Poco más de cinco minutos le bastaron a Aroa López (Barcelona, 39 años)
para ganarse una ovación cerrada de la Familia Real, los principales
líderes políticos del país y decenas de familiares de las víctimas de la
covid-19. Esta enfermera de urgencias del Hospital Vall d’Hebron de
Barcelona fue la voz de los sanitarios en el homenaje de Estado a las
personas fallecidas durante la pandemia.
“Nos hemos tenido que tragar las lágrimas cuando alguien nos decía que no le dejásemos morir solo”,
dijo en una intervención serena y sin artificios. Y parafraseando a uno
de sus grupos favoritos, Vetusta Morla, López recordó el papel de los
sanitarios, “los que hacen del trabajo sucio la labor más bonita del
mundo”.
López lleva 17 años en las urgencias del hospital más grande
de Cataluña. Está curtida en situaciones duras, asegura, pero nadie
puede prepararse nunca para una pandemia de estas dimensiones.
Pregunta. ¿Cómo recuerda los primeros días de la pandemia?
Respuesta.
Fueron días de incertidumbre, de no saber a qué nos enfrentábamos, de
miedo a lo desconocido y de esfuerzo por parte del equipo de dar
atención de calidad a todos los pacientes que llegaban.
P. ¿Cuándo sintió miedo por primera vez?
R. Pues
con una de las primeras sospechas que llegó. En ese momento todavía no
habíamos empezado a subir la curva y ves que la enfermera que entra y el
celador y el médico tienen que ir uniformados con todos los equipos de
protección individual (EPI). Y pensar que, según las previsiones, esto
no será algo puntual, sino mantenido en el tiempo.
P. ¿Se esperaban algo tan grande?
R.
Tan, tan grande, quizás no. Estábamos sobre alerta por las noticias que
llegaban, pero una vez te pones en situación y lo vives, solo cuando
baja la curva empiezas a tomar conciencia de todo lo que ha pasado.
P. Otra canción de Vetusta Morla dice que “ser valiente no es solo cuestión de suerte”. ¿Les tocó ser valientes?
R. Sí.
Dejamos nuestros miedos guardados para dar la atención de la mejor
manera posible a los pacientes y transmitirles tranquilidad.
P. ¿Cuál era el mayor miedo entonces para usted?
R.
Era transmitírselo a mi familia, llevar el virus a casa. Con la
situación de confinamiento, la única que salía era yo, por tanto, si el
virus entraba, era porque yo había sido transmisora.
P. ¿Cómo se digieren las lágrimas que, dice, se tuvieron que tragar?
R. Se
hace la digestión cuando baja el ritmo de trabajo y tomas conciencia de
todas las lágrimas que tienes acumuladas. Cuando la curva comenzó a
descender, empiezas a escucharte a ti mismo e intentar digerir todo lo
que ha pasado.
P. ¿En qué se ha convertido el miedo de los primeros días? ¿Qué se siente ahora que la curva ha bajado?
R. En cansancio emocional. En un intentar digerir y tomar conciencia de lo vivido e intentar recolocar y recomponerte mentalmente.
P. ¿Qué ha sido lo más difícil de los últimos meses?
R.
El último adiós de las personas mayores que tenían miedo a morir solas.
Esta gente venía de su casa o de las residencias y había visto las
noticias, era consciente de lo que podía pasarle. Esta gente venía con
mucho miedo al hospital. Lo veías en sus ojos. No querían la soledad y
nosotros nos convertimos en su familia, porque los suyos estaban al otro
lado del teléfono.
P. Ustedes están entrenados para vivir momentos duros y acompañar en el final de vida. ¿Aquí la diferencia era que estaban solos?
R.
Sí. Aquí tú no solo haces acompañamiento, eres la familia, y la
implicación a nivel emocional es mucho mayor. Nos tuvimos que convertir
de forma obligada en seres queridos de muchas personas.
P. ¿Le ha quedado alguna secuela, física o emocional?
R.
Hay compañeros que tienen ansiedad o estrés. Yo estoy cansada mental y
físicamente. Necesitamos más que nunca las vacaciones para desconectar.
P. ¿Qué diferencia hay entre las urgencias de hace cuatro meses y las de ahora?
R. Estamos
mucho más preparados. Tenemos el conocimiento y experiencia de lo
vivido, circuitos que ya conocemos y dispositivos montados por si hay un
rebrote. Ahora estamos volviendo a la normalidad porque tenemos un
perfil de paciente no-covid y los que vienen por una sospecha [de
estar infectados con el coronavirus] son muchos menos. En marzo solo
entraba el paciente covid.
P. Usted pedía que no se olvidase el papel de los sanitarios. Han vuelto los rebrotes. ¿La gente se ha olvidado?
R. La
gente se ha relajado. Venimos de un confinamiento, de una situación muy
dura, y ha llegado el verano y la gente tiene ganas de desconectar y
poder disfrutar de la vida, de los amigos y la familia. Nos hemos
relajado.
P. Tras el auge de contagios en Barcelona, ¿ha vuelto a tener esa sensación de miedo que sintió en marzo con uno de los primeros sospechosos?
R. Tuvimos
una temporada que teníamos cero casos de positivos. Cuando empieza a
llegar algún caso puntual o un paciente que ha tenido que subir a la
unidad de cuidados intensivos, conectas con hace cuatro meses y piensas
si será un pequeño rebrote o vamos a una segunda oleada. Tienes el miedo
este de la incertidumbre, de no saber qué evolución va a tener.
P. ¿Es la experiencia más dura de su carrera?
R. Yo
creo que sí. Llevo de enfermera de urgencias 17 años y ves situaciones
duras que te llevas y te tocan el alma, pero una pandemia... nunca nos
prepararon para eso.
P. ¿Ha sido peor que el atentado de las Ramblas?
R. Pero
es que eso fue un acto puntual que, de alguna manera, tenía un
principio y un fin. Esto es algo que no sabes cuánto se va a sostener en
el tiempo. El atentado fue un acto que pasó, una desgracia, pero aquí
tienes la incertidumbre de no saber el final y eso es lo que te agota
mentalmente.
P. ¿Cuáles son sus temores ahora?
R. Que el personal aguante un segundo rebrote. Hay gente tocada y no es algo fácil." (Jessica Mouzo, El País, 02/08/20)

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