"Algunas negociaciones se parecen a un baile de tango. La coreografía
empieza con un movimiento en el que una de las partes avanza tres firmes
pasos al mismo tiempo que su partenaire retrocede. Si hablamos
de la danza esta tensión describe un juego sensual de atracciones, pero
cuando hablamos de negociaciones, la música se apaga y la escena se
parece más a una disputa con ceños fruncidos.
Esto es lo que pasa hoy
entre Argentina y sus acreedores externos quienes desde comienzos de
este año iniciaron las conversaciones para resolver de qué manera el
país pagaría alrededor de 66,000 millones de dólares de su deuda
externa.
El recorrido comenzó en diciembre de 2019. El ministro de Economía, Martín Guzmán, había hecho declaraciones a la prensa
antes de convertirse en funcionario sobre la insostenibilidad de la
deuda argentina, explicando que el país debía comenzar un proceso para
reestructurar sus pasivos. (...)
También hizo gestiones con el Fondo Monetario Internacional, el cual le terminó dando la razón: la deuda argentina, tal como está, no es “sostenible”.
¿Qué significa que una deuda no sea sostenible? Quiere decir que los
pagos que debe realizar un país ponen en riesgo la estabilidad
económica, porque gran parte de los recursos que genera la economía se
destinan solo a la cancelación de sus deudas y queda poco margen para
destinar dinero a otras cosas. Más allá del diagnóstico que se haga de
por qué se llegó a esa situación, el efecto no varía: una mayor carga de
deuda achica la capacidad del Estado de garantizar derechos básicos de
su población. Algo que, en un contexto de mayor exigencia a los
Gobiernos por el impacto de la pandemia en la economía, puede ser
trágico a nivel social.
Frente a esta situación, la posición de los acreedores externos fue
diversa. Algunos fondos de inversión, luego de semanas de negociaciones,
se mostraron favorables a la última propuesta
que el país oficializó ante la Comisión de Valores de Estados Unidos
(SEC, por sus siglas en inglés) a comienzos de julio. Pero no todos
asumieron esta posición.
El negociador más duro
hasta el momento ha sido Blackrock, uno de los fondos de inversión más
grandes del mundo y socio de la Reserva Federal en la recompra de
activos corporativos para mitigar el impacto del nuevo coronavirus
en las empresas estadounidenses. Blackrock forma parte de uno de los
tres grupos de acreedores que, reunidos, elaboraron una propuesta propia
de pago para Argentina.
Y acá aparece de nuevo el tango, aunque ahora hay que pensar en esa
parte del baile en la que las piernas se marean: a comienzos de julio,
Argentina presentó lo que llamó su “última oferta”; luego, los acreedores se juntaron y presentaron la suya; el Gobierno respondió que de ninguna manera iba a ofrecer más dinero, y los bonistas dijeron que tienen un porcentaje suficiente como para bloquear por completo el canje.
La diferencia económica entre la “última oferta” del país y lo que
pidieron los acreedores asciende a 1,600 millones de dólares, de los
cuales 1,000 millones se concentran
hasta 2023, el actual período de Gobierno. Entre la primera propuesta,
enviada por Guzmán a la SEC en abril, y la enmienda presentada en julio,
Argentina ofreció aumentar pagos a los acreedores por 16,000 millones de dólares.
Pero hay algo clave: lo que se está discutiendo no es cuánto perderán
los bonistas, sino cuánto dejarán de ganar. Puede resultar una pregunta
naïve, pero ¿es ético que la maximización de las ganancias de
los fondos de inversión empuje a un país en crisis a un empeoramiento de
sus condiciones financieras? Este es un punto central de la negociación
que está llevando el gobierno argentino.
En los próximos meses, varios países emergentes deberán sentarse a
negociar con los mismos actores con los que negoció Argentina, que
buscarán replicar la estrategia de alcanzar el mayor rendimiento posible
de sus inversiones. Mientras que los acreedores pondrán como ejemplo el
acuerdo de Ecuador
(que fue más favorable a sus intereses), los países en crisis deberían
aprender de la experiencia argentina para protegerse de los duros
embates que buscarán hacer los chicos malos de Wall Street.
Hay una lección más que el tango puede dejar para pensar estas
negociaciones: quien comienza avanzando, termina la danza retrocediendo.
Cuánto espacio se está dispuesto a ceder debe ser parte de la
estrategia inicial antes de lanzarse a bailar. ¿Es posible pagar lo que
sea a costa del hambre de miles de personas?"
(Estefanía Pozzo es periodista especializada en economía y finanzas. Revista de prensa, 30/07/20. Fuente: The Washington Post)
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