17.1.23

La Unión Europea en la tormenta perfecta... se azuza la espiral belicista, se desarrollan estrategias erráticas y se une la suerte del continente a los intereses privados de las empresas transnacionales, en un marco de creciente autoritarismo y conflictividad... en una crisis como nunca se ha vivido, fuente de potenciales disturbios socioeconómicos en 2023, con un cambio climático que se intensifica a velocidad catastrófica... y con un riesgo real de estanflación... Las élites económicas, políticas y mediáticas, empecinadas en la defensa de un statu quo del cual dependen sus privilegios, nos bombardean con un imaginario que sitúa la guerra en Ucrania cómo génesis de todos los males presentes y por venir, y sentando las bases para aplicaciones futuras de la doctrina del shock. Evitan así un análisis integral de las dinámicas económicas, ambientales y geopolíticas hoy en flagrante tensión —tensión que antecede al conflicto bélico... de la tormenta perfecta a la que nos aboca el capitalismo... Enfrentamos la acción combinada y simultánea de cuatro límites estructurales (crecimiento estancado, ultraendeudamiento, cambio climático desbocado y agotamiento de energía fósil, materiales estratégicos y alimentos), un inédito callejón sin salida de funestas consecuencias sobre los ecosistemas, los pueblos y la clase trabajadora, génesis además de crecientes conflictos de todo tipo, Ucrania incluida

 "La agenda energética impulsada por la UE es un fiel indicador de su desempeño general en los últimos años: se azuza la espiral belicista, se desarrollan estrategias erráticas y se une la suerte del continente a los intereses privados de las empresas transnacionales, en un marco de creciente autoritarismo y conflictividad. 

 “Una crisis como nunca se ha vivido, fuente de potenciales disturbios socioeconómicos en 2023”. Esta es la contundente caracterización de David Beasley, director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA), sobre el actual horizonte global. La Organización Meteorológica Mundial, por su parte, ahonda en la misma línea argumental cuando alerta sobre un “cambio climático que se intensifica a velocidad catastrófica”, principal conclusión de su reciente informe presentado en la COP27 celebrada en Egipto. 

Tampoco se aleja mucho de este diagnóstico el Fondo Monetario Internacional (FMI), que titulaba “Panorama sombrío e incierto” su última actualización sobre las perspectivas económicas a escala planetaria. Ni el Banco Mundial o la Oficina Nacional de Estadística de China, que atisban un “riesgo real de estanflación”, esto es, una compleja y poco habitual combinación de frágil crecimiento económico e inflación.

En Europa, escenario directo de una guerra de proyección y escala internacional, este clima de incertidumbre, fragilidad y crecientes tensiones se hace todavía más evidente. Josep Borrell, alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, constata —o se jacta de— que “la política de la fuerza ha vuelto”, mientras Paolo Gentiloni, comisario europeo de Economía, habla de “aguas turbulentas” como metáfora de la situación social en el viejo continente. Incluso el Banco Central Europeo (BCE) ya no oculta “su creciente preocupación por una recesión inminente”.

Estos titulares denotan, ahora sí, un cierto consenso —incluso institucional—, sobre la extrema gravedad de la situación que atravesamos. Este, no obstante, salta por los aires cuando se señalan causas y responsables de la misma. Las élites económicas, políticas y mediáticas, empecinadas en la defensa de un statu quo del cual dependen sus privilegios, nos bombardean con un imaginario que sitúa la guerra en Ucrania cómo génesis de todos los males presentes y por venir, haciendo pasar consecuencias como causas y sentando las bases para aplicaciones futuras de la doctrina del shock. Evitan de este modo un análisis integral de las dinámicas económicas, ambientales y geopolíticas hoy en flagrante tensión —tensión que antecede al conflicto bélico en ciernes—, ofreciendo a cada problema soluciones parciales y/o de corte tecnológico (digitalización, capitalismo verde, atlantismo) como señuelo para impedir las profundas transformaciones sistémicas que hoy precisamos.

