"Cuando los cofundadores de Podemos se enfrentaron en el congreso de Vistalegre II en febrero de 2017, uno de los principales puntos de desacuerdo fueron las relaciones con los socialistas de centro-izquierda (PSOE) tras el fracaso de su intento de formar un gobierno de coalición en 2016.
Para el secretario general, Pablo Iglesias, este pilar de las instituciones españolas estaba demasiado comprometido con el centro neoliberal como para ser un aliado plausible. Pero una minoría liderada por Íñigo Errejón insistió en que Podemos, por encima de todo, necesitaba demostrar al pueblo español que el partido nacido al calor del 15-M estaba preparado para gobernar, si quería llegar más allá de su base joven y urbana.
Avancemos hasta hoy, y no sólo el partido (hoy llamado Unidas Podemos, UP) está debilitado, sino que los roles han cambiado radicalmente. Fue Iglesias quien finalmente llevó al partido a principios de 2020 a una coalición con el PSOE de Pedro Sánchez, pero con su fuerza parlamentaria reducida a la mitad tras cuatro elecciones generales en cuatro años. El primer año de gobierno de coalición trajo consigo algunas leyes importantes, pero también reveses políticos para UP, y hace poco Iglesias dejó el cargo de vicepresidente del Gobierno, antes de retirarse por completo de la política.
Mientras tanto, Errejón había dejado Podemos a principios de 2019. Ahora Errejón es líder de Más País, un pequeño partido verde-progresista cuyos tres diputados trabajan codo a codo con el gobierno PSOE-UP. En una entrevista con Àngel Ferrero, de Jacobin, Errejón repasa el movimiento de protesta del 15-M, su experiencia con Podemos y su intento fallido de transformar la política española, abriendo el camino a una oleada insurgente de la derecha nacionalista.
El pasado mes de mayo se celebraron diez
años del 15-M. Me gustaría que hiciese un balance de aquel movimiento,
no sólo sus aspectos positivos –sobre los que leímos bastante en los
artículos publicados meses atrás–, sino también los negativos.
Íñigo Errejón: No ha habido ninguna reflexión política seria. Me parece muy relevante que diez años después el aniversario haya pasado sin pena ni gloria. Significativamente, aunque sea muy minoritaria, comienza a haber una especie de lectura reaccionaria: fue una especie de exigencia meritocrática de las clases medias, no sirvió absolutamente para nada, etcétera. Es un estado de ánimo que dice algunas cosas de lo que ha pasado en estos diez años y que se parece un poco a la contraoleada que la derecha francesa lanzó cuando el mayo del 68 estaba derrotado. El péndulo ha ido en dirección contraria y España se encuentra en un proceso de derechización. Las derechas están en la oposición, pero marcan la agenda cultural.
¿Qué balance hago del 15-M? Creo que fue una acumulación de malestares, que movilizó a cientos de miles de personas en España con objetivos muy diversos. Un mínimo común denominador recorría aquella protesta, que era la exigencia de democracia, entendida no sólo como competición entre partidos. También una impugnación a las elites económicas, que aunque no se presentaban a las elecciones, podían gobernar nuestro país saliese lo que saliese de las urnas. Fue una denuncia de que el país oficial se había olvidado del país real.
Esa acumulación de malestares produjo un cambio en el clima político en España. No tuvo una traducción política directa porque no podía tenerla: la amplitud y diversidad de sus reclamaciones era mucho mayor. Según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), hasta un 72% de los españoles estaba de acuerdo con las demandas del 15-M. No fue un movimiento que naciese de los sectores tradicionalmente movilizados y esto lo digo con conocimiento de causa, como militante que he sido desde los 14 años. El 15-M conectó con los anhelos de regeneración democrática y justicia social.
