"La última tanda de mensajes por Telegram entre los fiscales de la investigación brasileña anticorrupción Lava Jato y el antes llamado súper juez Sergio Moro no dejan mucho lugar a dudas de que existía una incestuosa relación conspirativa en la que Moro era juez, parte y todo lo demás también.
Publicamos en La Vanguardia un artículo, el viernes, sobre el ignominioso final de Lava Jato basado en esos mensajes filtrados al Tribunal Supremo y antes al Intercept, de Glenn Greenwald, medio que hizo un valiente trabajo de investigación y transparencia. El blanco principal de la operación Lava Jato (limpia coches) era Lula, que en esos momentos lideraba los sondeos para las elecciones presidenciales del 2018.
Esto ya va siendo una vieja noticia. Pero lo que llama la atención es que pocos políticos, oenegés internacionales, facultades de derecho de universidades prestigiosas o grandes medios de comunicación, que elogiaban la investigación Lava Jato hace cuatro o cinco años y hasta daban premios a los intrépidos fiscales, hayan reconocido su complicidad en el sucio asunto.
Es un problema porque cuando Moro y su discípulo-cómplice, el fiscal evangélico Deltan Dallagnol, salían en las portadas de las revistas posando como los intocables de Eliot Ness, lograban una credibilidad internacional que les permitía saltarse todas las normas del Estado de derecho. Y encima creyéndose superhéroes.
Yo recuerdo ir a entrevistar en 2018 a Roberto Paulo Galvao, otro elogiado fiscal de Lava Jato, en la ciudad un tanto provinciana y muy conservadora de Curitiba, centro neurálgico de la operación jurídica. Al entrar en la sede de la task force Lava Jato, pude contemplar decenas de premios nacionales e internacionales amontonados en la entrada. (...)
Pero el plato estrella en la sede de Lava Jato en Curitiba era el Premio Anticorrupción 2016 de Transparencia Internacional, una escultura con forma de vela en cristal azul traslúcido.
Tras un mini tour, los fiscales de Lava Jato me explicaron los homenajes rendidos por otras escuelas de derecho en Estados Unidos, de gremios de abogados en Europa, de cámaras de comercio, y de revistas nacionales e internacionales que admiraban su valiente lucha por la democracia. Me enseñaron algunos efusivos titulares en medios como Time Magazine. “Es una lucha mediática para nosotros”, me confesó Galvao (aun tengo la grabación), dando por hecho que yo entendería.
Me resaltó la importancia crítica del apoyo de los medios nacionales e internacionales para el futuro de su investigación, de Brasil, y de América Latina. Y ¿cómo íbamos a decir que no a fiscales como Dallagnol con su charme brasileño y sus masters de Harvard? The Economist elogiaba “la cruzada contra la corrupción”, mientras que preparaba la famosa portada de Dilma Rousseff con aquel título “Time to go” –un chiste irónico digno del cónsul inglés. Lava Jato ya era el futuro esperanzador de Brasil y ya iba siendo hora de que la presidenta del viejo y corrupto Brasil –elegida solo un año antes– se marchara.
(Los fiscales de Lava Jato se frotaron las manos tanto como The Economist ante el impeachment de Rousseff pese a que, ni con sus métodos más inquisitoriales, lograron destapar un solo delito de la presidenta, ni un delito fabricado en un testimonio comprado. En una conversación, Dallagnol, master por Harvard y amigo del catedrático Matthew Stephenson, autor del Global Anticorruption Blog de Harvard, se dirige a sus colegas fiscales: “¡Tíos! ¡Es importantísimo que no vayáis a ver el impeachment a los bares (...) los medios pueden veros!”. “¡No se si podré cancelar la cerveza, el bufé y la orquesta!”, responde uno).
En fin. Todos estábamos seducidos por aquellos intrépidos fiscales de tez blanca, bien afeitados y limpios, muchos de ellos formados en Estados Unidos y asiduos espectadores de los conciertos de Bon Jovi en el estadio de Curitiba. (...)
