4.8.20

La apuesta por la que han optado las grandes economías es la de tratar de salvarse a ellas mismas a toda costa, a las bolsas y a un sistema financiero cada día más insolvente y podrido. Es imprescindible, pues, que se alcen las voces en todo el mundo para reclamar coordinación, colaboración, solidaridad y medidas globales para un problema global que no deje en la cuneta a docenas de países y a cientos de millones de personas y que establezca como prioridad la salvación de los seres humanos y de las empresas que crean los bienes y servicios que realmente se necesitan

"La economía mundial está viviendo una situación nunca antes vista. Un "desastre insólito", en palabras del Fondo Monetario Internacional. El confinamiento hizo estragos mayores de los previstos y la caída de la actividad en el segundo trimestre marca hitos históricos: 32,9% en Estados Unidos y quizá más en algún otro país, como sabremos a medida que se vayan publicando los datos.

La recuperación tras la desescalada no se está produciendo tan vigorosamente como se creía. El distanciamiento social que todavía debe mantenerse y la necesidad de tomar rigurosas medidas de prevención e higiene lastran la productividad e incluso hacen imposible que muchos negocios puedan volver a obtener ingresos suficientes. 

Los mercados de bienes se desquician y las subidas de precios finales se mezclan con las caídas de otros en origen, dejando, al mismo tiempo, regueros de pérdidas en unos sitios y beneficios monopolistas en otros. 

Sólo las bolsas y los mercados financieros, completamente ajenos a la realidad económica, mantienen alzas constantes que enriquecen sin parar a los grandes propietarios y fondos de inversión, gracias a que los bancos centrales alimentan la especulación y el incremento innecesario de la deuda, además de dedicar cientos de miles de millones a realizar compras que garanticen artificialmente el alza constante de las cotizaciones.

El Fondo Monetario Internacional, en la onda de la mayoría de los análisis que se han venido realizando, pronosticaba en su informe de abril pasado que las economías se recuperarían fuertemente en 2021 "suponiendo que la pandemia se disipa en el segundo semestre de 2020 y que las medidas de política adoptadas en todo el mundo sirven para evitar quiebras generalizadas de empresas, cuantiosas pérdidas de empleo y tensiones financieras sistémicas". No parece que se estén dando las condiciones para que eso sea lo que vaya a ocurrir.

Es más, todo parece indicar que el segundo brote de la pandemia se adelanta. No sé cuál pueda ser su efecto sanitario pero el económico me parece bastante claro. Todos los pronósticos que se han venido realizando señalaban una caída extraordinaria de la actividad (añadida a la ya producida) si se registraba una segunda ola en el otoño o invierno próximos; y si viene antes, las consecuencias serán mucho peores.

La carencia de las respuestas internacionales coordinadas que requiere un problema de naturaleza global es la primera razón que lleva a contemplar con pesimismo el futuro inmediato. La búsqueda desesperada de vacunas sin poner en marcha un proceso de colaboración mundial que permitiera acelerar la obtención de resultados, evitar el despilfarro de recursos y garantizar la cobertura más amplia posible de la población mundial es una muestra flagrante del fracaso de nuestra civilización. Ni ante una amenaza tan grande como la que parece que tenemos sobre el planeta somos capaces de trabajar en común y buscar soluciones compartidas.

Por otro lado, aunque algunas economías están haciendo un esfuerzo fiscal inmenso para atajar los efectos de la pandemia, la realidad es que la inmensa mayoría de los países del mundo se encontraban en situación bastante comprometida con anterioridad (sobre todo, por la carga de la deuda) y eso les está impidiendo dedicar el dinero suficiente para evitar el daño sanitario y la crisis económica galopante que ha producido la Covid-19. Los gobiernos dedican recursos extraordinarios para garantizar los ingresos de las empresas y los hogares en todo el mundo, pero excepcionalidad no equivale a suficiencia.

Solo entre los países más avanzados del mundo que forman el G20 hay una diferencia de 30 a 1 en el porcentaje del PIB que han dedicado a los estímulos fiscales contra la Covid-19: del 21,1% de Japón al 0,7% de México en junio. Alemania ha dedicado el 38% de su PIB a conceder garantías de préstamos a sus empresas, frente una media del 4% en el G20, y sólo el 10% de los países ha podido realizar inyecciones de capital como ayudas a sus empresas. Si estas diferencias se dan entre los países más grandes, imagínense las que se están dando con otros más pobres y en peor situación y las carencias que se deben estar produciendo en estos últimos.

En relación con la deuda que ata las manos a la inmensa mayoría de los países a la hora de afrontar las consecuencias sanitarias y económicas de la pandemia se han tomado medidas positivas para conceder ayudas y moratorias en el pago de alguna parte de la deuda en algunos países, pero en muy pocos y también en cantidades completamente insuficientes. 

La única forma que tienen los gobiernos (desde los más ricos a los más pobres) de hacer frente a este desastre es endeudándose y si no se toman medidas globales de reestructuración, quitas y refinanciación inmediatas será imposible evitar una depresión global en los próximos meses y una crisis bancaria y financiera a corto plazo.

La apuesta por la que han optado las grandes economías es la de tratar de salvarse a ellas mismas a toda costa, a las bolsas y a un sistema financiero cada día más insolvente y podrido. Una completa estupidez cuando este planeta y la economía mundial es un sistema complejo, entrelazado y cuyas partes dependen inevitablemente las unas de las otras.

Es imprescindible, pues, que se alcen las voces en todo el mundo para reclamar coordinación, colaboración, solidaridad y medidas globales para un problema global que no deje en la cuneta a docenas de países y a cientos de millones de personas y que establezca como prioridad la salvación de los seres humanos y de las empresas que crean los bienes y servicios que realmente se necesitan para garantizar el sustento de la población mundial. (...)"                  (Juan Torres López, Público, 31/07/20)

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