"Todo
está yendo muy rápido. Ninguna pandemia fue nunca tan fulminante y de
tal magnitud. Surgido hace apenas cien días en una lejana ciudad
desconocida, un virus ha recorrido ya todo el planeta y ha obligado a
encerrarse en sus hogares a miles de millones de personas. Algo sólo
imaginable en las ficciones post-apocalípticas…
A
estas alturas, ya nadie ignora que la pandemia no es sólo una crisis
sanitaria. Es lo que las ciencias sociales califican de « hecho social total »,
en el sentido de que convulsa el conjunto de las relaciones sociales, y
conmociona a la totalidad de los actores, de las instituciones y de los
valores.
La
humanidad está viviendo -con miedo, sufrimiento y perplejidad- una
experiencia inaugural. Verificando concretamente que aquella teoría del
« fin de la historia » es una falacia… Descubriendo que la historia es,
en realidad, impredecible. Nos hallamos ante una situación enigmática.
Sin precedentes1.
Nadie sabe interpretar y clarificar este extraño momento de tanta
opacidad, cuando nuestras sociedades siguen temblando sobre sus bases
como frente a un cataclismo cósmico. Y no existen señales que nos ayuden a orientarnos… Un mundo se derrumba. Cuando todo termine la vida ya no será igual.
Hace
apenas unas semanas, decenas de protestas populares se habían
generalizado a escala planetaria, de Hong Kong a Santiago de Chile,
pasando por Teherán, Bagdad, Beirut, Argel, París, Barcelona y Bogotá.
El nuevo coronavirus las ha ido apagando una a una a medida que se
extendía por el mundo… A las escenas de masas festivas ocupando calles y
plazas, suceden las insólitas imágenes de avenidas vacías, mudas,
espectrales. Emblemas silenciosos que marcarán para siempre el recuerdo
de este extraño momento.
Estamos
padeciendo en nuestra propia existencia el famoso ‘efecto mariposa’ :
alguien, al otro lado del mundo, se come un extraño animal y tres meses
después, media humanidad se encuentra en cuarentena… Prueba de que el
mundo es un sistema en el que todo elemento que lo compone, por
insignificante que parezca, interactúa con otros y puede influenciar el
conjunto.
Angustiados,
los ciudadanos vuelven sus ojos hacia la ciencia y los científicos
-como antaño hacia la religión- implorando el descubrimiento de una
vacuna salvadora cuyo proceso requerirá largos meses. Porque el sistema
inmunitario humano necesita tiempo para producir anticuerpos, y algunos
efectos secundarios peligrosos pueden tardar en manifestarse…
La
gente busca también refugio y protección en el Estado que, tras la
pandemia, podría regresar con fuerza en detrimento del Mercado. En
general, el miedo colectivo cuanto más traumático más aviva el deseo de
Estado, de Autoridad, de Orientación. En cambio, las organizaciones
internacionales y multilaterales de todo tipo (ONU, Cruz Roja
Internacional, G7, G20, FMI, OTAN, Banco Mundial, OMC, etc.) no han
estado a la altura de la tragedia, por su silencio o por su
incongruencia.
El planeta descubre, estupefacto, que no hay comandante a
bordo… Desacreditada por su complicidad estructural con las
multinacionales farmacéuticas2,
la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) ha carecido de
suficiente autoridad para asumir, como le correspondía, la conducción de
la lucha global contra la nueva plaga.
Mientras tanto, los Gobiernos asisten impotentes a la irrefrenable diseminación por todos los continentes3
de esta peste nueva. Contra la cual no hay ni vacuna, ni medicamento,
ni cura, ni tratamiento que elimine el virus del organismo4… Y eso va a durar5… Mientras el germen siga presente en algún país, las re-infecciones serán inevitables y cíclicas.
Lo más probable es que esta epidemia no logre pararse antes de que el
microbio haya contagiado en torno al 60% de la humanidad.
Lo
que parecía distópico y propio de dictaduras de ciencia ficción se ha
vuelto ‘normal’. Se multa a la gente por salir de su casa a estirar las
piernas, o por pasear su perro. Aceptamos que nuestro móvil nos vigile y
nos denuncie a las autoridades. Y se está proponiendo que quien salga a la calle sin su teléfono sea sancionado y castigado con prisión.
El
largo autismo neoliberal es ampliamente criticado, en particular a
causa de sus políticas devastadoras de privatización a ultranza de los
sistemas públicos de salud que han resultado criminales, y se revelan
absurdas. Como ha dicho Yuval Noah Harari : « Los
Gobiernos que ahorraron gastos en los últimos años recortando los
servicios de salud, ahora gastarán mucho más a causa de la epidemia6. »
Los gritos de agonía de los miles de enfermos muertos por no disponer
de camas en las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) condenan para
largo tiempo a los fanáticos de las privatizaciones, de los recortes y
de las políticas austeritarias.
Se
habla ahora abiertamente de nacionalizar, de relocalizar, de
reindustrializar, de soberanía farmacéutica y sanitaria. La economía
mundial se encuentra paralizada por la primera cuarentena global de la
historia. En el mundo entero hay crisis, a la vez, de la demanda y de la
oferta. Unos ciento setenta países (de los ciento noventa y cinco que
existen) tendrán un crecimiento negativo en 2020.
O sea, una peor
tragedia económica que la Gran Recesión de 1929. Millones de empresarios
y de trabajadores se preguntan si morirán del virus o de la quiebra y
del paro. Nadie sabe quién se ocupará del campo, si se perderán las
cosechas, si faltarán los alimentos, si regresaremos al racionamiento…
El apocalipsis está golpeando a nuestra puerta.
La
única lucecita de esperanza es que, con el planeta en modo pausa, el
medio ambiente ha tenido un respiro. El aire es más transparente, la
vegetación más expansiva, la vida animal más libre. Ha retrocedido la
contaminación atmosférica que cada año mata a millones de personas. De
pronto, la naturaleza ha vuelto a lucir tan hermosa… Como si el
ultimatum a la Tierra que nos lanza el coronavirus fuese también una
desesperada alerta final en nuestra ruta suicidaria hacia el cambio
climático : « ¡Ojo ! Próxima parada : colapso. »
En
la escena geopolítica, la espectacular irrupción de un actor
desconocido -el nuevo coronavirus- ha desbaratado por completo el
tablero de ajedrez del sistema-mundo. En todos los frentes de guerra
-Libia, Siria, Yemen, Afganistán, Sahel, Gaza, etc.-, los combates se
han suspendido… La peste ha impuesto de facto, con más autoridad que el propio Consejo de Seguridad, una efectiva Pax Coronavírica…
En
política internacional, la pavorosa gestión de esta crisis por el
presidente Donald Trump asesta un golpe muy duro al liderazgo mundial de
los Estados Unidos que no han sabido ayudarse ellos ni ayudar a nadie.
China en cambio, después de un comienzo errático en el combate contra la
nueva plaga, ha conseguido recobrarse, enviar ayuda a una centenar de
países, y parece sobreponerse al mayor trauma sufrido por la humanidad
desde hace siglos. El devenir del nuevo orden mundial podría estar
jugándose en estos momentos…
De
todos modos, la impactante realidad es que las potencias más poderosas y
las tecnologías más sofisticadas han resultado incapaces de frenar la
expansión mundial de la covid-197, enfermedad causada por el coronavirus SARS-CoV-28, el nuevo gran asesino planetario. (...)" (Ignacio Ramonet, La Jornada, 25/04/20)
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