16.3.22

Así es como el mundo habría podido evitar la pandemia de la COVID-19... Corea del sur se apresuró a tomar medidas, y lanzr una campaña masiva de pruebas —llevaban desde enero preparando su capacidad de testeo—, con la posibilidad de hacerse la prueba sin salir del coche, y el rastreo vigoroso de los contactos. Corea venció un brote potencialmente catastrófico, y siguió limitando sus casos. Tuvieron menos de 1000 muertos en todo 2020. En Estados Unidos, eso se habría traducido en menos de 7000 muertos por la COVID-19 en 2020. En cambio, las muertes furon más de 375.000

 "(...)  Lo que podría haber pasado: los funcionarios podrían haber implementado estrategias de mitigación efectivas y tempranas

El resto del mundo podría haber entendido el virus como lo hicieron los funcionarios japoneses. Basándose en sus deducciones, a las que llegaron en febrero de 2020, de que la COVID-19 se transmitía sobre todo por el aire, se propagaba de forma asintomática cobraba impulso mediante focos de contagio, para principios de marzo ya estaban recomendando llevar la mascarilla, y a insistir en la necesidad de la ventilación y a aconsejar a la población que evitara las tres ces: espacios cerrados, lugares concurridos y entornos de contacto cercano.

Los estadounidenses, en cambio, desinfectaban los productos de sus compras, y la OMS siguió insistiendo en el lavado de manos y la distancia social, o mantenerse a dos metros de los demás. Japón ha tenido unas 25.000 muertes por COVID-19, que equivaldría a un poco menos de 66.000 en un país del tamaño de Estados Unidos.

Hacer pruebas de manera masiva podría haber detectado a las personas contagiosas antes de saber que estaban enfermas e incluso a las que nunca habían tenido síntomas. Con ventilación y sistemas de filtración del aire se podrían haber hecho más seguros los espacios interiores.

En vez de cerrar los parques, se podrían haber trasladado las actividades al exterior cuando el clima lo permitiera, puesto que la ventilación natural es más efectiva para disipar el virus. Se podría haber entendido antes la función fundamental de las mascarillas, además de los beneficios de aquellas de mejor calidad. En vez de gastar el dinero en barreras de plexiglás —que no impiden totalmente el paso de los aerosoles e incluso pueden crear zonas muertas sin ventilación—, los colegios podrían haber empezado a actualizar sus sistemas de ventilación y climatización, y a instalar filtros de aire HEPA, que pueden filtrar los virus. Se podría haber adoptado la estrategia de Japón de apuntar a los focos de contagio.

 Además, aunque es más fácil acabar con una epidemia si se actúa pronto, es su propagación silenciosa y los supercontagios lo que hace aún más importante reaccionar a tiempo, como demuestra la respuesta temprana de Corea del Sur.

Corea del Sur experimentó varios supercontagios en febrero de 2020, incluido uno en una iglesia secreta de Corea del Sur, donde se registraron más de 5000 contagios, se cree que derivados de una sola persona. El país tenía el mayor número de casos fuera de China en ese momento.

Los funcionarios surcoreanos se apresuraron a tomar medidas, y lanzaron una campaña masiva de pruebas —llevaban desde enero preparando su capacidad de testeo—, con la posibilidad de hacerse la prueba sin salir del coche, y el rastreo vigoroso de los contactos.

Corea del Sur venció ese brote potencialmente catastrófico, y siguió limitando en gran medida sus casos. Tuvieron menos de 1000 muertos en todo 2020. En Estados Unidos, eso se habría traducido en menos de 7000 muertos por la COVID-19 en 2020. En cambio, los cálculos sitúan la cifra de muertes en más de 375.000.

Lo que pasó: cuando se desarrollaron las vacunas, los países ricos las acapararon

El mayor logro científico de la pandemia ha sido quizá el rápido desarrollo de vacunas seguras y efectivas.

En enero de 2020, el CEO de BioNTech, Ugur Sahin, empezó a diseñar vacunas en cuanto leyó el estudio de The Lancet que señalaba la existencia de casos asintomáticos, lo que lo convenció de que probablemente habría una pandemia. Entonces convenció a Pfizer, su inversor, al principio escéptico, para que lo respaldara.

El 15 de mayo de 2020, Estados Unidos puso en marcha la Operación Máxima Velocidad, con la que financió el desarrollo de seis vacunas candidatas. Cinco de ellas resultaron ser altamente efectivas, sin ninguna garantía previa. La primera en producir unos resultados espectaculares fue la de Pfizer y BioNTech. La de Moderna le siguió poco después.

El suministro fue un problema inmediato. Al principio, Pfizer calculó que produciría hasta 1350 millones de dosis en 2021, suficientes solo para que el 8,5 por ciento de la población mundial recibiera las dos dosis. No se esperaba que Moderna, una compañía mucho más pequeña, pudiese superar eso. La vacuna de AstraZeneca tampoco podría salvar la brecha con la rapidez necesaria.

