"Gustavo Petro es el nuevo presidente de Colombia. (...)
Su triunfo es inédito porque representa voces de sectores que han estado tradicionalmente excluidos de las instancias de decisión. (...)
Esto sin contar con que con él llega a la vicepresidencia Francia Márquez, una líder social de La Toma (Suárez), Cauca, una mujer negra quien antes de ser abogada fue empleada doméstica. Ella representa a sectores étnicos y regionales que nunca habían ocupado la Casa de Nariño.
Además, lo hicieron con una participación electoral que rompió todos los récords. Votó el 58 por ciento de los colombianos, la más alta en medio siglo (...)
La campaña de Petro arrancó una operación sistemática para destruir la imagen de su rival (con un poderoso aparato de bullying digital y la ayuda de Rodolfo, claro) pintándolo como machista, antidemocrático, explotador de los pobres y hasta viejo verde. (...)
En paralelo, Petro –con un discurso mucho más moderado que el que usó en primera vuelta y la promesa de convocar un Acuerdo Nacional– fue sumando apoyos de gente visible del centro como los economistas Alejandro Gaviria y Rudolph Hommes, políticos como Angélica Lozano y Juan Fernando Cristo, y otros líderes de opinión que acompañaron a Fajardo en primera. De esta manera, Petro se proyectó como el candidato más institucional y desplegó un ejército de alfiles políticos por todo el país.
Por debajo de la mesa, el candidato del Pacto hizo también alianzas con estructuras políticas menos respetables como las de la investigada por parapolítica Zulema Jattin y los de condenados como William Montes, los “Ñoños” y hasta de Eduardo Pulgar, que pusieron el transporte para llevar a los petristas a votar en varias regiones del país.
Esta logística del Día D también ayudó a aumentar el porcentaje de votación total en zonas afines a Petro, lo que a la postre le dio el triunfo. La votación total aumentó 1,2 millones de votos respecto a la primera vuelta.(...)
Y, obviamente, a Petro le ayudó tener un rival que durante la segunda vuelta no pautó casi en televisión ni en redes, que prácticamente no salió a las calles ni dio entrevistas y que le rehuyó a los debates en televisión. Y sobre todo, que no puso una sola idea sobre la mesa, salvo acabar “la robadera”.
Aún así, Rodolfo también hizo historia. Sacar más votos que los que le dieron la Presidencia a Iván Duque, sin el apoyo de políticos y sin una trayectoria política larga, sin invertir casi dinero y sin apuntalarse en nada más que sí mismo y una estructura digital multinivel tipo Herbalife, abre un camino inédito para llegar a la Presidencia de ahora en adelante. (...)
Y es que el triunfo de Petro, el líder de oposición más importante en Colombia, fortalece la democracia, porque deja sin piso la idea de que sigue la exclusión política que justificó durante años la violencia política y alimentó el imaginario de los colombianos que entraron a militar en la guerrilla, incluido Petro.
En su discurso de victoria, Gustavo Petro hizo énfasis en la reconciliación del país y en su idea de un Acuerdo Nacional alrededor de las reformas que necesita Colombia. Dijo, explícitamente, que no llegaba con un ánimo de revancha y que estaría abierto a reunirse con la oposición en cabeza de quien esta se organice.
Definió las tres líneas de su gobierno: la paz, la justicia social y la justicia ambiental, con un gran énfasis en el tema del cambio climático, la sombrilla bajo la cual terminará impulsando las transformaciones al modelo económico que prometió. (No mencionó la pandemia y tampoco al presidente Iván Duque, uno de los grandes derrotados de la jornada).
“Nosotros vamos a desarrollar el capitalismo en Colombia. No porque lo adoremos. Sino porque primero hay que superar la premodernidad en Colombia, el feudalismo, la nueva esclavitud”, dijo. (...)
También dejó claro que su ambición no se limitará a Colombia, sino que bajo el paraguas ambiental intentará proyectarse como un líder latinoamericano. (...)
