"Casi se puede oler el sudor cargado de miedo que rezuma por los poros de las emisoras de televisión y los posteos en las redes sociales, a medida que finalmente el establishment político
y mediático advierte lo que el coronavirus realmente significa. Y no
estoy hablando de la amenaza que supone para nuestra salud.
Una
visión del mundo que durante casi dos generaciones ha desplazado a
todas las otras se está derrumbando. No tiene respuestas para el
actual atolladero. Hay una especie de karma trágico en el hecho de
que tantos países importantes, es decir, economías importantes,
están hoy en día dirigidos por los hombres menos capacitados
ideológica, emocional y espiritualmente para hacer frente al virus.
Esto
está quedando expuesto con claridad en todo Occidente, pero el Reino
Unido es un caso de estudio particularmente revelador.
Arrastrando
los pies
El
fin de semana se supo que Dominic Cummings, el poder ideológico que
está detrás de Boris Johnson, el primer ministro bufón, fue clave
para retrasar la respuesta del gobierno británico al coronavirus, lo
que llevó a Gran Bretaña por el camino italiano (malo) de contagio
en lugar del surcoreano (bueno).
Según
los informes
de los medios
de comunicación de este fin de semana, Cummings inicialmente
paralizó la acción del gobierno, argumentando sobre la plaga que se
avecinaba que “si eso significa que algunos pensionistas mueran,
mala suerte”. Ese enfoque explica que el arrastre de pies durante
muchos días, y los días posteriores de vacilación, que sólo ahora
está llegando a una resolución.
Cummings,
por supuesto, niega haber hecho esa declaración, calificando la
acusación de “difamatoria”. Pero prescindamos de las
formalidades. ¿Alguien realmente −realmente−
cree que ese no fue el primer pensamiento de Cummings y de la mitad
del gabinete, al enfrentarse a un inminente contagio que
−percibieron− estaba a punto de desenmascarar la teoría social y
económica que durante toda su carrera política se han dedicado a
convertir en un culto de masas? Una teoría económica de la cual
−por feliz coincidencia− derivan su poder político y sus
privilegios de clase.
Y
por supuesto, estos monetaristas duros ya se están convirtiendo en
socialistas de mentira para enfrentar las primeras semanas de la
crisis. Y hay muchos meses más por delante. (...)
Desde
el colapso financiero de 2008, los conservadores han recortado hasta
la médula los gastos sociales y de bienestar, creando una enorme
clase marginada en Gran Bretaña, y han dejado a las autoridades
locales sin dinero e incapaces de cubrir el déficit. Durante la
última década, el gobierno conservador excusó su enfoque brutal
con el mantra de que no había un “árbol mágico del dinero”
para ayudar en tiempos de dificultades. (...)
El
“neoliberalismo” se convirtió en un término mistificador, usado
para reformular el insostenible capitalismo corporativo de la última
etapa no sólo como un sistema racional y justo, sino como el único
sistema que no implicaba gulags o colas por el pan.
No
sólo los políticos británicos (incluyendo la mayoría del partido
laborista) lo suscribieron, sino que también lo hicieron todos los
medios de comunicación corporativos, aun cuando el ‘liberal’ The
Guardian se estrujara
las manos
muy ocasionalmente y de forma totalmente ineficaz respecto a si no
sería el momento de hacer que este capitalismo exacerbado fuera un
poco más cuidadoso.
Sólo
los ilusos y peligrosos ‘devotos’ de Corbyn pensaban de otra
manera.
Pero
de repente, parece que los conservadores han encontrado ese árbol
mágico del dinero después de todo. Estuvo ahí todo el tiempo, y
aparentemente tiene muchas frutas de baja altura a las que el resto
de nosotros/as podemos acceder.
No
hace falta ser un genio como Dominic Cummings para ver lo
políticamente aterrador que es este momento para el sistema. La
historia que nos han estado contando durante 40 años o más sobre
las duras realidades económicas está a punto de ser expuesta como
un cuento de hadas interesado. Nos han mentido, y pronto vamos a
entender eso muy claramente. (...)
La
actual desesperación de la clase política y de los medios de
comunicación tiene una causa sustancial −y una que debería
preocuparnos tanto como el propio virus−.
Hace
doce años el capitalismo se tambaleó al borde del abismo,
exponiendo sus fallas estructurales ante cualquiera que se preocupara
por mirar. El colapso de 2008 casi rompió el sistema financiero
mundial. Fue salvado por nosotros, la gente. El gobierno metió la
mano a fondo en nuestros bolsillos y transfirió nuestro dinero a los
bancos. O más bien a los banqueros.
Salvamos
a los banqueros −y a los políticos− de su incompetencia
económica a través de rescates que fueron de nuevo mistificados
llamándoles “alivio cuantitativo”.
Pero
nosotros no fuimos los recompensados. No éramos dueños de los
bancos ni teníamos una participación significativa en ellos. Ni
siquiera obtuvimos supervisión a cambio de nuestra enorme inversión
pública. Una vez que los salvamos, los banqueros volvieron a
enriquecerse y a enriquecer a sus amigos de la misma manera que
estancó la economía en 2008.
Los
rescates no arreglaron el capitalismo; simplemente retrasaron un poco
más su inevitable colapso.
El
capitalismo sigue siendo estructuralmente defectuoso. Su dependencia
de un consumo en constante expansión no puede responder a las crisis
ambientales que necesariamente conlleva dicho consumo.
(...) el capitalismo está ahora en modo de supervivencia. Es por eso que
los gobiernos occidentales, por un tiempo, tratarán de “rescatar”
también a algunos sectores de su sociedad, devolviéndoles parte de
la riqueza común que ha sido extraída durante muchas décadas.
Estos gobiernos tratarán de ocultar por un tiempo más el hecho de
que el capitalismo es totalmente incapaz de resolver las mismas
crisis que ha creado. Tratarán de comprar nuestra continua
deferencia hacia un sistema que ha destruido nuestro planeta y el
futuro de nuestros hijos.
No
funcionará indefinidamente, como Dominic Cummings sabe muy bien. Por
eso el gobierno de Johnson, así como la administración Trump y sus
calcos de Brasil, Hungría, Israel, India y otros lugares, están en
proceso de redactar una legislación
de emergencia draconiana
que tendrá un objetivo de más largo plazo que el inmediato de
prevenir el contagio.
Los
gobiernos occidentales llegarán a la conclusión de que ha llegado
el momento de reforzar el sistema inmunológico del capitalismo
contra su propia gente. El riesgo es que, cuando tengan la
oportunidad, empezarán a tratarnos a nosotros, no al virus, como la
verdadera plaga." ( , Rebelión, 27/03/20)
No hay comentarios:
Publicar un comentario