Cuando el 15-M ha tocado techo, pasa de las grandes ocupaciones en las plazas a las asambleas en los barrios, y consigue dominar la agenda mediática. Entonces el 15-M se encuentra con un problema, uno típico de los movimientos sociales: a pesar de su alcance, no quiere plantear la disputa institucional por vías electorales y tampoco tiene la capacidad de producir poder por sí mismo. No es una situación de poder dual, por utilizar una expresión clásica. Ante esta disyuntiva que no se resuelve, el 15-M empieza a tener una crisis de crecimiento. Eso no significa que el clima que ha generado se haya diluido, simplemente que no tiene un catalizador político e institucional.
¿Buscaba Podemos ser ese catalizador?
IE: Efectivamente, la iniciativa del primer Podemos nace para recogerlo, aunque el primer Podemos no es en modo alguno una expresión política del 15-M. No es una iniciativa del movimiento, aunque sí de gente que ha estado en el movimiento. Es el intento de un conjunto de activistas y académicos que permita tener una herramienta para transformar la indignación ciudadana amplia y transversal ideológicamente en una fuerza política electoral.
Desde su inicio, en enero de 2014, hasta las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015, en las que Podemos consigue cinco millones de votos, vivimos unos años muy acelerados en la política española, presididos por Podemos. Esto es, presididos por una fuerza política que nació para interpretar el momento populista abierto por el 15-M y para darle una traducción política electoral.
La lectura que hacemos del 15-M quienes lanzamos el primer Podemos es que el 15-M no es un movimiento de la izquierda, que no es una impugnación a los 40 años de democracia liberal en España y que no es una revisión de lo que no se ha hecho bien en el pasado. No es una impugnación a lo que han hecho nuestros padres, por más que nosotros vengamos de culturas políticas que sí que se alinean en ese sentido. El 15-M no es una impugnación al pasado, sino que confronta al régimen político con sus propias promesas. Eso le da un carácter ambivalente. Por una parte, es conservador: no impugna el orden impuesto por los de arriba. Les pone un espejo y confronta al orden en los propios principios del orden, por así decirlo. Esto es muy importante recordarlo porque marca el recorrido: más de carácter regeneracionista que revolucionario, pero que es lo que permite la transversalidad ideológica del 15-M.
El 15-M excede con mucho a la izquierda y sus símbolos. Mezcla elementos anticapitalistas con otros tecnocráticos o meritocráticos. Todos esos contenidos aparentemente contradictorios se mezclan en una propuesta regeneracionista de carácter transversal. La iniciativa de Podemos se plantea explícitamente en esos términos: no somos una formación política de izquierda más, sino una que viene a escuchar la voluntad ciudadana y las ganas de cambio, de radicalidad democrática.
Durante dos años Podemos marca y preside toda la política española, desde las elecciones europeas del 2014 sobre todo. Incluso las elecciones se convocaban con el propósito indisimulado de cogernos a contrapie, de dificultarnos los plazos… Desde el 15-M de 2011 hasta diciembre de 2015 transcurren cuatro años en el que las elites y las derechas están a la defensiva culturalmente, en el que el país hace suyas las razones de los indignados y aunque no estamos en el Congreso de los Diputados, somos una fuerza contrahegemónica que, sin ser mayoritaria, claramente marca el rumbo de las instituciones del país. Conseguimos 5 millones de votos el 20 de diciembre de 2015. Todo esto duró hasta las fallidas negociaciones para formar gobiernos con el PSOE, de marzo a abril de 2016.
¿Qué queda hoy de aquel ciclo?
IE: Creo que aquel ciclo está cerrado. Creo que una buena parte de los actuales liderazgos y de la gramática política española no se entiende sin el 15-M, pero que en un cierto sentido el péndulo populista, que tuvo un sentido progresista, regeneracionista y democrático del 2011 al 2015, empezó a girar en un sentido reaccionario. Hoy estamos en un clima antipolítico que los comentaristas identifican vagamente con el 15-M, pero que para mí es del signo contrario. Aunque hay un gobierno progresista, es un gobierno constituido más bien a la defensiva frente a las derechas. Las derechas no sólo lideran las encuestas en este momento, mientras estamos hablando, sino que lideran claramente la conversación pública. Hoy se dicen cosas en España que hace 10 años hubieran sido impensables.