Hoy comienza una nueva época para Colombia." (Juanita León, CTXT, 20/06/22)
"(...) El alcalde en la plaza pública
Fueron días de aprendizaje (a las malas). En enero de 2012 Gustavo Petro tomó posesión como alcalde Mayor de Bogotá, reconociendo que le esperaba un enorme reto: la idea de una “Bogotá Humana” –su eslogan, pero también el sentido mismo de su programa de gobierno– implicaba poner al fin las instituciones al servicio de la dignidad de todos, de los derechos fundamentales, y ello implicaba ir en contravía de la inercia histórica del poder ejecutivo en Colombia. No se había posesionado y ya estaban varios medios de comunicación exigiendo su renuncia. (...)
El programa de la Bogotá Humana fue, en el ámbito colombiano, ambicioso: combatir la segregación social, con todo lo que ello implica en políticas públicas para los más pobres; proyectar una ciudad que no deprede la naturaleza, que afronte el cambio climático y que se organice en torno al agua; fortalecer el poder público, el patrimonio de los ciudadanos, la capacidad de las instituciones para defender a la gente de a pie. De la mano de esto había que combatir la corrupción estructural (en una ciudad que apenas despertaba del “carrusel de la contratación”) y brindar una atención especial a las víctimas del conflicto armado, esas millones de personas que sólo conocían al Estado como aparato militar, es decir, como adversario. Así, no se trataba solamente de desplazar a las mafias enquistadas en las instituciones, sino de darles un nuevo sentido a las mismas en medio de la hegemonía neoliberal.
Y aun siendo el blanco de todos los ataques, lo que se logró fue –ya lo dije– revolucionario: si miramos, por ejemplo, el índice de pobreza multidimensional de la ONU, que mide no sólo la pobreza monetaria, sino también el acceso efectivo a los servicios públicos, sociales y calidad de vida en general, en la alcaldía de Gustavo Petro casi medio millón de personas salieron de la pobreza (el índice pasó de 11,9% a 4,7%). Fue el resultado de una combinación de políticas públicas (mínimo vital de agua, programa de salud preventiva en los barrios populares, jardines infantiles, fortalecimiento de la educación pública, centros juveniles de enseñanza artística, tarifa diferencial de transporte) que empezaron a arrastrar consigo los demás indicadores: la victimización directa bajó a su mínimo histórico, la tasa de homicidios fue la menor en cuarenta años, disminuyeron todas las cifras de mortalidad infantil y, por primera vez en la historia, ni un solo niño murió de hambre en la ciudad de Bogotá. (...)
La Bogotá Humana estaba frenando las perspectivas de ganancia de los grupos más poderosos: ¿cómo era posible que no se adjudicaran las tradicionales grandes obras de cemento y ladrillo (para priorizar la contratación de maestros y médicos), que se impidiera el crecimiento horizontal de la ciudad (para buscar una ciudad más densa y sostenible), que no se siguieran construyendo troncales de buses articulados (para proyectar y diseñar, al fin, la primera línea de metro de Bogotá)?
Tarde o temprano iba a pasar: luego de que Petro, cumpliendo una sentencia de la Corte Constitucional, formalizó el trabajo de los recicladores de calle (miles de familias de población vulnerable) e introdujo un operador público en el servicio de recogida de basuras de Bogotá (hasta entonces, en concesión a cuatro poderosas empresas privadas), la maquinaria de guerra apretó el acelerador. El sabotaje de los viejos operadores que perdían el monopolio –no de un negocio sino de una renta millonaria– hizo que durante tres días hubiera dificultades en el servicio de aseo. Los medios de comunicación hicieron lo suyo: Bogotá era, en todos los titulares de prensa, poco menos que un campo de guerra en manos de un alcalde improvisador e irresponsable. Un año después, el entonces Procurador General de la Nación –un puesto de control administrativo en manos de un integrista religioso– destituyó a Gustavo Petro y lo inhabilitó por quince años para ejercer cargos públicos.
