"(...) La Gran Recesión
desató por todo el mundo movimientos que aspiraban a profundizar en la
democracia y extender los derechos sociales: la primavera árabe, el 15M,
los Occupy, YoSoy132, Nuit Debout… En general, predominaron los medios
pacíficos y asamblearios que trataban de generar consenso entre una
amplia mayoría social.
La idea dominante era la ejemplaridad colectiva:
la movilización ciudadana mostraría cómo se hace de verdad la democracia
para así rescatar las instituciones políticas de su secuestro por los
esbirros de la banca.
Una década después ha eclosionado una segunda oleada de
manifestaciones impulsadas por gente, a menudo muy joven, que no se hace
ilusiones respecto a la posibilidad de reiniciar el sistema y sienten
una desafección extrema hacia la policía y la judicatura. En los inicios
de esta década, millones de personas acusaron a los políticos de
haberse desentendido de sus obligaciones para aliarse con las élites
económicas, de no hacer, en suma, su trabajo.
Cada vez más activistas
parecen convencidos de que políticos, policías y jueces están haciendo
exactamente su trabajo: proteger a los ricos y sus propios privilegios.
Es una suposición verosímil para quienes, sin ir más lejos, han crecido
viendo cómo un comisario de policía manipulaba la democracia española
por encargo de bancos a los que hemos regalado 60.000 millones de euros,
el equivalente al PIB de Senegal.
Y es, sobre todo, la respuesta a una oleada antidemocrática
característica de la Gran Recesión en su fase avanzada. Tras un primer
ciclo de austericidio y terapia de shock financiero, las clases altas de todo el mundo han dado su nihil obstat a las intervenciones iliberales, ya sea el destropopulismo europeo o el golpe de Estado racista en Bolivia.
La peculiaridad española es la continuidad entre ambas etapas
reactivas: aquí desde el primer momento hemos vivido una espiral
represiva cuyo último episodio es la ley mordaza de Internet.
Cabría pensar que el principal problema de seguridad pública en un
país en el que cientos de políticos y empresarios han pasado por los
tribunales es la corrupción. La vigorosa respuesta gubernamental a esta
criminalidad sistémica ha sido entorpecer el derecho de movilización y
expresión de personas que, entre otras cosas, protestan contra la
corrupción. Por eso ningún otro país europeo ha recibido con tanta normalidad el ascenso de un partido que cuenta entre sus filas con un impactante número de skinheads neonazis.
El programa de la extrema derecha española es, en el fondo, modesto:
profundizar una contrarreforma liberticida ya en curso. Si los
reaccionarios españoles aspiran a hacer historia cerrando medios de
comunicación, persiguiendo a políticos de izquierdas o impidiendo la
supervisión ciudadana del trabajo policial se van a llevar un chasco:
llegan con años de retraso." (César Rendueles, El País, 22/12/19)
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