2021 promete... los efectos sociales de la crisis económica de 2008 más el impacto de la pandemia han pulverizado las normalidades ideológicas, políticas y jurídicas.
Esto no es un golpe de estado, no hay ningún tipo de cálculo o de estrategia insurreccional... es una pataleta.
Es un síntoma de hasta dónde ha llegado la 'revolución de los ricos'... de hasta dónde han llevado a la democracia.
Y es una consecuencia de la mala calidad democrática del sistema electoral norteamericano.
Porque Trump puede estar pensando, con toda la razón, que si a Bush hijo le permitieron dar un pucherazo en Florida para llegar a ser presidente.... ¿Por qué no me permiten a mí darlo en Georgia? ¡¡ No es justo !!
"(...) El mundo ha conocido cientos de fraudes electorales. Pero jamás uno tan
inaudito, tan obsceno, como el perpetrado en las elecciones
presidenciales estadounidenses del 7 de noviembre del año 2000. Mientras
se proclamaba a George W. Bush triunfador oficial en el Estado de
Florida por el raquítico margen de 537 votos, al mismo tiempo y en el
mismo Estado, sólo en el condado de Palm Beach, nada menos que 22.537
ciudadanos ponían el grito en el cielo, reclamando con toda justicia la
repetición del acto electoral en aquella circunscripción (posibilidad
prevista por la ley) por el falseamiento de su voluntad de voto,
motivado por un tipo de papeleta propicia a la confusión. Confusión que
les hizo votar a otros candidatos cuando su voluntad era votar a Al
Gore. Obsérvese la proporción (...)" (Prudencio García, El País, 2004)
"(...) Después de cuatro años arropando la retórica incendiaria de Donald Trump, los republicanos se toparon en este nublado día de enero de 2021 con un monstruo de aspecto muy feo, una turba que rompía los cristales de su gran templo democrático, escalaba sus paredes, irrumpía en las salas de plenos y se sentaba en el sillón de la presidencia del Senado. La democracia se ha impuesto, pero el sistema ha quedado dañado.
La mecha había prendido por la mañana, tras un mitin que Trump convocó frente a la Casa Blanca, precisamente con ocasión de la sesión para certificar la victoria demócrata en las presidenciales. “Después de esto, vamos a caminar hasta el Capitolio y vamos a animar a nuestros valientes senadores y congresistas”, dijo a una muchedumbre formada por millares de personas llegadas de todo el país.
“A algunos no los vamos a animar mucho porque nunca recuperaréis vuestro país con debilidad, tenéis que mostrar fuerza”, añadió. Al terminar, los trumpistas marcharon hacia el Capitolio y, tras quebrar el cordón policial, se desencadenó la violencia.
Los legisladores corrieron a refugiarse y Pence fue evacuado, mientras los manifestantes campaban por el interior del edificio, algunos con banderas confederadas y otros disfrazados, dejando una nota tragicómica a la jornada. Uno se sentó en el sillón que ocupa el presidente del Senado; otro, en la oficina de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, a la que, según Associated Press, dejó un mensaje que rezaba: “No nos echaremos atrás”. Murieron cuatro personas, según la policía, una mujer por un disparo y otras tres, por emergencia médicas.
La cifra de detenidos ascendía a 52, lo que se antojaba una cifra reducida para el espectáculo vivido, y policía encontró dos bombas caseras y una nevera con cócteles molotov en las inmediaciones. La escasa preparación del dispositivo de seguridad ante una manifestación que ya se preveía monumental y la lentitud de la respuesta multiplicó las preguntas, sobre todo después de las demostraciones de músculo que las fuerzas del orden habían hecho durante las protestas del verano contra el racismo.
“Lo que ha pasado aquí es una insurrección incitada por el presidente de Estados Unidos”, denunció el senador republicano de Utah Mitt Romney. “Así es cómo se discuten las elecciones en una república bananera, no en nuestra república democrática”, señaló en un comunicado el expresidente republicano, George W. Bush. Pero es en esa rica república donde esta tormenta se ha ido gestando día a día desde la derrota electoral de Trump, con la connivencia de una ristra de políticos conservadores.