No es sólo lo que diga una formación de la derecha neoliberal y autoritaria como Vox, sino que permea a otras formaciones que hace años no se lo habrían permitido decir algo así. Este verano hemos tenido una oleada de agresiones a personas LGTBI que no se ajena a una normalización de los discursos de odio contra los diferentes, los más débiles, una especia de socialización de la crueldad. Mientras el campo progresista está paradójicamente en el gobierno, pero culturalmente a la defensiva y en una especie de intento de recomposición donde todavía sólo tímidamente aparecen las ideas y proyectos nuevos.
El 21 de enero de 2019 renunció a su acta de diputado
en el Congreso y un mes más tarde la plataforma Más Madrid (MM) decidía
presentarse a las elecciones. En septiembre de ese mismo año cambiaba
su nombre a Más País (MP) y pasaba a ser un partido de ámbito estatal.
Aunque personalmente no debe ser una cuestión fácil de abordar, por su
interés político me veo obligado a preguntarlo: ¿Qué le llevó a romper
con Podemos?
IE: La interpretación más común en el debate político en los medios es que un grupo de amigos se pelearon. Y eso es lo que ha trascendido más. De tal manera que uno se posiciona en función de quién le caía mejor. Obviamente, teniendo en cuenta quienes entendemos la política no como un oficio, sino como un compromiso y una pasión, las decisiones políticas entre gentes que han hecho una trayectoria juntos, se transforma en rupturas, a veces dolorosas. Pero eso es la consecuencia, no la causa. De los fundadores de Podemos, no queda ni uno en puestos de liderazgo. No lo digo a modo de crítica, sino a modo de intento de contextualización histórica. Y muchos de ellos seguimos activos en política.
La causa es que a mi entender, y el de una buena parte de quienes fundamos Podemos al inicio, a partir de junio de 2016 Podemos empieza a tirar ideológicamente hacia otras partes. La respuesta no quisiera centrarla en qué hago yo, sino en qué pasa. ¿Qué creo que sucede? Una fuerza política que se reclama nacional-popular, de radicalidad democrática y transversal, que pretender subvertir el eje izquierda-derecha, no por algún intento de menospreciar los valores y la ideología de la izquierda, sino porque la construcción de una mayoría popular nueva desborda a la izquierda. Venimos de ahí, pero es necesario construir un movimiento en términos patrióticos, de justicia social y regeneración democrática, como se había hecho en Latinoamérica. Ésas son las señas de identidad del primer Podemos.
En mi opinión, sólo gracias a ese discurso y a esa manera de entender la política el primer Podemos consigue irrumpir electoralmente. Cuando nace el primer Podemos se lo acusa de dividir a la izquierda, pero atrae a gente que se identifica más con otros movimientos del momento, como ‘Occupy’, se identifica más con un discurso populista, en un sentido progresista, de profundización democrática… Ésa es nuestra seña de identidad fundamental. ¿Por qué? Porque en el primer Podemos confluimos, nos encontramos personas que venimos de tradiciones muy diferentes. Nos encontramos la gente de Juventud sin Futuro, mucha gente de militancia estudiantil, que venimos del autonomismo y los movimientos sociales, y a quienes nos ha influido mucho lo que pasa en América Latina, el ciclo populista-progresista en la región, que se enmarca en una hipótesis nacional-popular.
Pero pronto
entra un conjunto de gente, en torno al secretario general, que viene
de una militancia más tradicional en el Partido Comunista de España
(PCE) y las juventudes del PCE, que se encuadran en una izquierda más
tradicional. Entonces no es un problema. Se nota en los símbolos, en las
palabras. Pero pronto comienzan a notarse diferencias sustanciales: en a
quién apelamos, en qué tipo de política hacemos. Esto será muy evidente
cuando tenemos que negociar un gobierno con el PSOE. Aquel Podemos
tiene cinco millones de votos y el PSOE cinco millones trescientos mil.
