5.3.21

Generación de cristal, ¿por lo frágil o por lo transparente? El número de jóvenes con síntomas de depresión o ansiedad se ha incrementado tras la pandemia. La generación Z ha conseguido poner sobre la mesa el padecimiento psíquico

"Hace unos meses una cadena televisiva preguntaba a una niña qué lección sacaba del coronavirus. “He aprendido que no tenemos futuro”, espetaba ella, poniendo en palabras el sentimiento de millones de jóvenes que, crecidos entre crisis, han de resignarse a vivir peor que sus padres. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que la depresión será la primera causa de discapacidad entre jóvenes y adultos en 2030 y, a día de hoy, el suicidio es la segunda causa de muerte entre personas de entre 15 a 29 años. En un contexto de desigualdades acusadas, falta de expectativas ante un mercado laboral inaccesible e incapacidad de planificación o de cumplimiento de las aspiraciones vitales, la herencia recibida ha llevado a que la generación Z —la nacida entre 1995 y 2010— sienta menos reparos a la hora de exponer sin tapujos su forma de pensar, sentir y padecer.

Aunque ni el cuestionamiento de los discursos hegemónicos ni la voluntad por evidenciar la relación entre la salud mental y el sistema capitalista sean algo nuevo, el auge de las redes sociales ha ayudado a que cada vez más jóvenes hablen abiertamente de cuestiones como la depresión o la ansiedad.
 
 “Creo que es una generación donde no se compran los mantras capitalistas y neoliberales de que si estudias o trabajas todo irá bien”, argumenta Marta Carmona, psiquiatra crítica con el sistema de salud mental español, quien alude también al 40,2% de desempleo juvenil en España, la cifra más elevada de la Unión Europea. La necesidad de expresar pensamientos, sentimientos, inquietudes o lamentos ha llevado al uso del concepto de “generación de cristal” para definir, despectivamente, a los zoomers, pero para Carmona, lejos de eso, “es una generación que se va a tener que hacer cargo de las cenizas de una sociedad y de un planeta que lleva décadas quemándose y que exterioriza mucho más ese malestar porque le han visto el cartón al sistema”.(...)

Yuno, una barcelonesa de 18 años, es un ejemplo de esta ruptura del tabú: “En las redes me quiero mostrar tal cual soy, ya me puse una máscara durante muchos años y prefiero ser transparente”, explica la joven, que recibe miles de visitas en su canal de YouTube, Purpurin Unicorn, donde habla sobre sus diagnósticos de salud mental, el bullying y su experiencia en centros psiquiátricos: “Prefiero ser considerada generación de cristal antes que de piedra”, defiende. (...)

Cada vez se habla con más naturalidad de ellos, pero ¿qué son los trastornos de la salud mental? (...)

Para Fátima Masoud, las implicaciones de ello son claras y entran en juego intereses económicos: “Se patologizan todo tipo de conductas y emociones porque al final todo esto lo mueve un modelo biomédico del que sale ganando la industria farmacéutica”, defiende. 
 
“El pensamiento mayoritario es que hay unos problemas en el cerebro que hace que tengas unos desequilibrios concretos, cuando en realidad muchas veces es una depresión porque no llegas a final de mes, o porque tienes dos hijos y no te da tiempo a estar con ellos… O sea, lo que es el propio sistema capitalista”, resume la activista. Álex G. Romero coincide en el análisis: “Ante el desbordamiento de lo social, la gente acude a pedir ayuda psicológica con la consecuente entrega de tu etiqueta psiquiátrica”, añade.

Claudia Pradas es una psicóloga especializada en jóvenes adultos que compagina su consulta en A Coruña con el uso de las redes sociales para abordar cuestiones de la salud mental en un tono más desenfadado con el que acercarse a la generación Z. Para esta especialista, es necesario acudir al factor económico para explicar los motivos, pero no solo por una cuestión de beneficios para un sector, sino también de ahorro para las arcas públicas: “Al final lo que busca el grueso del sistema de salud mental es una terapia rápida que permita que seas funcional y aportes al sistema sin costarle mucho; una terapia más profunda que busque la raíz del problema, que antes de poner nombre a lo que tienes te evalúe detenidamente y haga un análisis de tu entorno, es una terapia cara: cuesta tiempo y profesionalidad”. 
 
Frente a ello, dice, se presenta la alternativa de los medicamentos: “Los antidepresivos son importantes y pueden ser necesarios”, matiza, “yo misma recomiendo a algunos pacientes que vayan al psiquiatra porque a veces hace falta estabilizar, pero no es la panacea ni una pastilla mágica, y un medicamento puede no irte bien”. (...)

