"(...) Más allá de la guerra de Ucrania, lo cierto es que la tensión de precios se venía anunciando por lo menos desde el inicio de la pandemia, en la primavera de 2020. Durante todo el año 2021, hemos observado encarecimientos en casi todos los mercados de exportación desde los productos energéticos hasta los manufacturados, desde el grano hasta los microchips. Por debajo de la guerra, como factor determinante de la invasión rusa, se deben contar, por lo tanto, otra serie de problemas seguramente más graves, más severos.
Rupturas en las cadenas logísticas
Era el 20 de abril de 2020, el precio del petróleo de referencia en EE.UU., el West Texas, cayó por debajo de cero dólares. Al día siguiente, los mercados de futuros se hundieron con caídas que alcanzaron los 20 puntos negativos. Con los depósitos llenos en medio mundo, las empresas intermediarias estuvieron dispuestas, al menos durante unas horas, a pagar para que otros se hicieran cargo del petróleo en lugar de almacenarlo para su venta posterior. Por comparar con la situación actual, prácticamente durante todo el año 2020, el precio del petróleo se mantuvo por debajo de los 50 dólares. En abril de 2022, el precio medio del West Texas fue de casi 120 dólares el barril.
La pandemia de la covid-19 detuvo por unos meses el mundo. Y el mundo son las cadenas de suministros globales. La caída de demanda hundió los precios del petróleo, hizo disminuir severamente el comercio mundial y obligó a las empresas, primero a almacenar grandes cantidades de stock y luego a disminuir la producción. Una de las grandes debilidades estructurales de la llamada globalización económica radica, en efecto, en la complejidad logística. La fábrica global depende del movimiento continuo de una enorme cantidad de componentes que son fabricados por un número definido de empresas que en muchos casos presentan una fuerte concentración en áreas geográficas muy determinadas. Esto supone un volumen de tráfico gigantesco gestionado por un número indeterminado de empresas, pero que presentan también una fuerte tendencia a la concentración. De hecho, solo cuatro operadores globales (APM-Maersk, MSC, COSCO Group y CMA-CG M Group) distribuyen el 50% del comercio mundial. Por si esto fuera poco, la parte mayor de este tráfico se realiza también a partir de un pequeño grupo de hubs portuarios situados en el Extremo Oriente del planeta y en los grandes centros de consumo occidentales.
La paradoja de este sistema, complejo y a la vez gigantesco, es que su flexibilidad no es muy alta. Fallos en algunos cuellos de botella, como el que se produjo en marzo de 2021 cuando un carguero de 400 metros de eslora quedó varado en el Canal de Suez, o disminuciones seguidas de crecimientos repentinos de la demanda, tienen efectos que el sistema no es capaz de absorber. Y esto es lo que ocurrió en el año de la recuperación de la crisis pandémica, 2021. Desde la primavera, pero sobre todo desde el otoño de ese año, se volvieron habituales las imágenes de decenas de gigantescos cargueros a la espera de atracar en los puertos de Los Ángeles, Rotterdam o Shenzhen. Las cadenas de suministros, deprimidas durante 18 meses, apenas pudieron responder a los incrementos repentinos de la demanda. Los cierres parciales de plantas y puertos en China (todavía la gran fábrica del mundo) arrastraron a peor la ya compleja situación del comercio mundial.
Consecuentemente, los precios se “tensionaron”. Mucho antes, por tanto, de la guerra de Ucrania, la inflación ya se había hecho presente: en octubre de 2021 la inflación interanual de la eurozona superó el 4%, en enero de 2022 ya era del 5%. La gran promesa neoliberal del libre comercio de bienes más baratos y servidos al instante se había visto repetidamente incumplida por la falta de microchips y retrasos en la distribución de algunos bienes, como los automóviles, que llegaron a servirse con más de seis meses de demora. (...)
La base de la inflación subyacente, que por lo general se atribuye a la
respuesta salarial al alza de los precios, es hoy por hoy –y salvo
sectores muy determinados con un poder estructural notable, básicamente
la logística y los transportes, como se ve en las huelgas inglesas de
estos semanas–, prácticamente una quimera. En una situación
caracterizada por la atomización laboral y la radical desindicalización
de la masa trabajadora, las alzas de precios van a ser absorbidas en su
práctica totalidad por la caída del nivel adquisitivo de la inmensa
mayoría de los asalariados. La “solución” a la crisis inflacionaria
derivada del colapso de las cadenas de distribución globales no va a
tener otra salida que el empobrecimiento de la mayoría. La clase
política ya ha asumido que este es el coste y nos prepara en
consecuencia.
La inflación muestra, en todo caso, dimensiones más preocupantes que ciertas tensiones en la cadena de suministros. En cierto modo, esta crisis puede marcar un punto de inflexión en la articulación de la forma actual del capitalismo histórico que llamamos globalización. (...9
El mundo al que nos acercamos a velocidad de vértigo no tiene ya nada que ver con el de la globalización pacífica dominada por el guardián americano de la libertad. Las contradicciones en este cuento –manifiestas en Irak, Afganistán y en general en la guerra contra el terror– nos debieran haber dado suficiente aviso.
El mundo futuro estará seguramente más fragmentado. En términos
económicos, se producirá un proceso de regionalización y de
reconcentración de los procesos productivos en bloques comerciales menos
permeables. Políticamente, no es improbable que veamos sonar las
trompetas de los viejos imperialismos enfrentados que traigan algunos
recuerdos de antes de 1914. Socialmente, las sociedades desestructuradas
deberán ser sometidas a distintos “tratamientos” y no están excluidas
algunas tentaciones poco deseables que devuelvan a las democracias
occidentales, convertidas en oligarquías, a sus viejos sueños imperiales
de tinte fascista.
Las preguntas son por tanto muchas, demasiadas. Con ánimo de simplificar
lo más posible, ¿se puede concebir un proceso de regionalización
económica relativamente pacífico, eludiendo la competencia mortífera por
los recursos esenciales del planeta cada vez más escasos como el
petróleo o el gas? ¿Es concebible una retirada negociada de EE.UU. de
determinados ámbitos del dominio militar global en correspondencia con
su menguado peso económico? Y en los términos más parroquianos a los que
en estos lares nos acostumbran a pensar: ¿qué significa o supone todo
esto para la penúltima provincia del flanco suroccidental europeo? (...)" (Emmanuel Rodríguez
, CTXT, 24/08/2022)
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