"(...) En España también tenemos razones para estar preocupados con la
posibilidad de que se de un segundo brote y, más todavía, si se
adelanta.
De hecho, estamos sufriendo ya una segunda oleada de
consecuencias adversas sin que ni siquiera se haya reconocido que
estemos en otra oleada de la pandemia que obligue, de nuevo, al cierre
de actividades.
Como muchos habíamos previsto, la desescalada no significó la vuelta a
la normalidad de todas las empresas. Un gran porcentaje de ellas no
pudo abrir y otras lo han hecho con un ingreso claramente insuficiente e
incluso con la amenaza de no poder aguantar por mucho tiempo el bajo
ritmo de la actividad.
Desconozco los datos concretos de nuestro país,
si es que se han obtenido, pero las estimaciones de otros más o menos
similares o para grupos bastante amplios, indican que la mortalidad
empresarial va a ser muy grande: en diversos estudios se señala que las
dos terceras partes de las pequeñas y medianas empresas (las más
vulnerables) no tienen liquidez para aguantar más de dos meses sin
ingresos, que en término medio estiman reducir su empleo en un 40%, o
que entre el 25% y el 36% habrían cerrado definitivamente sólo en los
primeros cuatro meses de la pandemia.
En España la situación será peor
porque somos la tercera economía de la OCDE con mayor peso de las
pequeñas empresas justo en los sectores más afectados por la crisis de
la Covid-19 (los datos aquí).
La amenaza de rebrote se produce en un mal momento para España porque
impacta de lleno en plena temporada turística. Se pueden tener todos
los debates que se quiera sobre las luces y sombras del papel de turismo
en nuestra economía y sobre su mejor futuro, pero lo cierto es que la
caída de ingresos que se avecina va a suponer una catástrofe no sólo
para las empresas y el empleo del sector sino para el conjunto de la
economía española.
Es un mal momento y además este posible rebrote nos llega cuando
estamos en peores condiciones que en febrero, porque la primera ola de
la pandemia nos ha provocado, además de la crisis económica, otra
reputacional importante y que condiciona en buena medida el impacto
final de las políticas económicas y nuestra capacidad de obtener
recursos.
Nuestros sistemas estadísticos están dejando mucho que desear,
estamos apareciendo como un país poco serio y que carece de la
información inmediata y rigurosa que es imprescindible para gobernar con
éxito este tipo de situaciones. Algo que en modo alguno puede achacarse
por completo a un gobierno que lleva tan poco tiempo como el actual.
A la mala reputación de nuestra gobernanza y al marasmo estadístico
en concreto contribuye, quizá en la mayor medida, la caótica gestión de
la crisis que están haciendo los gobiernos autonómicos, aunque toda la
responsabilidad quizá no sea exclusivamente suya. En Alemania, un Estado
federal en principio más descentralizado que el nuestro, también ha
habido tensiones entre el gobierno central y los Lander, pero se ha
mantenido la coordinación y Angela Merkel ha impuesto el contacto, la
coordinación y el orden de marcha permanentemente.
En nuestro caso, no
creo que se pueda separar el progresivo empeoramiento de la situación
del final del "mando único" y del recobrado protagonismo de las
diferentes autonomías. Valga como solo ejemplo que, en medio de una
pandemia que están causando tantos muertos y tanta ruina sin entender de
fronteras, los presidentes de Cataluña y País Vasco hayan anunciado que
no acudirán a la reunión convocada por el presidente del Gobierno en
agosto: una felonía que indica el desgobierno en medio del que nos
encontramos, aunque no sea achacable sólo a esos presidentes
autonómicos, pues el presidente Pedro Sánchez debería haber hecho
habitual y no esporádico ese tipo de reuniones durante la pandemia.
No menos daño hace a nuestra reputación el clima de permanente y
agresivo conflicto político, tan diferente de los consensos básicos o
más o menos amplios que se dan en los países que mejor están
respondiendo a la crisis. Están dando lugar a que tengamos que terminar
saliendo de nuevo a las calles para decirle a una clase política incapaz
de llegar a acuerdos que así no representa a la gente corriente y que,
en consecuencia, renuncien a sus cargos y se vayan todos a la calle.
Finalmente, si finalmente se produce un segundo rebrote llegaría a
nuestro país en muy malas condiciones porque lo cierto es que los
paquetes de ayudas que se han dado a las empresas y a los hogares han
sido insuficientes. Según los últimos datos que publican el Fondo
Monetario Internacional y otros organismos internacionales (aquí y aquí),
representan un 13,7% de nuestro PIB (3,7% de estímulo fiscal + 0,8% de
aplazamientos diversos + 9,2% de garantías y otras ayudas), frente al
48,7% en Italia (3,4% + 13,2% + 32,1%); 47,8% del PIB en Alemania (13,3%
+ 7,3% + 27,2%); 27,3% en Francia (4,4% + 8,7% + 14,2%); o 19,1% de
Portugal (2,5% + 11,1% + 5,5%).
Dado el impacto que sabemos que está teniendo la Covid-19 en nuestra
economía es evidente que necesitamos más recursos a corto plazo, es
decir, más garantías para que las empresas puedan aguantar si tienen
asegurada su actividad cuando acabe la pandemia, para reinventarse si
sus condiciones han cambiado, o para que puedan consolidarse nuevos
proyectos de inversión en las condiciones adversas en las que estamos.
También para que el propio Estado pueda servir de motor de la innovación
y del cambio liderando la I+D+i y proporcionando o financiando el
capital social que el privado y la sociedad en su conjunto necesitan
para salir adelante; para que pueda mantener los servicios públicos
esenciales y para evitar el drama de miles de familias que siguen sin
percibir ningún tipo de ingreso desde hace semanas.
Un estudio reciente de la consultora McKinsey señalaba que las
economías que mejor están haciendo frente a esta crisis, más que las
liberales, son las que disponían de políticas social más potentes, de
mercados laborales más regulados y de instituciones más fuertes y ágiles
(aquí).
Nosotros llevamos demasiado tiempo circulando en dirección contraria y
eso ahora nos ata las manos. Si no aprovechamos esta crisis para dar un
salto hacia adelante y para cambiar de rumbo, colocándonos en la vía por
donde avanzan los países que hacen mejor las cosas, lo vamos a pagar
muy caro.
Lamentablemente, no parece que hayamos aprendido la lección de las
luces y sombras que tuvo el primer impacto de la Covid-19 en nuestra
economía y tenemos, al menos, cuatro tareas pendientes.
La primera, lograr el imprescindible acuerdo nacional para poder
tomar las medidas de choque necesarias. La segunda, mejorar de la
transparencia, la información y la comunicación porque sin ellas no hay
liderazgo posible en las condiciones tan adversas en las que nos
encontramos. La tercera, conseguir como sea la imprescindible
coordinación entre autoridades e instituciones. Y, finalmente, tomar
medidas -por muy arriesgadas que sean- para disponer de los recursos
adicionales que son imprescindibles para salir sin demasiados rotos de
esta crisis." (Juan Torres López, Público, 31/07/20)
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