 

Frente a este ejercicio alienante de ideología capitalista, desde múltiples instancias sociales y académicas hace tiempo que se viene situando la raíz de la profunda crisis actual en la tormenta perfecta a la que nos aboca el capitalismo. El desarrollo de este enfrentaría así la acción combinada y simultánea de cuatro límites estructurales (crecimiento estancado, ultraendeudamiento, cambio climático desbocado y agotamiento de energía fósil, materiales estratégicos y alimentos), un inédito callejón sin salida de funestas consecuencias sobre los ecosistemas, los pueblos y la clase trabajadora, génesis además de crecientes conflictos de todo tipo, Ucrania incluida.

La Unión Europea, lejos de asumir el reto de enfrentar la tormenta perfecta, ha contribuido y sigue contribuyendo a su gestación, desarrollo y enconamiento. El belicismo creciente y la sumisión a Estados Unidos mostrado en lo geopolítico, el carácter timorato y en favor del poder corporativo de sus apuestas económicas, así como el sentido antagónico a una verdadera transición ecosocial de su agenda energética, alimentan una peligrosa espiral en la que se entrelazan oscuros sabotajes, desmantelamiento de derechos, precariedad generalizada, violencia e, incluso, amenazas nucleares.

Es por tanto necesario forzar, desde la movilización social, un profundo cambio de rumbo político en el viejo continente. Bajo esta premisa este artículo alerta, en primer lugar, sobre el grado de desarrollo y horizonte futuro de una tormenta perfecta que no deja de fortalecerse. En segundo término, disecciona críticamente el rol geopolítico, económico y energético que la Unión Europea está asumiendo en este contexto global, planteando en última instancia algunas claves desde las que, en vez de avivar la tormenta, tratemos de desactivarla.

La tormenta perfecta que no cesa

Iniciamos nuestro análisis del devenir de la tormenta perfecta a partir de los dos vértices que delimitan la base física de actuación del capitalismo: el cambio climático, por un lado, y el agotamiento de energía fósil, materiales estratégicos y alimentos, por el otro.

En lo que respecta al cambio climático, y pese a los cantos de sirena de la apuesta por la descarbonización, seguimos alcanzando año tras año un nuevo récord de emisión de gases contaminantes a la atmósfera. En 2022 la temperatura media general se situará ya en 1,15 °C por encima de la existente en la época preindustrial, cuando el Acuerdo de París estableció 1,5 como límite de referencia antes de que se activaran bucles de retroalimentación de nefastas e imprecedibles consecuencias. De mantenerse los patrones actuales de desarrollo, alcanzaríamos la cifra de 2,8 °C al finalizar el presente siglo, según los recientes informes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) o el Climate Action Tracker (CAT). El alarmante dato de una Amazonía otrora “pulmón verde del planeta”, hoy en gran parte emisora neta de carbono, no es sino un botón de muestra de la senda sin retorno en la que parecemos adentramos.

Pese a ello, la voluntad política de la comunidad internacional para reducir emisiones de manera explícita y vinculante, incidiendo en consecuencia sobre la lógica capitalista de acumulación y crecimiento a escala global, sigue siendo nula (...)

El segundo límite físico que atenaza al sistema vigente es el agotamiento de energía fósil, materiales estratégicos y alimentos. Si crecimiento capitalista e incremento en el consumo de dichos elementos son fenómenos históricos indefectiblemente unidos, hoy el capitalismo enfrenta el reto de crecer con una base energética y material explícitamente menor.

En lo que se refiere al petróleo —gran hegemón de la matriz energética actual—, una vez superado su pico, sufre actualmente un paulatino proceso de desinversión. Un estudio de la transnacional saudí Aramco incide en esa línea, augurando una reducción de la producción global del 30% en los próximos ocho años. Aunque el deshielo del ártico y las coyunturas favorables que pudieran crearse al calor del vaivén de unos precios que toman forma de “dientes de sierra” mitiguen dicho proceso, este parece tendencialmente irrefrenable. Por su parte, el gas seguirá esta misma evolución, aunque un poco más pausada, alcanzando su pico a lo largo de la presente década. (...)