Fue entonces cuando el nombre de Petro resonó con más fuerza en los medios de comunicación internacionales: durante tres días seguidos la ciudadanía llenó la Plaza de Bolívar de Bogotá en respaldo al alcalde, pero sobre todo en defensa de sus propios derechos políticos, y de la posibilidad de elegir un gobierno que no se arrodille ante los poderes establecidos y que defienda a los más humildes.
Petro dio la batalla judicial tanto dentro como fuera del país, impulsado por el apoyo popular, y gracias a una combinación de recursos y fallos judiciales volvió al cargo en abril de 2014, cuatro meses después del fallo de la Procuraduría y un mes después de su destitución oficial firmada por el Presidente Santos.
Conviene precisarlo: para el establishment su pecado no fue tanto la formalización laboral de población vulnerable, o plantear un modelo de limpieza basado en el reciclaje, y ni siquiera sería correcto decir que fue el solo hecho de haber afectado el negocio millonario de cuatro poderosos empresarios. Su mayor pecado, a ojos de un establishment furiosamente neoliberal, fue haber planteado –y llevado a cabo– la desprivatización de un servicio público.
Y las grandes movilizaciones ciudadanas no fueron exclusivas del periodo de su destitución. Durante el gobierno de la Bogotá Humana la ciudad vivió una atmósfera política que no sólo toleraba, sino que incentivaba la organización y la movilización popular. Recuerdo dos escenas paradigmáticas. La primera, en el marco de una protesta que paralizó el obsoleto sistema de transporte colectivo de Bogotá (basado en buses articulados por carril exclusivo y que es, en esencia, el negocio privado de un puñado de contratistas y fabricantes de buses). Por lo general, ante casi cualquier movilización popular, los gobiernos envían al Escuadrón Móvil Antidisturbios de la Policía (ESMAD) para disolverla con golpes indiscriminados, gases lacrimógenos y granadas de aturdimiento. Pero Petro, como alcalde Mayor, ordenaba que en lugar de la Policía –que no siempre le obedecía– hicieran presencia los mediadores sociales de la alcaldía. Y en la ocasión a la que me refiero, Gustavo Petro fue en persona hasta el lugar del bloqueo, se subió al techo de un vehículo, y empezó ahí mismo una asamblea ciudadana para discutir, durante cinco horas, la problemática del transporte público de la ciudad.
La segunda escena fue en el marco de unas jornadas de protesta y movilización de la Universidad Distrital. Los estudiantes en asamblea decidieron marchar hasta la Plaza de Bolívar y exigir una reunión con el alcalde. Petro estaba en su despacho, en reunión, y escuchó las arengas que venían de la plaza. Al informarse de lo que estaba sucediendo dio instrucciones para que reprogramaran sus reuniones de la tarde, y salió a dialogar, a responder al legítimo llamado de los estudiantes.
Son dos ejemplos paradigmáticos de la concepción que tiene Gustavo Petro de los funcionarios públicos –como empleados de la ciudadanía–, de la movilización social –como eje vertebrador de la política– y, sobre todo, del carácter sagrado de la Soberanía popular.
Lo digo, evidentemente, con emoción: al enfrentar a las mafias, los oligopolios, el dogmatismo neoliberal que privatiza las ganancias y socializa las pérdidas; al defender a los más humildes, combatir la pobreza y la exclusión social, reconocer la diversidad, fortalecer las empresas públicas, lograr que ningún niño –¡por fin!– muriera de hambre en la ciudad; al plantear, en suma, un nuevo proyecto de convivencia y dignidad compartida, la Bogotá Humana de Gustavo Petro fue la primera experiencia de gobierno con un horizonte realmente democrático en la historia de Colombia.
Por eso era –y sigue siendo– tan peligroso. (...)
(Iván Olano Duque es escritor colombiano, CTXT, 19/05/18)
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