"¿Existe un amplio consenso en torno a la necesidad de una rápida y enérgica intervención de los gobiernos en la economía a través del crecimiento del gasto público? Sí, se puede afirmar que en la actualidad se da ese consenso; se acepta que el Estado tiene que estar en el centro de la salida de la crisis económica y social desencadenada por la pandemia, que el proceso de acumulación capitalista ya estaba incubando. (...)
En este contexto, destaca una paradoja. Los que hace poco exigían un Estado mínimo -eso sí, en su provecho-, los que eludían sus obligaciones tributarias, los que reciclaban sus beneficios y patrimonios en los paraísos fiscales hoy también claman por una decisiva intervención de los poderes públicos para dinamizar la actividad económica… con toda la desvergüenza y el cinismo del mundo, entran en la escena política exigiendo “qué hay de lo mío”.
Pero el consenso, en el que como acabamos de señalar se dan cita intereses ciertamente dispares, desaparece o al menos se debilita; es normal que así y no hay que ocultarlo. Esto sucede cuando se ponen sobre la mesa dos cuestiones cruciales: de dónde debe salir el dinero y en qué se debe emplear. En ambos casos, las izquierdas tienen que adoptar una posición clara, pues de ello depende su credibilidad. (...)
En primer lugar, en esta situación de excepción, que sin duda alguna se prolongará en el tiempo y que posiblemente se agravará, es clave buscar fórmulas de financiación que apunten a los de arriba, a los poderosos, a los que concentran la mayor parte de la renta y la riqueza, a los que aprovechan las crisis para aumentar sus privilegios.
Esta política en absoluto cierra el camino de la deuda del Estado que necesariamente tiene que crecer, pues son muy importantes los recursos que hay que movilizar. Pero sí introduce un imprescindible mecanismo de contrapeso, que, además de contribuir a que el endeudamiento de las administraciones públicas se mantenga en unos niveles razonables, consagra el principio de justicia fiscal, muchas veces invocado y siempre ignorado. (...)
En segundo lugar, reconstruir la economía existente y ceder a las presiones de los grupos económicos y las elites empresariales y financieras -que ya son muy intensas, tanto a escala comunitaria como entre nosotros- no puede ser la alternativa de las izquierdas. Es importante, en este sentido, que la recepción de dinero público esté sujeta a una estricta condicionalidad, la cual, por supuesto, nada tiene que ver con la que cercena derechos y socializa los costes en beneficio de las elites (la que, por ejemplo, aplican las instituciones comunitarias y que, se diga lo que se diga, estará muy presente en el fondo europeo que, recientemente, ha aprobado el Consejo Europeo).
Se trata más bien de asegurar que los recursos movilizados desde los poderes públicos, articulados en torno a un plan de emergencia, deben servir para poner las bases de otra economía y de otra sociedad, que protejan la vida de la ciudadanía y del planeta, y que garantice y amplíe derechos. Algunos ejemplos de esta otra condicionalidad son: limitar los sueldos de los ejecutivos, estar al corriente de las obligaciones tributarias, conservar el empleo y el salario, eliminar los dividendos a los accionistas, garantizar la igualdad de género, proteger la negociación colectiva, no operar en paraísos fiscales, depositar un plan de inversiones y de reestructuración ecoenergética y suprimir las horas extraordinarias. (...)
Resulta inquietante y descorazonador que el tema de la progresividad tributaria esté quedando, en la práctica, aparcado en la agenda de la izquierda institucional con el argumento de “más adelante” o “ahora no toca”, cuando, precisamente, su introducción es vital en este momento. (...)
Esta crisis no es una más en la historia del capitalismo. Supone una
fractura histórica que define un nuevo terreno de juego, nuevas reglas
del partido y reposicionamiento de los diferentes jugadores. Y en este
nuevo escenario está siendo la comunidad de intereses corporativos y
financieros quien, con todas sus contradicciones, están determinando en
buena medida la hoja de ruta; y las izquierdas están perdiendo de nuevo
una oportunidad para definir un proyecto propio y verdaderamente
transformador, a la altura del enorme desafío que tenemos por delante,
capaz de generar una mayoría social que lo respalde." (Fernando Luengo, blog, 28/07/20)
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