"El espacio natural de las asociaciones vecinales es la
calle. Nuestra actividad gira en torno a nuestra comunidad más próxima y
nuestros locales y nosotros mismos estamos siempre abiertos al
vecindario.
Pero llegó la epidemia y nos enviaron a casa;
había que protegerse de un virus desconocido que muy pronto empezó a
llevarse la vida de familiares y amigos. Las personas más frágiles eran
las de mayor edad y comprendimos que si no iban a poder salir a la calle
las teníamos que ayudar; así fue como empezamos a organizarnos para
poder echarles una mano en tareas tan simples como hacerles la compra,
pasear a sus mascotas o tirarles la basura. Era el inicio de una cadena
de solidaridad.
No fue difícil organizarnos pues
partíamos de nuestra experiencia en asociaciones y colectivos.
Entendimos que teníamos que actuar rápidamente, y así, a través de la
tecnología más próxima y usada en el barrio que era el Whatssap,
montamos grupos de trabajo.
Nuestro contacto a través de la FRAVM con asociaciones y
redes de otros distritos y municipios de Madrid hizo que en pocos días
estuviésemos plantando cara a esta nueva situación con más imaginación
que medios. Lo que no se nos ocurría a unos se les ocurría a otros, y
así, compartiendo esfuerzo y trabajo, fuimos articulando una red de
solidaridad a la que muy pronto y gracias a la difusión de lo que
estábamos haciendo se fueron añadiendo voluntarios y voluntarias de
forma espontánea.
Estas personas llegaban a nuestras organizaciones con
ganas de sumar, y muchas de ellas, aunque nunca antes habían participado
en asociación alguna, entendían que podían ser útiles y se ofrecían
para hacer cualquier tarea.
Los primeros días fueron
pasando, y mientras ayudábamos a las personas de riesgo guardando
siempre todas las medidas de seguridad a nuestro alcance (guantes,
mascarilla y nunca contacto físico) nos llegaron los primeros casos de
familias que habían perdido sus ingresos, con economías débiles:
sin ahorros, con empleos precarios que a duras penas les permitían
llegar a final de mes.
Tuvimos que abrir las cuentas para donaciones con
las que paliar más necesidades: comida, pañales, gastos farmacéuticos y
un sinfín de peticiones.
La solidaridad llama a la
solidaridad y el pequeño comercio que siempre ha estado ahí comenzó a
donarnos alimentos. Con ellos respondemos también a las “colas del hambre”
que nuestro barrio vive cada día. Las mascarillas nos ocultan medio
rostro pero hacen que nos fijemos en la parte más expresiva de nuestra
cara: los ojos. Hay que estar en esas colas y mirar a los ojos de la
gente, que transmiten tristeza, angustia y vergüenza. De las miradas
pasamos a las palabras y nos abren sus vidas, comprendemos que entre
esas personas y nosotros existe una fina línea y que en un revés de la
vida podríamos ser parte de esa fila.
Una vez más la asociaciones vecinales hemos dado un paso al frente para ayudar."
(Javier Cuenca pertenece
de la Asociación Vecinal La Incolora de Villaverde Alto, y es
vicepresidente de la FRAVM y miembro de la Red Vecinal de Villaverde
Alto, El País, 25/05/20)
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