Lava Jato era una cruzada contra el viejo Brasil y todos los demócratas del mundo teníamos que dar la cara en la lucha latinoamericana contra la corrupción. (Para saber cómo en La Vanguardia se optó por publicar en la edición impresa aquella entrevista al fiscal Galvao bajo el título “Lula es responsable de la trama de corrupción más grande del mundo”, los lectores interesados pueden mandarme un mensaje encriptado por Telegram).
Pero pasan los años y, después de lo que ha trascendido últimamente en Brasil, cuesta imaginar que vayan a llegar muchos más premios al portal de Sergio Moro, que, tras un año al mando del Ministerio de Justicia de Jair Bolsonaro, fichó como asesor del bufete de abogados estadounidense Alvarez & Marsal, excliente de Odebrecht, la empresa a la que Moro investigaba por su papel en la red de sobornos.
Ya va quedando claro a partir de esos miles de mensajitos de Telegram cosas en absoluto transparentes ni limpias. Por poner un ejemplo, este mensaje de Dallagnol a Moro: “Estamos trabajando con la colaboración de (el diputado) Pedro Correa que dirá (la negrita es mía) que Lula sabía de los sobornos”, dice Dallagnol en un mensaje a Moro, muy seguro de que el polémico método de colaboración recompensada daría el resultado que exigía el juez.
Otro ejemplo. Tras sentenciar a Lula y excluirlo de las elecciones, Moro eligió un momento crítico en la campaña electoral para filtrar la acusación contra Antonio Palocci, el ex ministro de Hacienda de Lula, que había sido inculpado de corrupción y expulsado del gobierno 15 años antes.
La filtración de Palocci cayó como maná del cielo para Bolsonaro en su pulso con el candidato del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad. Pero ya se sabe que el testimonio –obtenido también mediante la colaboración premiada– fue una sarta de mentiras. Hasta la propia policía federal concluye que Palocci elaboró las acusaciones a partir de “noticias en la prensa” con el fin de reducir su condena. “De longe, delação de Palocci foi explosiva, de perto, era um terreno baldio” (De lejos, el testimonio de Palocci fue explosiva; de cerca, era un erial), ironiza Elio Gaspari, en O Globo.
Entre una cosa y otra, todos éramos cómplices del golpe blando contra el PT en Brasil y de sentar los precedentes para usar acusaciones fabricadas de corrupción con el objetivo de evitar la molesta necesidad de ganar elecciones con argumentos políticos. Muchos medios, expertos legales y oenegés de transparencia ya lo van reconociendo de forma discreta, como suele ocurrir tras los golpes o las guerras. Siempre con retraso para que la rectificación no cambie el resultado.
The New York Times acaba de publicar un artículo del académico Gaspard Estrada que concluye que “la colaboración indebida entre el juez y la acusación” convirtió Lava Jato en “el mayor escándalo judicial de la historia brasileña”, una frase reproducida a mediados de febrero por el juez Gilmar Mendes, integrante del Tribunal Supremo en Brasilia, en lo que puede ser el inicio de la anulación de los juicios. (...)
Por todo esto, cuando la semana pasada, preparaba un artículo para La Vanguardia sobre el final ignominioso de Lava Jato, me puse en contacto con Transparencia Internacional para darles la oportunidad de rectificar si querían.
A fin de cuentas, la ONG alemana, más que nadie, fue clave para la credibilidad internacional de Moro y sus fiscales. Los medios ayudamos, pero un watchdog (perro guardián) anticorrupción con el pedigrí de TI, fundado por Peter Eigen exdirector del Banco Mundial y con el apoyo del incansable lobbista omnipresente en Davos y cumbres semejantes, Frank Vogl, resultaba una garantía de calidad indiscutible. También lo era la presencia del consejero delegado de la consultora anticorrupción Fairfax group, Michael Hershman, exagente de inteligencia militar del Pentágono. (...)
