28.2.24

Por qué la movilización de los agricultores va a perdurar... porque es existencial, no es que sientan que su futuro está en juego, sino su mismo presente. En los agricultores confluyen una serie de presiones estructurales, como el aumento de precio de las materias primas y de los seguros, una regulación más exigente impulsada desde las distintas administraciones, las disfunciones en la cadena de mercado o la llegada de productos baratos de otros países obtenidos en regímenes de competencia desleal... Sus problemas no son tan difíciles de entender. Son una cuestión de margen... es el mal funcionamiento del mercado lo que está provocando su declive... El sistema económico y comercial de las últimas décadas se forjó desde un enfoque orientado hacia el consumidor que la UE quiso liderar. La producción se repartió internacionalmente, de modo que la fabricación se asignó a aquellos lugares que aseguraban menores costes. La consecuencia obvia fue la pérdida de industria y de los empleos ligados a ella, pero a cambio los consumidores occidentales gozarían de precios más bajos. Lo que perdían por un lado lo ganaban por otro. La agricultura y la ganadería fueron dos de esos sectores dañados (Esteban Hernández)

 "Me educaron para tener una buena opinión de los europeos y hablar francés era el culmen de lo que significaba ser civilizado. Mi educación política ha consistido en constatar que el estadounidense más tonto tiene más sentido común que el 95% de los burócratas de Bruselas". Quien realiza esta atrevida afirmación se llama Matt Stoller y es director de investigación del think tank American Economic Liberties Project, con sede en Washington. Es de esas afirmaciones gruesas que bien podrían proferirse también respecto de los burócratas de Washington, pero en este caso es probable que tenga razón. Stoller se refería a cómo la UE no es capaz de jugar el juego del poder en términos económicos. Las manifestaciones de los agricultores están muy relacionadas con esta falta de perspectiva europea.

Las movilizaciones, que han tenido y tienen lugar en distintos países europeos, son muy significativas porque plantean problemas de calado. Aunque contengan reivindicaciones sectoriales, expresan dilemas latentes que son comunes a diferentes ámbitos de la actividad económica continental.

En España, los agricultores hablan de “situación límite”, y ello a pesar de que las reuniones con el ministerio van por buen camino y “se están dando pasos adelante”, según aseguran fuentes del sector. Se ha avanzado en el refuerzo de la ley de cadena, en la prórroga de la entrada en vigor del carnet digital y en ciertos elementos de la PAC, y además se está trabajando en medidas de fiscalidad, seguridad social y en seguros. En este último ámbito, la acción es importante, porque el sistema funcionaba razonablemente bien, pero las condiciones, también por los cambios en el clima, han variado: las primas se han encarecido y hay aspectos que ya no cubren, por lo que hay muchas resistencias a contratarlos ahora.

Todo va bien, pero…

Pero si hay receptividad en el Ministerio de Agricultura, las negociaciones avanzan y hay aspectos relevantes en los que se están llegando a acuerdos, ¿por qué siguen las movilizaciones? En parte, aseguran desde el sector, porque hay que concretar lo hablado y plasmarlo en términos concretos sobre el papel; fundamentalmente, porque las reivindicaciones son dispersas y dispares, ya que no termina de existir unidad ni en la acción ni en las peticiones: “Cuando nos movilizamos para conseguir ayudas para el gasoil, había un objetivo claro, y cuando se consiguió, las manifestaciones terminaron. Ahora es mucho más complicado”.

La razón última de las movilizaciones, sin embargo, es que el malestar de los agricultores es existencial. Lo que está en juego no es solo una forma de vida, ni tampoco un choque entre las distintas formas de ver la vida de la ciudad y el campo, sino la subsistencia de quienes cultivan la tierra: no es que sientan que su futuro está en juego, sino su mismo presente. En los agricultores confluyen una serie de presiones estructurales, como el aumento de precio de las materias primas y de los seguros, una regulación más exigente impulsada desde las distintas administraciones, las disfunciones en la cadena de mercado o la llegada de productos baratos de otros países obtenidos en regímenes de competencia desleal. En ese carácter existencial están inscritos algunos de los grandes dilemas de la época, porque para dar respuesta a sus demandas, las medidas concretas como “eliminar burocracia o modificar algunas exigencias ambientales” pueden servir solo coyunturalmente.

Desde las mismas asociaciones son conscientes de que, por más que ahora logren detenerse las manifestaciones, regresarán en algún momento. Y no aluden tanto a las dificultades que supone coordinar las distintas capas administrativas (comunidades autónomas, Estados y UE) para encontrar un camino de salida, sino en que sería necesario un improbable cambio de enfoque y de visión en todos esos niveles.

Sus problemas, sin embargo, ni son tan difusos ni tan difíciles de entender. Son una cuestión de margen: hay muchos productores, en general pequeñas y medianas explotaciones, que ven cómo sus beneficios son escasos, o inexistentes, o desaparecen entre un mar de deudas. Desde la perspectiva economicista, cuando eso ocurre, es señal de que esos operadores deberían cerrar y dejar paso a otros más eficientes. Pero, más al contrario, es el mal funcionamiento del mercado lo que está provocando su declive.

Los agujeros de la economía europea

El sistema económico y comercial de las últimas décadas se forjó desde un enfoque orientado hacia el consumidor que la UE quiso liderar. La producción se repartió internacionalmente, de modo que la fabricación se asignó a aquellos lugares que aseguraban menores costes. La consecuencia obvia fue la pérdida de industria y de los empleos ligados a ella, pero a cambio los consumidores occidentales gozarían de precios más bajos. Lo que perdían por un lado lo ganaban por otro. La agricultura y la ganadería fueron dos de esos sectores dañados. Fue la época de los acuerdos comerciales y del crecimiento chino. Sin embargo, y dado que se trataba de un ámbito estratégico, trató de garantizarse al menos un mínimo de producción, por lo que se concedieron ayudas, enmarcadas en la PAC, que compensaban, en cierta medida, el deterioro que suponía la apertura de los mercados. Estas aportaciones implicaban también la adopción de medidas más exigentes en aspectos sanitarios y de calidad para las explotaciones europeas. Aquí se produciría más caro, pero mejor."                 (Esteban Hernández, El Confidencial, 22/02/24)

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