"Hace unos meses una cadena televisiva preguntaba a una niña qué lección sacaba del coronavirus. “He aprendido que no tenemos futuro”, espetaba ella, poniendo en palabras el sentimiento de millones de jóvenes que, crecidos entre crisis, han de resignarse a vivir peor que sus padres.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que la depresión será la primera causa de discapacidad entre jóvenes y adultos en 2030 y, a día de hoy, el suicidio es la segunda causa de muerte entre personas de entre 15 a 29 años. En un contexto de desigualdades acusadas, falta de expectativas ante un mercado laboral inaccesible e incapacidad de planificación o de cumplimiento de las aspiraciones vitales, la herencia recibida ha llevado a que la generación Z —la nacida entre 1995 y 2010— sienta menos reparos a la hora de exponer sin tapujos su forma de pensar, sentir y padecer.
Yuno, una barcelonesa de 18 años, es un ejemplo de esta ruptura del tabú: “En las redes me quiero mostrar tal cual soy, ya me puse una máscara durante muchos años y prefiero ser transparente”, explica la joven, que recibe miles de visitas en su canal de YouTube, Purpurin Unicorn, donde habla sobre sus diagnósticos de salud mental, el bullying y su experiencia en centros psiquiátricos: “Prefiero ser considerada generación de cristal antes que de piedra”, defiende. (...)
Cada vez se habla con más naturalidad de ellos, pero ¿qué son los trastornos de la salud mental? (...)
Para Fátima Masoud, las implicaciones de ello son claras y entran en juego intereses económicos: “Se patologizan todo tipo de conductas y emociones porque al final todo esto lo mueve un modelo biomédico del que sale ganando la industria farmacéutica”, defiende.
Claudia Pradas es una psicóloga especializada en jóvenes adultos que compagina su consulta en A Coruña con el uso de las redes sociales para abordar cuestiones de la salud mental en un tono más desenfadado con el que acercarse a la generación Z. Para esta especialista, es necesario acudir al factor económico para explicar los motivos, pero no solo por una cuestión de beneficios para un sector, sino también de ahorro para las arcas públicas: “Al final lo que busca el grueso del sistema de salud mental es una terapia rápida que permita que seas funcional y aportes al sistema sin costarle mucho; una terapia más profunda que busque la raíz del problema, que antes de poner nombre a lo que tienes te evalúe detenidamente y haga un análisis de tu entorno, es una terapia cara: cuesta tiempo y profesionalidad”.
Por eso, dentro de las familias con menos ingresos surgen, defiende Hugo de Vargas, una serie de problemas emocionales que en la clase alta o no hay, o que al menos no se presentan de la misma manera. Funcionar dentro de un sistema con unos horarios laborales estrictos “donde las proyecciones, los sueños o el amor propio quedan en un segundo plano porque nuestro motor de vida es entregar nuestra fuerza de trabajo al patrón en muchos casos en condiciones precarias”, dificulta, defiende el joven, el disfrute de la esfera privada.(...)
Según los últimos datos de la Encuesta Nacional de Salud de España (ENSE), publicada por el Ministerio de Sanidad en 2017, un 13,5% de la población de clase social más baja presentaba alguna enfermedad mental frente al 5,9% de la clase social más favorecida y, mientras el riesgo de padecerla ascendía al 24% entre la ciudadanía del último cuartil, en el caso del primero se colocaba en un 6%.
Según la última Encuesta Europea de Salud, publicada en 2014, un 4,6% de los jóvenes españoles de entre 15 y 34 años habían acudido a una consulta de psicología —pública o privada— el último año, una cifra notablemente más alta que el 3% de 2009. La Confederación Salud Mental España presentaba en 2019 un informe en el que aseguraba que, en el país, dos millones de jóvenes de 15 a 29 años (30% del total) habían sufrido síntomas de trastorno mental en el último año, unos síntomas que varios estudios han demostrado que se vieron incrementados en este sector poblacional en la pandemia de forma más acusada que en adultos más mayores.(...)
A ello se refiere Marta Carmona cuando incide en la necesidad de profundizar en el contexto a la hora de exponer el padecimiento psíquico: “No podemos convertir la psicoterapia en la panacea y en la respuesta a todo, porque podemos estar obviando un problema estructural que no se resuelve”, expone la experta, quien advierte de la tendencia por parte de muchos jóvenes de reducir las dolencias psíquicas en conceptos como la falta de serotonina: “El sufrimiento que tiene la gente de Cañada Real a la que Naturgy les quitó la luz no se soluciona yendo a terapia, ni es un tema de falta de serotonina”, ejemplifica. (...)
“Lo primero es aumentar el factor social en los hospitales psiquiátricos, contratar a más trabajadores sociales, porque muchas personas que van al hospital tienen bestias en su día a día (económicas, en su familia…) que no se tratan en un centro, y que son las que realmente generan ese padecimiento”, prioriza Hugo de Vargas, que también cree que debería mejorarse la atención psicológica que reciben los pacientes: “Creo que tiene que haber un acompañamiento también cuando sales del psiquiátrico, si no lo único que estamos haciendo es mantener viva a esa persona pero luego la dejamos a su suerte”.
“A mí personalmente la experiencia psiquiátrica no me sirvió, me generó un trauma”, espeta Yuno, que valora que el sistema presenta graves carencias.(...)
Marta Carmona comparte lo positivo del proceso: “Cuando por fin mucha gente que está intentando definir qué es la salud mental y cómo cuidarla deje de hablar de serotonina o de terapia como significante vacío y se pongan a investigar otras corrientes para entender la salud mental, se harán cosas muy interesantes”.
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