"Cuando Alexandra Micutaru llama por teléfono, no sabe qué
va a encontrarse al otro lado. Como trabajadora social del barrio de San
Blas-Canillejas, uno de los más vulnerables de Madrid, está
acostumbrada a ver y oír casos de todo tipo.
Pero estos días el volumen y tipo de expedientes que atiende hacen que el trabajo sea distinto: “Ahora mismo hay muchísimas situaciones graves y las quieres llamar a todas el mismo día, no dejarlo para mañana”, cuenta. “Tienes la sensación de que nunca es suficiente y eso frustra mucho, aunque intento contabilizar lo que hago para darme un poco de tranquilidad mental”.
Pero estos días el volumen y tipo de expedientes que atiende hacen que el trabajo sea distinto: “Ahora mismo hay muchísimas situaciones graves y las quieres llamar a todas el mismo día, no dejarlo para mañana”, cuenta. “Tienes la sensación de que nunca es suficiente y eso frustra mucho, aunque intento contabilizar lo que hago para darme un poco de tranquilidad mental”.
Como el resto de sus compañeros,
dos días a la semana atiende los expedientes que le corresponden desde
su casa. Los demás días tiene citas presenciales en el centro para
determinar qué medida es la más adecuada para cada uno.
No se trata solo
de llenar la nevera con los 'packs' de alimentos que reparten para cada
vez más familias, también de cubrir otras necesidades que el
coronavirus va dejando a su paso: ayudas para pagar el alquiler,
derivaciones a abogados, atención psicológica, a la soledad... Hasta imprimir deberes para los niños que no tienen dónde hacerlo.
“Llegan
personas que necesitan lo más básico: pañales, medicamentos o dinero
para pagar una habitación de alquiler. Pero también gente que busca
orientación laboral o cursos que hacer en casa”, cuenta Alexandra.
“También estamos atendiendo a personas mayores que están solas,
o se han quedado solas a raíz de esto: miramos si están bien, hacemos
videollamadas, les enseñamos ejercicios para que hagan en casa, o
buscamos algún vecino o familiar que pueda estar pendiente”.
Las más visibles son las ‘colas del hambre’
que se amontonan a las puertas los días de reparto de 'packs'. Ahora
mismo, en Madrid, los servicios sociales están asistiendo con ayudas de
alimentos a 82.000 personas, 30.000 familias. Pero
quizá el dato que mejor refleja la emergencia social es el aumento de
personas que acuden por primera vez a estos centros: si el año pasado
por estas cifras había 9.000 nuevos usuarios, este año van por los
22.000. Y lo peor, una vez pasada la crisis sanitaria, está por llegar.
“Hemos
hecho un diagnóstico y previsión de área con encuestas a personas que
ya están notando la crisis social para ver a qué nos enfrentamos y los
datos que salen a relucir son tremendos”, afirma Pepe Aniorte, director
del Área de Familias, Igualdad y Bienestar Social del Ayuntamiento de
Madrid. “Uno de ellos es que si hasta ahora había un 6% de población que acude a servicios sociales, esta cifra puede llegar al 22%, que es la cantidad de gente que cree que lo va a necesitar. La crisis social va a ser similar a la de la posguerra”.
El grupo poblacional más afectado son las familias con hijos: El 46% de las de ellas ya han sufrido bajada de ingresos a causa del confinamiento, aunque la perspectiva es que la crisis acabe afectando al 64% de los hogares,
según el mismo informe del consistorio madrileño basado en encuestas.
“Sobre todo monoparentales, la mayoría conformadas por mujeres”, explica
Aniorte.
Quienes llegan a los servicios sociales por primera vez lo hacen en estado de 'shock' al verse en una situación que siempre les había parecido ajena.
“Antes del coronavirus sobre todo venía población inmigrante y muchos
solicitantes de asilo. Ahora acuden muchas más personas españolas de
origen, que se han visto en esta situación de repente. Padres de familia normales y corrientes, con trabajos normalizados. Gente como tú o como yo”, cuenta Ana Zapardiel, otra de las trabajadoras del centro de San Blas-Canillejas, al este de Madrid.
