"En uno de los artículos más interesantes que se han leído hasta ahora sobre la guerra de Ucrania, el joven sociólogo ucraniano Volodymyr Ishchenko tiene el mérito de situar el conflicto en lo que suele describirse como “una perspectiva de clase”.
Ishchenko dice, con muy buen criterio, que, sin entender la naturaleza, la economía y la manera de funcionar de las élites postsoviéticas –que no son “soviéticas” ni “real socialistas”, sino capitalistas– nunca se entenderá este conflicto. Esa incomprensión es la que explica muchos errores en los diagnósticos sobre la guerra. Dejo de lado los de quienes en Occidente ven en la Rusia actual “una especie de Unión Soviética”, entendiendo por esta no la real, sino una URSS por ellos imaginada, nacida de las ilusiones y la desesperación de tantos adversarios del capitalismo, pero sin demasiada relación con las crudas realidades de la Unión Soviética existente. En ese ámbito se reduce la invasión de Ucrania a mera respuesta y se diluye su criminal naturaleza.
Entre los más críticos con Rusia, muchos cargan las tintas en el
“imperialismo” de Moscú o en la voluntad de restablecer territorial y
políticamente espacios de la antigua Unión Soviética. Otros apuntan a
las ideologías nacionalistas o euroasianistas que se habrían instalado
en el Kremlin –actuar contra eso explicaría el atentado fallido contra
un marginal pensador de la derecha nacionalista rusa que acabó con su
joven hija en Moscú–, y muchos otros mencionan, una y otra vez, el
fanatismo o la maldad de Putin, dentro de la habitual narrativa infantil
hollywoodense de amplio consumo –la “lucha entre democracia y
autocracia”, en palabras de Biden–, particularmente popular entre los
periodistas del rebaño atlantista. Nada de todo eso sirve para entender
lo que ocurre.
Imperialismo no es simplemente invadir otro país, sino usar el poder y la fuerza, incluida la invasión y la fuerza militar, para obtener recursos económicos. Rusia ya cuenta con muchos recursos y no tiene la necesidad de ampliarlos. La invasión de Ucrania solo le reporta a Rusia perjuicios económicos y, desde luego, ningún beneficio. Los discursos sobre el Occidente “satánico” o sobre el borrado de Ucrania en el contexto de “un solo pueblo”, el “russki mir”, o el “régimen nazi”, son eso, discursos, taparrabos que ocultan y adornan los motivos de fondo. Entre estos, sin duda, se encuentra el cierre en falso de la Guerra Fría y la provocadora expansión militar de la OTAN hacia las mismas fronteras de Rusia. Ahí sí que hay un aspecto real, que los militares, a diferencia de los periodistas, entienden perfectamente. ¿Cuáles son los motivos que han empujado a esa dinámica? ¿Cuál es la contradicción entre Occidente y Rusia que alimenta esta extrema deriva militar? Ahí es donde el “análisis de clase”, si se me permite un término tan caricaturizado y abusado, resulta útil. Me refiero al examen de los intereses de los grupos dirigentes que animan, a un lado y a otro, este abominable e infame conflicto militar que tanto sufrimiento humano y tanto desastre está ocasionando.
De la parte occidental el asunto es conocido: los recursos de Eurasia
contenidos en el espacio postsoviético son el botín de nuestro sistema
depredador en este pulso. Para Occidente, Ucrania representa grandes
intereses: un gran mercado de consumo, una enorme fuerza de trabajo
barata y cualificada, unos ingentes recursos naturales, como es el de
una tierra muy fértil cuya privatización en beneficio de grandes
multinacionales ya se está imponiendo contra la voluntad de los
ucranianos. Finalmente, Ucrania es fundamental como plataforma
geopolítica para contener el desafío de Rusia al hegemonismo de EE.UU. y
cortar drásticamente el gran proceso de integración euroasiática
promovido desde Pekín con la llamada Nueva Ruta de la Seda (B&RI),
que deja definitivamente fuera del escenario a Estados Unidos. Si
Occidente se sale con la suya, el siguiente paso será intentar abrir los
recursos de Rusia a la rapiña de las transnacionales, que en su inmensa
mayoría son empresas bajo su control.
¿Por qué todo este conglomerado de intereses choca frontalmente con el interés de la élite rusa hasta haber degenerado en una “guerra por procuración” abierta entre Rusia y la OTAN en Ucrania? Para responder a esto hay que entender las diferencias entre dos clases capitalistas excluyentes por la dinámica de su depredación.