Ésta es la pregunta que mandé a Transparencia International en Berlín: ¿Después de la publicación de los últimos mensajes de Telegram entre el juez Moro y los fiscales de Lava Jato, Transparencia Internacional siente algún remordimiento por haber concedido el Premio Anticorrupción de 2016 a operación Lava Jato? ¿Consideraría retirarla?
Y esta es la respuesta redactada en Brasil, pero con el beneplácito de la dirección alemana de TI: “Transparencia Internacional no se arrepiente y no retiraremos el premio; porque seguimos creyendo que Lava Jato realizó aportaciones relevantes en la lucha contra la corrupción en Brasil. Por primera vez se rompió el paradigma de impunidad absoluta para las élites brasileñas, y cientos de oligarcas y autoridades de los más altos niveles han tenido que responder ante la justicia”. (Andy Robinson, CTXT, 24/02/21)
"El exjefe del ejército de Brasil revela amenazas de la cúpula militar al Supremo para que Lula no fuera liberado en 2018.
El excomandante del ejército de Brasil Eduardo Villas Boas revela que la cúpula militar del país articuló una amenaza para que el Supremo Tribunal Federal no aceptara un habeas corpus para liberar al expresidente Lula da Silva en 2018, el gran rival de Jair Bolsonaro en las elecciones de ese año. El texto que tenía como propósito amedrentar al tribunal fue difundido a través de Twitter en vísperas de que se votase el recurso solicitado por la defensa de Lula da Silva.
Esta información se ha destapado a raíz de una entrevista de 13 horas que Villas Boas concedió para un libro del Centro de Documentación Histórica de la Universidad Fundación Getúlio Vargas (FGV). En esta conversación divulgada recientemente a la prensa, el militar justifica la “advertencia” al tribunal porque los movimientos golpistas habían solicitado una intervención militar en caso de que Lula fuese liberado. Así pues, Villas Boas considera que su excarcelación habría constituido un riesgo para la institucionalidad.
Asimismo, en el libro recientemente publicado, el exjefe del ejército reconoce que fue bajo su mando cuando los militares consiguieron volver a introducirse en la política del país, dado que tenían como objetivo encontrar a un candidato para las elecciones presidenciales de 2018 que pudiera derrotar a la izquierda, principalmente representada por el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula da Silva.
De hecho, Villas Boas reconoce que el texto que logró el efecto pretendido, el rechazo del habeas corpus, no era de su autoría. Por el contrario, el escrito resultó de varias conversaciones con el alto mando del ejército de Tierra. Según explica Villas Boas, la iniciativa vino de la jefatura de este sector del cuerpo militar, el más importante de las fuerzas armadas brasileñas.
“El texto fue sometido a mi staff y luego a los jefes militares de área (de todo el país) antes de su publicación. Se trataba de una advertencia, mucho más que una amenaza”, refleja textualmente el libro. Las fuerzas aéreas y marinas, al parecer, no fueron ni consultadas ni informadas.
Por otro lado, Villas Boas confirma que, para él, Bolsonaro era la única opción viable para derrotar a la izquierda en 2018. El actual presidente, considerado un ejemplo de indisciplina e irregularidad como capitán del ejército, reunía en su persona las cualidades para hacer frente a Lula da Silva y, además, asegurar el regreso de los militares al escenario político tras la dictadura de 1964.
Y así ha sido, dado que actualmente el gobierno de Bolsonaro cuenta con más de 10.000 efectivos de las fuerzas armadas, entre activos y retirados, que ocupan cargos en el gobierno.
Villas Boas llegó al cargo máximo del ejército de Brasil durante el gobierno de la trabalhista Dilma Rousseff,
cuya administración gestionó el país entre 2011 y 2016. Continuó como
comandante del ejército de Brasil durante la presidencia de Michel Temer y,
posteriormente, tras retirarse en 2019, Villas Boas se convirtió en el
asesor presidencial de Bolsonaro, consolidándose como una figura de gran
influencia entre las filas del ejército brasileño." (Silvia Moreno, Al Descubierto, 17/02/21)
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