Un grupo de senadores y congresistas republicanos planeaba torpedear la sesión que confirmaba a Joe Biden con el argumento de las supuestas irregularidades en las urnas, pese a que los tribunales no han hallado base y los recuentos no han dado lugar a resultados diferentes. El Congreso debía contar los votos certificados por los Estados el pasado diciembre en una sesión conjunta de la Cámara de Representantes y el Senado, un último trámite que requiere la Constitución estadounidense antes de la toma de posesión en dos semanas.
Los legisladores insumisos habían preparado una batería de objeciones a los escrutinios de los territorios clave en la derrota de Trump, aunque sin visos de prosperar, ya que para ello hace falta la bendición en la Cámara baja, de mayoría demócrata, y de la Cámara alta, donde solo una docena de republicanos lo apoyaba. El objetivo era por tanto crear ruido, pero al final, el estruendo vino del otro lado de esos muros.
El cómputo de las papeletas se hacía en voz alta, territorio por territorio, por orden alfabético, y la primera protesta llegó pronto, en la A de Arizona, un Estado que, inclinándose por Biden el 3 de noviembre, escogió a un presidente demócrata por primera vez desde 1996. Cuando comenzó el debate sobre esta objeción, prendió la mecha fuera del Capitolio y se tuvo que suspender la sesión.
Mike Pence fue evacuado, los legisladores se refugiaron y se vivieron las escenas más violentas en el Capitolio. Tras lo sucedido, al menos cuatro de los políticos que pretendían lanzar las objeciones cambiaron de opinión, como la senadora de Georgia Kelly Loeffer, que acaba de perder la reelección, alegando problemas de “conciencia”. La objeción fue tumbada y siguió el cómputo en voz alta, con otra larga interrupción al llegar a Pensilvania.
De Trump no se oía nada a esas horas. La red social Twitter había decidido bloquear su cuenta durante 12 horas y Facebook, durante 24, tras borrar los mensajes en los que excusaba la violencia de sus seguidores e insistía en las teorías conspirativas del fraude electoral.
“Estas son las cosas y acontecimientos que ocurren cuando se arrebata una victoria sagrada y abrumadora grandes patriotas que han sido tratados de forma mala e injusta durante mucho tiempo. Id a casa en paz y amor. ¡Recordad este día para siempre”, había publicado en su cuenta. En una declaración en vídeo llegó a decir: “Id a casa, os queremos, sois muy especiales, pero os tenéis que ir a casa”. A raíz de los hechos, cuatro miembros de la Casa Blanca dimitieron, según Bloomberg, entre ellos, el viceconsejero de Seguridad Nacional, Matt Pottinger y la jefa de gabinete de la primera dama, Stephanie Grisham.
En total, el drama se prolongó durante casi 15 horas. La del miércoles no fue la primera vez que el Capitolio sufría ataques, en 1954 un grupo de nacionalistas puertorriqueños disparó en la Cámara de Representantes e hirió a varios congresistas y en 1998 un hombre mató a dos policías, pero no había habido una turba asediando las Cámaras desde el ataque británico, liderado por el general Robert Ross en 1814, tras la batalla de Bladensburg.
Que lo que estaba ocurriendo no era un golpe de Estado
se intuía por la Bolsa de Nueva York, que subió un 1,4% y que estaba más
pendiente de los estímulos económicos que propiciaban un nuevo Senado
controlado por los demócratas, que del tumulto que los inversores veían
por televisión. Pero murió gente, se pasó miedo, Washington se asomó al
abismo. Y ahora, hasta el 20 de enero, quedan dos semanas con un Trump
en la Casa Blanca al que nadie en su círculo parece capaz de frenar." (Amanda Mars, El País, 07/01/21)
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