"Regresé de Túnez, donde participé en el Foro Social Mundial, convencido
de que el Mediterráneo continuará haciendo justicia a la importancia que
le atribuyeron Hegel y Fernand Braudel, aunque por razones diferentes.
Si para Hegel el Mediterráneo fue el elemento unificador y el centro de
la historia mundial, para Braudel fue la cuna del capitalismo. Ambos
pusieron en valor el Mediterráneo a partir de Europa y de lo que
entendían que era la superioridad de Europa.
Yo veo en el Mediterráneo
la premonición de un mundo diferente, no sé si mejor o peor, pero donde
la Europa que esos autores imaginaron será un pasado cada vez más pequeño para poblaciones cada vez mayores en el mundo. (...)
Inmerso en el bullicio del comercio de Medina, o en la algarabía de la marcha monumental con
la que abrió el Foro Social Mundial, releo de memoria el libro y
entiendo por qué las dos orillas del Mediterráneo están en llamas.
Al
norte, los ciudadanos de países supuestamente democráticos asisten al
secuestro de sus ahorros, de sus salarios y de su esperanza para
satisfacer a los banqueros insaciables; al chantaje de sus gobiernos a
los tribunales constitucionales, como si las constituciones fuesen tan
descartables como la montaña de papel que queda de la comida macdonaldizada;
a la pesadilla alemana que, después de destruir a Europa dos veces en
un siglo, parece querer destruirla una tercera, siempre en nombre de la
superioridad teutónica.
Y todo esto pasa en las ciudades italianas
otrora libres, y en países como Portugal y la España a la que Braudel
confirió tanta importancia en el nacimiento del capitalismo moderno y que ahora ninguna importancia consiguen dar a la humillación a la que son sometidos.
“Si con la democracia ven la miseria, no es difícil decretar la miseria de la democracia”
Al sur, ciudadanos sedientos de democracia y de dignidad han concluido que han estado sujetos a dos dictaduras: a la de los dictadores y sus policías, y a la del capitalismo global.
Entre la sorpresa y la confirmación de tanta derrota histórica,
verifican que sus vecinos del norte saludaron su libertad de la primera
dictadura, pero que en ningún caso tolerarán que se libren de la
segunda. Por el contrario, arrestan, matan o dejan morir a sus hijos
que, desesperados, se lanzan al mar con la esperanza de una vida mejor
llamada Isla de Lampedusa.
Si con la democracia ven la miseria, no es
difícil decretar la miseria de la democracia. Y es aún más fácil si las
dictaduras más retrógradas del Golfo Pérsico vienen de un Islam agresivo
que sabe explotar la piedad de los creyentes para bloquear el ímpetu
democrático que, en caso de que el contagio funcionase, un día podría
llegar a su tierra. ¿Qué le sucedería a los súper-ricos del norte si los
súper-ricos del sur no pudiesen disponer de esas dictaduras para
prosperar en sus negocios? (...)
Común a todos es la idea de que la civilización declina cuando las
élites políticas que quieren servir al pueblo no lo pueden hacer y las
que se quieren aprovechar del pueblo tienen el camino libre. En términos
contemporáneos sería así. Los miembros de la clase política que se
dedican al país lo hacen de forma que nunca podamos participar en la
gobernanza.
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