fiesta, que deriva fácilmente en la sensación de ser estafados.
Esta culpabilización individual que no toca los problemas
estructurales acaba generando así efectos políticos, que son resueltos
de forma diferente desde las distintas opciones ideológicas. Las derechas, en especial las nuevas, proyectan este sentimiento hacia el exterior: son los de fuera, los países que se llevan las fábricas, los inmigrantes, Bruselas, China, los responsables; los progresistas, hacia el interior:
son las viejas élites, las viejas ideologías, los temerosos por las
nuevas costumbres, los que se niegan a evolucionar, el verdadero
obstáculo.
Y todo esto para que ni uno ni otro piensen en términos estructurales, y asuman que el modo de funcionamiento de nuestro sistema está causando problemas, y que requiere soluciones en ese plano.(...)" (Esteban Hernández, El Confidencial, 24/01/20)
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