"Obsesionado con el comunismo, el Papa polaco fue clave en
el final de la Guerra Fría, pero también en la restauración de un
modelo de Iglesia ortodoxa y rígida, frente a los vientos de reforma
surgidos tras el Concilio Vaticano II.
Y es que, a lo
largo de tres décadas, Juan Pablo II –con la inestimable ayuda de su
mano derecha y sucesor, Joseph Ratzinger– se dedicó a fondo a dinamitar
esa Iglesia 'en salida' que hoy trata de reivindicar el Papa Francisco,
entre crecientes dificultades por los grupos más ultraconservadores.
Los
'perdedores del Concilio' entre los que se encontraban Wojtyla y
Ratzinger, consiguieron encumbrar las tesis más conservadoras, y acabar
con las esperanzas de renovación de la Iglesia católica. Al menos hasta
ahora.
El 'legado' de Wojtyla
¿Cuál es el legado, hoy,
del Papa viajero? En opinión del teólogo Juan José Tamayo, "Juan Pablo
II, con el asesoramiento ideológico del cardenal Ratzinger, convirtió la
primavera teológica del Vaticano II en un largo invierno. Condenó las
tendencias más creativas de la teología: teología de la liberación,
teología feminista, teología del pluralismo religioso, impuso censura a
los libros de estas teología, retiró de la cátedra a nuestros libros,
nos retiró de las cátedras".
Junto a ello, Wojtyla
entregó el poder de la Iglesia a los movimientos más conservadores,
desde el Opus Dei al Camino Neocatecumenal, pasando por Comunión y
Liberación o los Legionarios de Cristo, a cuyo líder, el pederasta
Marcial Maciel, el Papa polaco llegó a considerar 'apóstol de la
juventud', haciendo oídos sordos a las crecientes acusaciones de abuso
sexual contra el religioso mexicano.
Porque, además de
perseguir a los teólogos progresistas, la otra gran herencia de Juan
Pablo II fue el silencio ante el drama de la pederastia en la Iglesia.
Durante décadas, la jerarquía eclesiástica minusvaloró y ocultó los
abusos a menores por parte de clérigos en todo el mundo, y protegió a
los abusadores. El de Maciel fue el caso más paradigmático, pero la
lista de depredadores que salieron indemnes durante los años de
pontificado de Juan Pablo II (1978-2005) resulta innumerable.
Su pontificado
estuvo marcado por la lucha de bloques: comunismo-capitalismo,
conservadores-progresistas, recta ortodoxia-teología de la Liberación.
Juan Pablo II fue un Papa recto, duro, con las ideas muy claras. "¡No
tengáis miedo!", proclamaba al comienzo de su Papado. Pero hubo muchos
que acabaron temiendo, y mucho, a Wojtyla.
Eliminar la disidencia
Ambos,
Wojtyla y Ratzinger, se volcaron en eliminar toda disidencia,
especialmente en Latinoamérica, donde la Teología de la Liberación se
había convertido en un peligro para los vientos que, entonces, soplaban
en Roma. Famosas fueron sus 'broncas' con el arzobispo Óscar Romero
–justo antes de su asesinato, en El Salvador– o con el recientemente
fallecido Ernesto Cardenal por formar parte del Gobierno sandinista en
Nicaragua, o su falta de reacción ante los asesinatos de Ellacuría y
compañeros jesuitas en la UCA en 1989.
Juan Pablo
II fallecía el 2 de abril de 2005, después de varios meses de intenso
sufrimiento. Tras su muerte, la proclamación como 'santo súbito', su
pronta beatificación y posterior canonización lo convertían en un ser
mítico. La elección de Ratzinger como su sucesor parecía suponer que
todo estaba atado y bien atado en la Iglesia, pero la histórica renuncia
de Benedicto XVI posibilitó un cambio en la Capilla Sixtina.
Francisco
es, probablemente a su pesar, una suerte de 'revancha' de la Historia
de la Iglesia, que está volviendo, medio siglo después (los tiempos de
la institución son un misterio) a ese Concilio que quedó congelado
durante las décadas de poder de Wojtyla.
Paralelamente,
la imagen de un Papa santo se ha visto opacada por el drama de los
abusos sexuales, y la sensación –cada vez más, la certeza–, de que Roma
sabía y que no quiso hacer nada al respecto más que lavar los trapos
sucios.
El ejemplo del depredador Marcial
Maciel, amigo y colaborador del Papa Wojtyla es el más evidente de una
lista de casos que, hoy lo sabemos, contaron con el cerrojazo del
Vaticano. Nadie investigó, nadie quiso saber. ¿De verdad Juan Pablo II
no supo nada?, se preguntan las víctimas, que han llegado a exigir que
se revoque su declaración de santidad, algo imposible (e impensable) en
la Iglesia católica.
¿Merece ser santo?
El domingo Francisco
celebró su misa matutina –la última en ser transmitida online, pues las
iglesias italianas y vaticanas vuelven a abrir este lunes– en el altar
de su santo antecesor. Pero, ¿merece seguir siendo considerado santo?
El
sacerdote Celso Alcaina fue funcionario del Vaticano en la década de
los 70. Encargado, entre otras cuestiones, de las causas de
beatificación romanas, opina que "no se ha tenido en cuenta la repulsa
de muchos fieles hacia Juan Pablo II, particularmente –pero no sólo– por
la involución operada respecto al Concilio Vaticano II. También por su
conocida desidia o complacencia en el tratamiento de eclesiásticos
pederastas".
"Era un hombre de Dios, pero no es
necesario hacerlo santo", llegó a decir el cardenal jesuita Carlo María
Martini, el único contrapeso con cierto nivel que, durante décadas, tuvo
el tándem Wojytla-Ratzinger en Italia. El arzobispo de Milán fue uno de
los 114 testigos llamados a prestar declaración durante el proceso de
canonización de Juan Pablo II y, tal y como revela el historiador Andrea
Riccardi, observaba con recelo el que Juan Pablo II fuera a ser
proclamado santo. El propio Bergoglio, que finalmente fue quien firmó el
decreto de canonización de Wojytla, prestó en su día testimonio en el
proceso de canonización y admitió no compartir muchas cosas del Papa
polaco.
Con su canonización, pareciera que se bendecía
todo un pontificado, marcado por la represión de los teólogos
progresistas, la restauración del modelo anterior al Concilio y el
surgimiento de una Iglesia de la condena en lugar de la propuesta.
Para
Tamayo, la canonización de Juan Pablo II "no le libera de esos
gravísimos errores que tuvo a lo largo de sus 33 años de pontificado".
"Los dos comportamientos más perversos del último siglo en la Iglesia
católica fueron el silencio del Pío XII ante el Holocausto, y el
silencio y la complicidad del Vaticano, y de amplios sectores de todo el
mundo, en relación con la pederastia".
Para el
teólogo, "los abusos fueron un cáncer con metástasis que empezó en la
década de los 40 y que nunca se llegó a extirpar. Ambos comportamientos
reflejan una falta de misericordia y de compasión con las víctimas que
necesitan una condena de la historia". (Jesús Bastante, eldiario.es, 18/05/20; fuente: religiondigital.org)
No hay comentarios:
Publicar un comentario