Con el fin de la URSS concluyó el poder de aquella “especie de clase” que el principal analista soviético en la materia, Marat Cheskov, un expreso de los campos de Mordovia que llegó a investigador del Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú (IMEMO), bautizó como estadocracia y que en el lenguaje popular de los sovietólogos se conocía bajo el inconsistente término de “nomenclatura”. (...)
Hoy el Gobierno de Putin ha ordenado algo aquella situación. Comenzó con el sector energético y continuó en otros ámbitos.
Analistas de la izquierda rusa, como Aleksandr Buzgalin y Andrei Kolganov de la Universidad Lomonosov de Moscú, definen el actual sistema ruso como un capitalismo burocrático basado en el acuerdo entre la burocracia y el capital privado. En ese sistema, el Estado permite al capital ganar dinero como sea y, a cambio, el capital no debe meterse en política. La propia burocracia participa activamente en la depredación.(...)
Ishchenko utiliza el concepto del sociólogo húngaro Iván Szelényi
“capitalismo político” para describir el tipo de sistema que hoy tenemos
en gran parte del espacio postsovietico (Rusia, Ucrania, Bielorrusia,
Kazajstán…). (...)
El sujeto de ese sistema, continúa Ishchenko, “es un grupo social cuya ventaja competitiva no se deriva de la innovación tecnológica o de una fuerza de trabajo particularmente barata, sino de beneficios selectivos del Estado” (...)
Los “capitalistas políticos” necesitan un control mucho
más firme sobre la política que la burocracia estatal normal de
cualquier sistema capitalista occidental. Por supuesto, más allá de
cierto límite no quieren competidores en su coto. (...)
La reclamación de
“soberanía” y “zonas de influencia” formulada por el Kremlin no tiene
que ver con “imperialismos” ideológicos, ni con caducas obsesiones
territoriales (“reconstruir el espacio de la URSS”, como repiten tantos
periodistas y expertos), sino con la necesidad que tiene el capitalismo
político ruso de acotar un territorio en el que ejerce su monopolio
depredador sin la interferencia exterior de sus competidores globales,
explica Ishchenko.
Lo ideal, y lo que Putin ha reclamado siempre, habría sido un pacto gangsteril sobre zonas de influencia, pero el gran matón global no ha accedido. Tampoco con China, lo que explica el acercamiento entre los dos capos de Eurasia ante la común hostilidad del gran Padrino, pese a que tanto en Moscú como en Pekín se habría preferido un acuerdo con Washington que permitiera una, por decirlo de alguna manera, “coexistencia pacífica de oligarquías”.
En este choque de trenes entre clases capitalistas excluyentes en su dinámica, Rusia es mucho más vulnerable. La guerra rompe el contrato social que el Kremlin mantiene con su población (“tú haz lo que quieras, siempre que no conviertas nuestra vida en un infierno como el de los noventa”), porque ahora el nivel de vida se deteriora, el autoritarismo del régimen aumenta y encima hay que enviar a los hijos a la guerra. La clase media rusa de profesionales, excluida de las oportunidades del “capitalismo político” y mermada en su modo de vida, puede hacer causa común con los intereses extranjeros (de ahí la intimidadora etiqueta preventiva de “agente extranjero” que el régimen repartió entre el ámbito de las organizaciones no gubernamentales, etc.). Respecto a las clases populares, si el régimen no altera radicalmente el contrato social y ofrece más reparto, su humor puede evolucionar hacia un verdadero estallido social del que el “no a la guerra” puede ser detonante como lo fue en el pasado en la historia rusa.
El resultado de la guerra de Ucrania es, ciertamente, “existencial”, pero no para Rusia, sino para su grupo dirigente. Y en esa incertidumbre pesa más la ruptura del “contrato social” que está teniendo lugar entre los de arriba y los de abajo en Rusia, que la evolución de los acontecimientos en el campo de batalla en Ucrania. Naturalmente, ambos aspectos están relacionados. Una “corta guerra victoriosa” habría cambiado las cosas, por más que, incluso en esa hipótesis, el resultado habría sido dudoso para Moscú. Como alguien ha dicho, “hay que volver a ver El Acorazado Potemkin”, aquel motín de marineros hartos de encontrar gusanos en el rancho que abrió paso a la revolución de 1905." (Rafael Poch , CTXT, 11/10/2022)
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