Nos separan una decena de escaños.
¿Qué importancia tuvieron las negociaciones de formación de gobierno?
IE: Cuando tuvimos que negociar en 2016 un gobierno, lo hacíamos prácticamente de tú a tú. Lo hacíamos en un país en el que el sentir mayoritario era claramente regeneracionista, progresista, la derecha estaba en muchas dificultades y no había nacido todavía la extrema derecha de Vox.
El gobierno que se cerró en invierno
de 2019 entre el PSOE y Podemos llevaba siendo posible desde enero del
16, casi cuatro años antes, y se cerró cuando los dos eran más débiles y
el país estaba mucho más derechizado. El gobierno que acuerdan PSOE y
Unidas Podemos (UP) en diciembre de 2019 es la peor posibilidad que
podía haber habido. Llevábamos cuatro años en los que ese gobierno
podría haberse cerrado, con muchas mejores condiciones y una correlación
de fuerzas en la que Podemos hablaba de tú a tú al PSOE, casi con los
mismos votos.
Ese gobierno no se acuerda porque el grueso de la dirección socialista no quiere, pero porque los compañeros que vienen de la tradición de la izquierda tradicional, más comunista, creen que una repetición electoral puede producir un sorpasso al partido socialista. ¿Cómo? Porque Podemos se va a unir con Izquierda Unida (IU). A la repetición electoral Podemos acude con 5 millones de votos, IU con 1 millón de votos. A partir de entonces empieza un proceso acelerado por el cual Podemos comienza a asumir la forma de hablar, los mensajes políticos, la autoubicación en el tablero político de la izquierda tradicional.
Abrimos los mítines con banderas cubanas, soviéticas. Yo no tengo ningún problema con esas banderas, pero tengo claro que Podemos no consiguió 5 millones de votos apelando a los seguidores de esas banderas, sino que lo hizo trascendiendo a la izquierda y apelando a cuestiones de sentido común para conseguir un país que tratase mejor a su gente.
Cuando Podemos comenzó a renunciar al camino nacional-popular y transversal y empezó a orientarse a ser una izquierda política tradicional, empezó a tener los resultados electorales de la izquierda tradicional. Desde entonces aquel Podemos no ha dejado de perder votos, las encuestas ya le acercan mucho a lo que fueron los mejores resultados de IU, es decir, una oferta para los votantes poscomunistas tradicional, que hasta ahora vivía de las rentas de tener el que seguramente fuese el mejor candidato de la política española, que era Pablo Iglesias hasta su retirada, y que hoy ha decidido ocupar. Ese espacio no va a desaparecer. La derecha especula con que este espacio va a desaparecer. Esto no es cierto. Existe un lugar cómodo, con un suelo sólido, pero también un techo electoral sólido, para una formación política de convencidos a la izquierda del PSOE, pero regalándoles el papel de líderes del campo progresista.
¿Cómo se produce ese cambio que describe?
IE: Yo creo que por tres razones. La primera, yo fundo –en primera persona lo asumo– una formación política muy vertical, de carácter plebiscitario, que legitima sus decisiones en una dirección muy concentrada, muy centrada en la competición electoral, y en la capacidad carismática del secretario general. ¿Por qué hago eso? Porque entiendo que necesitamos una herramienta organizativa que no quede en manos exclusivamente de los militantes. En todas las formaciones políticas hay una brecha entre lo que desea el militante y lo que desea el votante.
