"El resultado electoral de Teruel Existe, las protestas del sector
olivarero en Jaén o los disturbios protagonizados por agricultores
extremeños en Don Benito, son todas ellas caras de la misma moneda. El
malestar en los territorios periféricos de las grandes urbes
metropolitanas se viene gestando desde hace tiempo, pese a la sorpresa
generalizada con las que se ha acogido su estallido.
Las zonas agrarias y ganaderas están sufriendo lo mismo que en su día
padecieron los obreros con la desindustrialización. En un tiempo en el
que la polarización del empleo es la regla general de nuestros mercados
laborales, en el que por un lado, existen grupos profesionales muy bien
remunerados (como por ejemplo, los vinculados a las grandes
tecnológicas) y por otro, empleos precarios, inestables y mal
remunerados.
El geógrafo francés Christophe Guilluy afirma en su
obra ‘No society. El fin de la clase media occidental’ que sobre las
ruinas de la clase media occidental —la cual se encuentra en proceso de
extinción— conducido por categorías que ayer estaban social o
culturalmente enfrentadas, pero que hoy comparten la misma percepción de
la globalización, ha emergido el mundo de las periferias.
Apartados de
las grandes metrópolis, sin conciencia de clase, esos obreros,
empleados, campesinos, trabajadores independientes, representan en el
conjunto de los países desarrollados un potencial mayoritario a los que
asola una doble inseguridad: una social, vinculada a los efectos
socioeconómicos, y otra, cultural, vinculada a la sociedad
multicultural.
Asistimos así a una recomposición de las clases sociales,
especialmente la trabajadora, que hoy en día, sin conciencia de
pertenencia a la misma, tienen como denominador común la percepción de
los efectos de la globalización, los cuales consideran que les convierte
en «perdedores» del modelo económico imperante.
De esta forma, tenemos a
trabajadores, empleados y agricultores que comparten precariedad,
incertidumbre, expectativas frustradas y una relegación territorial y
cultural que confluyen en sus demandas sociales y, también, en muchas
ocasiones en su voto a formaciones populistas.
Por su parte, la relegación territorial tiene una consecuencia
directa que supone que estas clases populares no vivan en lugares donde
se crea empleo, al contrario de lo que ocurre en las grandes ciudades.
Se genera así otra dificultad añadida que supone la imposibilidad,
incluso, de acceder fácilmente a empleos precarios, a diferencia de las
grandes urbes donde la rotación en este tipo de empleos es más viable.
Esta periferia que no es solo la de territorios rurales, lo son
también ciudades de tamaño medio, capitales de provincia y regiones
(como Asturias o Extremadura) que viven desde hace décadas en una
decadencia continua, sin perspectiva de futuro y que ven como cada año
su población activa decrece y emigra hacia esas «aspiradoras» en las que
se han convertido las grandes metrópolis como Madrid o Barcelona.
Las respuestas hacia las posiciones de la periferia se han basado de
forma recurrente en un desprecio continuado. Así, el escepticismo de los
obreros frente al modelo globalizado y la construcción europea se ha
traducido en considerar a estos como ignorantes que se resisten al
progreso. De la misma forma, la demanda de regulación era contemplada
como una señal de repliegue identitario.
Ejemplo de ello son las
explicaciones que en reiteradas ocasiones se dan respecto a los
resultados electorales de opciones populistas, especialmente las
relativas a la ultraderecha, o en votaciones como la del Brexit,
cuestión directamente relacionada con la demanda de regulación y de
«tomar el control» —lema de campaña de la opción del Brexit—. La esfera
dominante usa esta postergación cultural para acelerar el proceso de
marginalización y exclusión intelectual de la antigua clase media
occidental.
En el caso de las recientes protestas agrarias en España las
respuestas en esta dirección no se han hecho esperar. Acusaciones de que
las protestas están promovidas por los terratenientes y por la derecha,
son acompañadas por afirmaciones de que reciben cuantiosas subvenciones
que recuerdan a las quejas que en su día se vertían contra los
subsidios de las zonas mineras o metalúrgicas, mientras sufrían una
desindustrialización masiva que era sustituida por la precarización de
los puestos de trabajo alternativos.
Por último, esta reconfiguración social se está traduciendo en
cambios políticos. La fractura generacional del voto, sumada a la de
periferia/ciudad, proseguirán aumentando por el peso que va a desempeñar
el eje proteccionismo/globalismo, el cual aún no ha sido explotado por
ningún partido español." (Eduardo Bayón, Debate21, 31/01/20)
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