“Tengo el caso ahora de un papá separado con custodia compartida y dos
hijos. Un trabajo normalizado con un poder adquisitivo medio, no bajo”,
continúa. “Y de repente la empresa le manda a un ERTE que todavía no ha
cobrado", continúa. "Paga 800 euros de hipoteca y el banco no le ha dado
la moratoria. Estaba desesperado y alucinando de tener que acudir aquí. Tenemos en la cabeza que los servicios sociales son para otro tipo de personas”. (...)
En las filas a las puertas de los centros sociales, el perfil de trabajadores de hostelería y empleadas de hogar
es cada vez más frecuente, según cuentan quienes les atienden. También
el de personas que vivían de la economía sumergida o la construcción.
Sin embargo, esto irá cambiando a medida que avanza la crisis económica y
el grupo de los más vulnerables se vaya extendiendo: “Ahora son las
personas que están de ERTE, hostelería, turismo... Sectores que antes habían sido un colchón. Pero irán viniendo otros de profesiones que vayan cayendo”, añade Aniorte.
“Mucha
gente siente que tantos esfuerzos han quedado en nada”, comparte
Alexandra sobre los casos que recibe a diario. “Además de las
necesidades económicas, noto mucha necesidad de encajarlo a nivel mental y emocional:
cómo contárselo a los hijos, al entorno… Las llamadas ahora se alargan
entre 20 y 30 minutos. Tienen mucha necesidad de hablar”.
En su caso, ha empezado a hacer yoga y cursos de 'coaching' para poder
gestionar este tipo de situaciones, porque la situación también les está
sobrepasando a ellos: “Estamos acostumbrados a todo, pero conciliar ese
volumen de trabajo y la vida familiar es complicado. Te sientas al
ordenador, lees lo que te llega del 010: ‘no me da ni para un cartón de leche’. Y
uno es humano…”, comparte también Ana. “Pero sobre todo te frustra no
poder atender de manera urgente todo lo que entra. Lo hemos ido haciendo
como hemos podido, especialmente al principio. Igual tardábamos tres días en contestar una llamada, pero es que no podíamos con más”.
En el centro social de Villaverde, al sur de Madrid, ha
habido días que han recibido “500, 600, 800...” llamadas a repartir
entre, como mucho, 25 trabajadores. “Porque claro, ha habido varias
bajas médicas por ansiedad, es muy duro. No hemos tenido horario, hemos trabajado sábados, domingos o festivos, los días que ha hecho falta”, cuenta Teresa Barquilla, jefa del equipo del centro.
Aunque
la emergencia social es palpable ahora, en los centros de los barrios
más deprimidos económicamente aseguran que llevan sin parar desde, al
menos, el 6 de marzo cuando se cerraron los centros de mayores. “Ha sido una montaña rusa. Luego vino el pico por los cierres de colegios y comedores,
y luego ya el provocado por el estado de alarma”, explica Barquilla.
“Se dice que la UCI ahora es social, pero lo cierto es que estamos así
desde el primer día”. (...)
Uno de los problemas que están intentado mejorar a marchas forzadas
es la complejidad administrativa y el exceso de burocracia que rodea
habitualmente a esta administración para poder acercar la solución a
cada emergencia. “El 90% de la necesidad ahora mismo es alimentación,
pero también estamos poniendo en marcha ‘ayudas exprés’ económicas para
que, si es un problema puntual, puedan salir del paso de manera
autónoma y no se complique más”, añade Aniorte. Así, las tres semanas de
plazo que tardaban en tramitarse este tipo de ayudas ha pasado a
resolverse en dos o tres días.
Pero el gran problema es
la falta de trabajadores disponibles para absorber y hacer frente a la
demanda social. “El modelo necesita una revisión”, reconoce Aniorte.
“Los servicios sociales de Madrid están anclados en los años ochenta:
sobra burocracia y falta personal, y eso se está notando en esta
crisis”. En los 21 distritos de la capital, hay repartidos 900
trabajadores entre atención directa y tramitaciones. (...)" (María Zuil, El Confidencial, 25/05/20)
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