El militante dedica más tiempo a la actividad política y acaba marcando el rumbo del partido, normalmente hacia posiciones ideológicas más tradicionales de las que el votante querría. Yo entiendo que para ser la fuerza política que recoja el impulso del 15-M tenemos que ser una fuerza política que se abra más allá de los militantes tradicionales de la izquierda, a los que pertenezco. Lo hago con el conocimiento de lo que estoy haciendo. Así se funda lo que llamo “una máquina de guerra electoral”, muy hábil, muy rápida, muy concentrada, pero de difícil autoreforma.
¿Quién tiene el mando en una máquina de guerra electoral caudillista, plebiscitaria? El cabeza de cartel. En un momento dado el cabeza de cartel y secretario general, y los compañeros de dirección que le rodean, empiezan a virar hacia una posición de la izquierda tradicional. Nosotros nos oponemos, defendemos nuestras tesis, vamos a un segundo congreso. Sacamos aproximadamente un tercio del apoyo, un 33%, ellos obtuvieron un 49%, y una tercera familia, de procedencia trotskista, un 9%. Buena parte de la gente que prefiere el rumbo que nosotros defendemos es gente que está dispuesta a votarte en las urnas, pero que no participa en procesos electorales internos. Además, cuando los congresos se vuelven más virulentos –y éste lo fue–, la gente con menos compromiso político se aparta: no le gusta lo que ve y se marcha.
Y aquí es donde comienza el proceso de ruptura.
En una formación política educada en el liderazgo carismático, nosotros competimos contra la línea que defiende el secretario general y perdemos. Durante un tiempo creemos que es posible la cohabitación en minoría, defendiendo nuestras posiciones, pero hacia dentro nuestra existencia en Podemos comienza a complicarse cada vez más, de una manera que sólo entiende quien haya militado en política. Los engranajes de un partido pueden hacer que determinadas cosas sean casi imposibles. Desde entonces, la trayectoria política de Podemos es una trayectoria de declive.
En cada cita electoral pierde votos, empieza a desaparecer en ciertos territorios en los que ya no tiene representación, y le pasa una cosa que no se mide en números: Podemos deja de liderar la conversación pública española. Podemos era en 2014-2015 un objeto de moda entre analistas e intelectuales. Era prestigioso acercarse a Podemos. Podemos pierde rápidamente eso y se convierte en una formación tradicional, que ocupa el espacio de lo que había sido IU y el PCE. A un porcentaje muy reducido de españoles les gusta mucho, y a un porcentaje considerable de españoles no les dice nada.
Yo había ganado unas primarias para ser el candidato de Podemos a la presidencia de la Comunidad de Madrid. La situación con que me encuentro, sin entrar en detalles personales desagradables, es que no tengo ni los medios, ni la ayuda ni la disposición del partido para concurrir en condiciones a esas elecciones. Se toma la decisión política de estrecharme el margen, para apartarme, para asfixiarme políticamente. Así que lanzó una plataforma junto a Manuela Carmena, la entonces alcaldesa de Madrid, que se llama Más Madrid, a la que invitamos a Podemos a sumarse, de forma parecida a lo que Podemos hace en Barcelona, donde participa en una plataforma que se llama Barcelona En Comú, como una fuerza más y no pone ni siquiera el cabeza de lista. Es claramente parte del proyecto, pero la plataforma es más amplia. Yo entiendo que la única manera de mantener el Ayuntamiento de Madrid y ganar la Comunidad de Madrid es con un gesto de apertura, incorporando a los militantes tradicionales de la izquierda, pero también a una parte de la ciudadanía que no habla con nuestros códigos, pero que sí que se puede sentir identificada con un programa de regeneración democrática, de mejora de los servicios públicos, de recuperación de la idea de comunidad, de recuperación del contrato social roto por 30 años de neoliberalismo.
La dirección de Podemos reacciona de manera muy virulenta, dicen en un comunicado que yo me he situado –en terminología propia de los partidos comunistas– fuera de la disciplina interna y el secretario de organización me pide que renuncie a mi acta de diputado. Lo hago. Con lástima, porque es una organización que ayudé a fundar y guié como secretario político y director de las campañas electorales, ayudándola a tener 5 millones de votos. Viendo una deriva que en lo interno es sectarizante y en lo externo estrecha el campo político, de hablarle a cada vez menos gente.