Además, hubo un compromiso insuficiente para que las vacunas se distribuyeran de manera justa en todo el mundo.

En cambio, fueron los países ricos que habían hecho pedidos anticipados o habían financiado la investigación los que recibieron la mayoría de las dosis iniciales.

La producción de vacunas aumentó, pero con lentitud. No hubo un consorcio o una puesta en común de recursos para redoblar los suministros. La tecnología no se transfirió a los países de renta baja y media. No se liberaron las patentes. La iniciativa de la OMS para conseguir vacunas para los países más pobres, conocida como Covax, no fue capaz de comprar las dosis necesarias, y las donaciones que se realizaron fueron insuficientes y caóticas.

Después, en un giro de los acontecimientos en gran medida inesperado, empezaron a aparecer peligrosas variantes del coronavirus a finales de 2020: alfa, delta y después ómicron.

Una vacunación generalizada más temprana podría haber ayudado a limitar la posibilidad de que surgieran estas variantes. Además, pueden haber aparecido muchas variantes a través del contagio persistente de las personas con inmunodeficiencia, como las que tienen el VIH y no reciben tratamiento, otro terrible legado de la desigualdad sanitaria mundial.

Lo que podría haber pasado: se redobla el suministro de vacunas, con una distribución razonable

Los líderes políticos de los países ricos deberían haber juntado a los fabricantes de vacunas para arreglar una serie de condiciones y acuerdos que solo se pueden alcanzar con la presión de los gobiernos: centros de fabricación compartidos, formación de expertos y puesta en común de la propiedad intelectual. La transferencia tecnológica a los países más pobres podría haber logrado el objetivo último: un mundo donde muchos países pueden producir vacunas efectivas. Los fabricantes de vacunas ya existentes seguirían obteniendo ganancias importantes, sobre todo teniendo en cuenta que ellos, también, se han beneficiado de la financiación pública de la investigación.

Los países pueden querer vacunar primero a sus propios ciudadanos, incluso a los que corren mucho menos peligro. Sin embargo, para salvar la mayor cantidad de vidas posible, se deben establecer las prioridades a nivel mundial. Los profesionales sanitarios, las personas mayores y las que corren un alto riesgo son las primeras a las que se debería haber vacunado.

Se podrían haber empezado de inmediato los ensayos clínicos para valorar si se podría funcionar bien con un retraso de la segunda dosis, y permitir un reparto geográfico más amplio de las dosis. Los resultados iniciales sobre el efecto protector de las primeras dosis fueron alentadores.

Algunos países, como Canadá y Gran Bretaña, sí prolongaron el periodo entre las dosis como estrategia para vacunar a más de sus ciudadanos, con buenos resultados. Se protegió rápidamente a más de su población vulnerable. Además, según habían predicho algunos inmunólogos, con unos intervalos más largos la gente sigue estando protegida: en parte, se había establecido un periodo inusualmente breve entre las dos primeras inyecciones para acelerar los ensayos. Sin embargo, en Estados Unidos, no se pudo estudiar o poner en marcha esas estrategias adaptativas.

Lo que es necesario que pase

Cuando termine la pandemia, la tentación será pasar página y recuperar lo que había sido la vida normal. Estará bien que así sea para cada persona. En cambio, las grietas descubiertas en nuestros gobiernos e instituciones sanitarias públicas por dos años de inercia, errores y resistencia a la evidencia hacen que sea fundamental una amplia y rigurosa disección de lo sucedido si es que queremos corregir el curso en futuros desafíos.

Los comités nacionales e internacionales tienen que ayudarnos a ver dónde nos equivocamos, sin recurrir a chivos expiatorios, y cómo responder ante futuros brotes, sin ponerse a la defensiva y justificar lo que hicieran las autoridades de la salud pública y los dirigentes nacionales durante este tiempo, aunque fuese bienintencionado. En algunos países, sería fácil concentrarse solo en dirigentes políticos como el presidente Donald Trump, quien perjudicó gravemente la respuesta estadounidense. Pero los altos funcionarios de la salud, los científicos de alto nivel y los gobernadores de los estados dieron muchos pasos en falso por el camino. En un momento de creciente desconfianza internacional, tenemos que trabajar para aumentar la confianza y la cooperación mutua. Tenemos que entender mejor cómo incorporar rápidamente la evidencia científica a las políticas públicas en la materia, y entender mejor la reacción humana ante unos sucesos tan importantes y complejos.

Si podemos hacer eso, salvar vidas y mitigar el sufrimiento en el futuro, no compensará las pérdidas y las adversidades que hemos padecido en los dos últimos años. Pero sí podemos decir al menos que hicimos lo posible por aprender de ello; que ese sea un legado positivo de todo esto."         

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