Por eso, dentro de las familias con menos ingresos surgen, defiende Hugo de Vargas, una serie de problemas emocionales que en la clase alta o no hay, o que al menos no se presentan de la misma manera. Funcionar dentro de un sistema con unos horarios laborales estrictos “donde las proyecciones, los sueños o el amor propio quedan en un segundo plano porque nuestro motor de vida es entregar nuestra fuerza de trabajo al patrón en muchos casos en condiciones precarias”, dificulta, defiende el joven, el disfrute de la esfera privada.(...)

Según los últimos datos de la Encuesta Nacional de Salud de España (ENSE), publicada por el Ministerio de Sanidad en 2017, un 13,5% de la población de clase social más baja presentaba alguna enfermedad mental frente al 5,9% de la clase social más favorecida y, mientras el riesgo de padecerla ascendía al 24% entre la ciudadanía del último cuartil, en el caso del primero se colocaba en un 6%.
 
 También la discapacidad derivada del padecimiento psíquico era notablemente menor en función del nivel socioeconómico del paciente: 5,3% frente al 1,9%. A ello, recuerda Fátima Masoud, se suma una mayor incidencia de padecimiento psíquico entre las mujeres y entre los colectivos minoritarios —LGTB, personas racializadas...—, además de que el factor del estigma social varía entre un grupo poblacional y otro: “No es lo mismo un rico loco que un pobre loco. Un pobre que está loco es un señor que está gritando por la calle, sin hogar, y un rico que comete excentricidades no pasa nada, porque es rico”.

Según la última Encuesta Europea de Salud, publicada en 2014, un 4,6% de los jóvenes españoles de entre 15 y 34 años habían acudido a una consulta de psicología —pública o privada— el último año, una cifra notablemente más alta que el 3% de 2009. La Confederación Salud Mental España presentaba en 2019 un informe en el que aseguraba que, en el país, dos millones de jóvenes de 15 a 29 años (30% del total) habían sufrido síntomas de trastorno mental en el último año, unos síntomas que varios estudios han demostrado que se vieron incrementados en este sector poblacional en la pandemia de forma más acusada que en adultos más mayores.(...)

A ello se refiere Marta Carmona cuando incide en la necesidad de profundizar en el contexto a la hora de exponer el padecimiento psíquico: “No podemos convertir la psicoterapia en la panacea y en la respuesta a todo, porque podemos estar obviando un problema estructural que no se resuelve”, expone la experta, quien advierte de la tendencia por parte de muchos jóvenes de reducir las dolencias psíquicas en conceptos como la falta de serotonina: “El sufrimiento que tiene la gente de Cañada Real a la que Naturgy les quitó la luz no se soluciona yendo a terapia, ni es un tema de falta de serotonina”, ejemplifica. (...)

“Lo primero es aumentar el factor social en los hospitales psiquiátricos, contratar a más trabajadores sociales, porque muchas personas que van al hospital tienen bestias en su día a día (económicas, en su familia…) que no se tratan en un centro, y que son las que realmente generan ese padecimiento”, prioriza Hugo de Vargas, que también cree que debería mejorarse la atención psicológica que reciben los pacientes: “Creo que tiene que haber un acompañamiento también cuando sales del psiquiátrico, si no lo único que estamos haciendo es mantener viva a esa persona pero luego la dejamos a su suerte”. 
 
El día que a Hugo le dieron el alta, se la dieron también a una compañera que se suicidaría unos meses después: “Yo salí vivo, pero ella se podría decir que no salió viva. Estamos dando un tratamiento a los pacientes, ¿pero qué seguridad les damos después? ¿Asume el sistema la responsabilidad de la vida de las personas, o hace lo que tiene que hacer el sistema: mantenerlas con vida un tiempo finito?”, reflexiona.

“A mí personalmente la experiencia psiquiátrica no me sirvió, me generó un trauma”, espeta Yuno, que valora que el sistema presenta graves carencias.(...)

Marta Carmona comparte lo positivo del proceso: “Cuando por fin mucha gente que está intentando definir qué es la salud mental y cómo cuidarla deje de hablar de serotonina o de terapia como significante vacío y se pongan a investigar otras corrientes para entender la salud mental, se harán cosas muy interesantes”. 
 
Cosas que en el pasado, concluye la psiquiatra, no se hicieron bien. Porque aunque la lucha contra los discursos hegemónicos y el hecho de que se cuestione la salud mental no es algo exclusivo de la generación Z, el mayor número de herramientas, el desgaste acumulado y la diversificación de referentes puede impulsar un cambio que permita hablar más, y quizás mejor, de salud mental."            (Pedro Varea, El Salto, 21/02/21)

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