Entrego el acta y me dedico a Más Madrid. Vamos a las elecciones y obtenemos un gran resultado como Más Madrid. Ganamos las elecciones en la ciudad, aunque no es suficiente para conservar el ayuntamiento. Curiosamente, en 2015 se habían perdido las elecciones y ganado el ayuntamiento. En esta se ganan, pero los votos que en 2015 se desperdician porque la extrema derecha no consigue resultados, aquí pasa por la izquierda: hay una candidatura de IU apoyada por Podemos llamada Madrid en Pie, por la que se pide el voto el último día de campaña, que no consigue entrar y se pierde el ayuntamiento ganando las elecciones. Nosotros obtenemos un 15% en la Comunidad de Madrid, triplicando los resultados de Podemos. Desde entonces comenzamos a construir una plataforma propia en Madrid que hoy, después de las elecciones de mayo de 2021, es la segunda fuerza en la Comunidad de Madrid y es la oposición a la derecha del Partido Popular (PP), que ha adelantado al PSOE, algo que no había ocurrido en una comunidad autónoma exclusivamente castellanoparlante.
En las elecciones generales Más Madrid decidió lanzar una plataforma estatal, Más País, por la que soy actualmente diputado en el Congreso de los Diputados. Pero conseguimos una representación muy inferior a lo que decían las encuestas cuando lanzamos la idea, por debajo de nuestras expectativas y nuestros objetivos. Sabíamos que era un proceso lento de construcción. Conseguimos tres diputados: dos por Madrid y el de Valencia en alianza con Compromís. Tiene una visibilidad política muy superior a su peso institucional: somos un grupo al que se ve mucho más que a grupos que tienen 10 ó 20 diputados. Esperamos que sea la semilla del desarrollo de una fuerza política verde, de justicia social y de radicalidad democrática en nuestro país.
¿Cómo definiría a Más País (MP) para alguien que no conozca aún la formación?
IE: Venimos de haber sido esa corriente fundadora de Podemos anclada en lo que llamábamos “hipótesis nacional-popular”, destinadas a superar la izquierda, no en sus valores, sino en la forma de dirigirnos a nuestros ciudadanos. Creemos que lo verde, el ecologismo político, es una oportunidad fundamental para reconstruir la economía. Lo verde no es para nosotros algo sectorial: es el mayor desafío que tiene la civilización, y no tiene solución en el modelo de desarrollo actual. El problema del cambio climático no tiene solución en los términos oligárquicos y de mercado depredador actuales. Para tener solución, necesita del fortalecimiento de las comunidades, en primer lugar de las comunidades locales, con un Estado fuerte, pero sobre todo de la capacidad de planificar el futuro, y no dejárselo a las fuerzas de quien más dinero. Por ese camino, no es que hablemos de un modelo que produzca injusticias y dolor social, sino que nos lleva a la extinción de la vida tal y como la conocemos. Este reto nos exige superar el modelo neoliberal y recuperar la idea del bien común. Sólo si reforzamos la capacidad de cooperar podemos hacerlo, dentro de Estados fuertes y democráticos.
Nosotros nos sumamos a la ola verde que recorre Europa, pero nos inscribimos con una especificidad: somos verdes del sur de Europa. Eso significa que en nuestro caso la justicia social y la transición ecológica tienen que ir de la mano. Sin justicia social, las masas no querrán una transición ecológica. Sin transición ecológica será muy difícil llevar a cabo una reindustrialización verde que restablezca el contrato social, que es uno de los mayores retos de nuestra sociedad."
(Entrevista a Íñigo Errejón, Ángelo Ferrero, JACOBIN América Latina, 24/10/21)
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