"¿Ha humillado EEUU a China? ¿Ha debilitado a Xi Jinping? Aparentemente, sí. En el juego entre realidad y apariencia, los norteamericanos son enormemente creativos. Lo suyo es construir escenarios que a veces se superponen y a veces no. El primero es siempre el de la realidad, los hechos sociales en sentido estricto. El otro gran escenario es el mediático-cognitivo, que consiste en inventar "hechos comunicacionales" que reconfiguran los hechos sociales, los enmarcan y los interpretan según su voluntad política. La clave, al final, es imponer una determinada lectura de esa realidad.
El momento del asesinato extrajudicial del jefe de lo que queda de Al Qaeda no es casualidad, acompaña al mensaje que la Administración norteamericana pretenden enviar al hemisferio oriental junto con la Presidenta de la Cámara de los Representantes, la señora Pelosi: EEUU es un actor determinante del área Asia-Pacífico (ahora hábilmente rebautizada como Indo-Pacifico) y no consentirá que surja una potencia que cuestione su dominio e influencia. El asesinato de Al-Zawahiri es el toque comunicacional, el elemento cinematográfico que refuerza la imagen de suficiencia y de poder: los que se enfrentan a la gran potencia (auto) elegida lo pagan siempre. El brazo largo justiciero del imperio del norte alcanza a todos los enemigos estén donde estén; antes o después. (...)
La reacción de China está siendo muy fuerte. Primero, político militar y, en segundo lugar, económica y comercial. Se nota rabia y un plus de frustración que hay que tener siempre en cuenta y, en el caso de China, mucho más.
Creo que este incidente político diplomático tendrá profundas consecuencias y marcará de forma duradera la política exterior e interior de China. ¿Por qué? La actitud de la Administración norteamericana es rotunda: para defender su control y dominio de la zona está dispuesto a usar todos los instrumentos disponibles, incluidos los militares en un sentido que incluye directamente los dispositivos estratégico-nucleares. Creo que esto es lo que no se entiende y no se quiere entender por las élites políticas e intelectuales europeas. EEUU va a por todas y no se parará hasta derrotar a aquellas potencias emergentes que cuestionan su hegemonía. Esto lo aprendió Putin hace años y hoy lo está viviendo directamente Xi Jinping.
El debate ahora gira sobre la irresponsabilidad, la falta de experiencia y desconocimiento de la historia del actual equipo dirigente norteamericano. Hay verdad en esto, pero, desgraciadamente, la realidad se impone más allá de las ilusiones y de las buenas intenciones. El incidente de Taiwán clarifica mucho la guerra en Ucrania, a saber, el objetivo real es China y la guerra de la OTAN contra Rusia responde a una estrategia global muy pensada y organizada.
Conforme pase el tiempo las cosas se verán con más perspectiva y las nubes se irán dispersando. A la hora de posicionarse sobre los conflictos del presente se comenten dos errores de grandes dimensiones: a) no tener en cuenta que la correlación de fuerzas a nivel mundial está marcada por el dominio, el control económico y político-militar de EEUU. Ellos son los que mandan y los que imponen un determinado orden a través de un juego, más o menos explícito, entre un poder blando, un poder estructural y un poder duro, expresado en los benévolos términos de su academia; b) eludir sistemáticamente que existe una fuerte asimetría de poder punitivo-militar entre el imperialismo colectivo de Occidente y el resto del mundo, incluidas las potencias emergentes y una Rusia en reconstrucción. Esto ha sido evidente desde la II Guerra Mundial y se ha hecho determinante después de la disolución del Pacto de Varsovia.
EEUU es el único país que puede ser calificado de imperial: sus 800 bases militares en más de 80 países; la cualidad y composición de su estructura militar organizada para el dominio de los mares y la pronta disponibilidad de fuerzas expedicionarias capaces de intervenir decisivamente en cualquier lugar del mundo; el enorme poder económico del complejo militar-industrial y tecno-científico; una política de alianzas que, de facto, le sirve para subordinar y dirigir las fuerzas armadas de sus aliados, como la OTAN; las dimensiones enormes de su gasto militar. Se podría continuar. No todos son iguales. Unos mandan y otros se sublevan contra ese dominio.
El eje central de la política exterior norteamericana desde Bush padre ha consistido en impedir que pudiese emerger una potencia económica, política o militar con poder suficiente para cuestionar la hegemonía norteamericana en el mundo y las instituciones internacionales que lo mantienen y reproducen. No tengo ninguna duda de que esto es conocido por la dirección de China y que, de una u otra forma, guía su acción política. Lo que queda claro después de la guerra de Ucrania y del calculado incidente de Taiwán es la férrea determinación norteamericana para impedir la transición hacia un mundo multipolar, cueste lo que cueste, usando todos los instrumentos disponibles desde la guerra económica a la tecnológica, pasando por los conflictos híbridos, las operaciones especiales y el uso a fondo de las nuevas tecnologías basadas en la inteligencia artificial y la colonización del ciberespacio.
La ingenuidad no cabe ya en un mundo que vive un largo y tortuoso interregno entre un viejo orden organizado, dirigido por EEUU y un nuevo orden que está emergiendo en torno a las grandes potencias orientales, con una Rusia que se vuelve hacia a Eurasia y rompe ataduras con una Unión Europea subalterna, siempre dispuesta a desaparecer como sujeto político a la mayor gloria de los EEUU. El verdadero debate, el que divide realmente a las fuerzas políticas, tiene que ver con esto: si se está con el viejo orden imperial y colonial o con el nuevo que se está construyendo, como siempre, en condiciones dramáticas. Cuando se ahonda, se ve con mucha claridad que, para una parte sustancial de los partidos europeas, su orden es el orden vigente, la "Pax norteamericana", la que se está cuestionando en todo el mundo. Dicho de otra forma, las clases dirigentes europeas prefieren cobijarse tras la fuerza de los EEUU que ser parte autónoma y actor definitorio del muevo mundo que está emergiendo. (...)
La lucha por la paz hay que situarla en esta vertiente entre un orden unipolar en crisis y un mundo multipolar en desarrollo acelerado. Lo decisivo es que esta lucha por la paz debe tener un contenido antiimperialista y contra su instrumento político militar que es la OTAN. ¿Por qué? Hay que subrayarlo de nuevo: lo viejo no acepta la emergencia pacífica de lo nuevo, no acepta el fin del dominio despótico de Occidente. El equipo que dirige hoy EEUU juega con un supuesto que nos sitúa permanentemente al borde del abismo y es que los "otros" nunca usarán su fuerza nuclear y, por lo tanto, ellos pueden seguir abusando de su clara y nítida superioridad militar. El objetivo de la lucha por la paz es un nuevo orden internacional multipolar, democrático, justo e inclusivo. La apuesta es impedir que la derrota del imperialismo colectivo de Occidente acabe en un invierno nuclear.
Se trata de una victoria más de EEUU, como la de Irak, Libia o
Afganistán. Una clara y nítida victoria pírrica. Se dice que el rey de
Epiro, Pirro, después de su victoria sobre los romanos llegó a decir
aquello de "otra victoria como esta y volveré solo a casa". Andrei
Martyanov con su áspera ironía lo venía a resumir así: gratitud a la
señora Pelosi por unir aún más a la dirección china con sus ciudadanos;
gratitud por fortalecer y desarrollar la unidad entre Rusia y China. El
mundo no es el que era." (Manolo Monereo, Público, 08/08/22)
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