En todo caso, esta relación paradójica entre necesidades capitalistas y límites físicos no se circunscribe únicamente a la energía fósil, sino que amplía su radio de acción a la minería metálica, como bien señala la Agencia Internacional de la Energía (IEA). El capitalismo verde y digital, hoy convertido en falso imaginario de disputa con la tormenta perfecta, desarrolla una práctica depredadora de muy diversos materiales (litio, cobalto, cobre, níquel, circonio, wolframio, tierras raras, etc.), que ya han llegado a su cénit o están cerca de hacerlo. Junto al canto de sirena de la descarbonización, el de la desmaterialización de la economía vía digitalización también cae por su propio peso. Por poner solo un ejemplo, la IEA ha señalado que el litio, elemento fundamental para la producción de baterías eléctricas de todo tipo, podría sufrir carencias ya en 2025, si se mantiene al actual ritmo de crecimiento de la demanda. 

Pero incluso la producción de alimentos también da signos de agotamiento, fruto de la acción combinada del cambio climático, el modelo agroindustrial y la carencia de fertilizantes. Todo ello, por supuesto, agravado por la guerra entre Ucrania y Rusia como “graneros del mundo” y principales productores de dichos abonos químicos. Si sumamos este progresivo agotamiento al incremento de precios provocado por el carácter especulativo de los mercados alimentarios, obtenemos como resultado un panorama realmente crítico (...)

 Completamos nuestro análisis de la tormenta perfecta abordando sus dos vértices de carácter económico: el crecimiento estancado y el ultraendeudamiento.

 (...) destacamos la conclusión del FMI, que afirma que “un tercio de la economía mundial entrará próximamente en recesión”, dentro de un marco de prácticamente nulo crecimiento para todas las regiones del planeta en 2023 (a excepción de China, aunque a un ritmo menor que en décadas precedentes).

La digitalización, gran esperanza capitalista, no ha mostrado capacidad alguna de generar una nueva onda expansiva que, a partir de incrementos sólidos y generalizados en la productividad, dé pie a aumentos en las tasas de ganancia, inversión, consumo y empleo. Al contrario, como señala Michael Roberts, “el crecimiento de la productividad se ha ido desacelerando hacia cero en las principales economías durante más de dos décadas, y particularmente en la larga depresión desde 2010”. (...)

Además, este magro desempeño económico se enfrenta a una alta inflación, dando lugar al fenómeno de la estanflación. Hablamos de una inflación fundamentalmente de oferta —salvo parcialmente en el caso de Estados Unidos—, provocada por diversos factores entrelazados: el agotamiento antes señalado de recursos como lógica tendencial, el mantenimiento generalizado de los márgenes empresariales de beneficio, el carácter especulativo, autorregulado y errático de parte fundamental de los mercados de futuros en los que se deciden los precios de energía, materias primas y alimentos, así como el impacto de la guerra. El resultado es un incremento de precios sostenido en el tiempo. (...)

Tengamos en cuenta que la deuda global roza los 300 billones de dólares (3,5 veces el PIB mundial); que la deuda pública ha aumentado en 2022 un 7,8% respecto a 2021, fruto de los programas de recuperación, alcanzando la cifra de 65 billones; que, según Roberts, “la nueva recesión será provocada por el colapso de la ingente deuda corporativa”; y que parte significativa del consumo de la ya de por sí precarizada clase trabajadora se sostiene sobre la deuda. La inestabilidad, por tanto, está servida.

En esa línea, ya se están dando los primeros casos de impago (Sri Lanka, Líbano, Surinam, Zambia), mientras otros países solicitan “ayuda” al FMI (Pakistán y Bangladesh) y muchos otros afrontan graves problemas financieros (Chile, Polonia, India, Filipinas, Tailandia, Egipto, Ghana, Túnez). Las trompetas de la austeridad, por lo tanto, comienzan a atronar, y los países mencionados son solo el comienzo (...)

En definitiva, el capitalismo nos aboca a una tormenta perfecta de desempleo, desindustrialización, recesión, insostenibilidad, inestabilidad financiera y precariedad generalizada. Su versión actual, más cool, verde y digital, no hace sino ahondar en dicha tormenta. No hay salida, pues, dentro de un sistema que alienta el cambio climático, agota sin control democrático los escasos recursos estratégicos, amplía el marco del desempleo —muy relevantes los despidos ya previstos en las corporaciones tecnológicas—, empobrece a la clase trabajadora e incrementa la cifra de personas con hambre hasta los 828 millones. (...)"                      

(Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate, Juan Hernández Zubizarreta , Rebelión, 02/12/2022)

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