"Solo una crisis, real o percibida, ofrece la coyuntura necesaria para generar un cambio profundo en una sociedad. Entonces “lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable”.
Ante un acalorado Congreso de los Diputados el entonces presidente,
José Luís Rodríguez Zapatero, anuncia el 23 de agosto de 2011 algo
imprevisto: una reforma en la Constitución para “garantizar la
estabilidad presupuestaria” –que se concretaría en un límite de la deuda
pública no superior al 0,4% del PIB para el 2020 y establece que el
pago de los créditos “para satisfacer los intereses y el capital de la
deuda pública [...] gozará de prioridad absoluta”-.
Esta reforma no contó con la celebración de un referéndum popular,
quizás porque no era a la población a quien venía a satisfacer sino a
los grupos financieros y al temible mercado que, por entonces, empujaba a
la prima de riesgo española por encima de los 400 puntos básicos (ha
llegado a estar por encima de los 600 y el universo aún no ha
implosionado).
Como más tarde se descubriría, Zapatero recibió a
principios de dicho mes una carta firmada por Miguel Ángel Fernández
Ordóñez, entonces gobernador del Banco de España, y Jean-Claude Trichet,
en sus últimos meses como presidente del BCE, donde se instaba a las
autoridades españolas a actuar “de manera apremiante para restablecer la
confianza de la deuda soberana en los mercados capitales”, como expone
el periodista Ernesto Ekaizer en su libro Indecentes, Espasa, 2012).
Según Ekaizer, fue “el miedo cerval a la intervención” lo que guió a
Zapatero desde mayo de 2010 –cuando anunció los mayores recortes
sociales de la democracia española hasta la fecha, introduciendo así la
vía de la austeridad en las venas de la política económica del país–.
El mismo temor a la intervención poseyó más tarde a Rajoy
quien, el 2 de abril de 2012, confesó que “no hay alternativa” a los
duros recortes planteados por su gobierno (y aplaudidos por la troika:
FMI, BM y BCE). El mensaje del destino ineludible, del sufrimiento
forzoso, se repitió de nuevo cuando, explicando la subida del IVA –la
última de las promesas electorales que incumplió– el presidente
sentenció: “No podemos elegir, no tenemos esa libertad”.
Y caracterizó
la decisión como un acto cuasi patriótico al alegar que se tomaba esta
resolución “en lealtad al cumplimiento de nuestras obligaciones”. Ese “no hay alternativas” es la piedra angular que sustenta la teoría del miedo.
Una teoría que ya ha empezado a dar sus frutos y que los movimientos
sociales no han tardado en desmentir con un lema tan contundente como
“Sí se puede”.
Cuando la crisis, inicialmente financiera, se transformó dos años
después en una crisis de deuda soberana, los defensores de la austeridad
vieron la puerta abierta para proponer sus recetas.
¿El objetivo? Para Esther Vivas, activista y coautora del libro Planeta indignado
(Sequitur, 2012) está claro: “Lo que persiguen es un cambio de modelo
social que empuja hacia una latinoamericanización de las sociedades
europeas, en términos de desigualdad, polarización, deterioro de las
condiciones laborales, degradación de los servicios públicos y
participación política”.
O como describió el historiador británico Tony
Judt en su libro póstumo Pensar en el siglo XX (Taurus, 2012),
acabar con la clase media. Y en segundo lugar, vaciar el Estado. Como
explica a Números Rojos el periodista y escritor Joaquín Estefanía: “No se está privatizando el Estado: se le está utilizando para apoyar los intereses de las minorías.
Es un sistema más perverso y más sofisticado que el neoliberal: si se
necesita privatizar algo, se hace; si se necesitan socializar las
pérdidas, estas se hacen públicas y todos las pagamos”.
La amnistía fiscal o el rescate a Bankia, además de la congelación de
salarios o la eliminación de la paga extra de los trabajadores públicos,
son métodos de socializar las pérdidas. (...)
“Señor, ¿Por qué siempre gobiernan los peores?”, se pregunta El
Roto en una de sus viñetas, a lo que el interpelado responde: “¡Porque
tú los votas, so bobo!” (...)
“Hay una exacerbación del mensaje de ‘la única política posible”, cuenta
Estefanía a Números Rojos. “Esto conduce al desconcierto, al miedo y la
parálisis. El asunto está en la dosis. La historia está llena de
ejemplos de cuando el miedo da lugar al cabreo, y el cabreo a la
concienciación y a la movilización”.
Según plantea el filósofo esloveno
Slavoj Zizek: “Se trata de ser capaces de formular demandas que,
pareciendo de sentido común a buena parte de la población, trastornen la
ideología hegemónica, es decir, que pese a ser factibles y legítimas,
en la práctica sean imposibles de satisfacer”.
Nacionalizar la banca,
modificar la ley electoral, desarrollar plenamente la Ley de Dependencia
son alternativas que plantan cara al discurso del miedo y lo
inevitable." (María Rodríguez Bajo y Pablo Dueñas, Público, 09/07/2013)
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